Ocurrió en un tren

 

 

 

 

 

Aran Blanche

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   Era uno de esos días de lluvia rabiosa, de la que moja con saña y no cesa hasta que llegas a tu destino. En mi caso, un tren rumbo a Madrid que partía de Gijón. Pero yo, acostumbrada a llevarme la casa a cuestas con la excusa del ‘’por si acaso’’, iba cargada a más no poder con un maletín, una bolsa de viaje al hombro, y mi querida (y sufrida) cobaya balanceándose en su transportín, en la mano que me quedaba libre.

   Pero, además del volumen, el peso y el tiempo, a tan solo cinco minutos de la salida, también jugaban en mi contra, por lo que decidí cederle la tarea de llevar la maleta a mi madre, y así llegar a la cola rauda y veloz.

   Pareció entonces que la lluvia, al enterarse de semejante picardía por mi parte, se ofendió y decidió descargar toda su furia contra mí y mi mascota, cuyo pequeño hogar se convertía por momentos en un auténtico drakkar vikingo.

   Y así llegamos por fin al glorioso tren, que nos acogió entre sus cálidos asientos con la promesa de un viaje apacible y sereno.

   La voz de una mujer anunció la parada de Oviedo, y cuando las puertas se abrieron, una horda de pasajeros dispuestos a encasquetar sus maletas en las baldas reservadas al equipaje como si fueran piezas del Tetris, se apoderó del vagón, y con ella, la banda sonora de unas voces agudas y chirriantes. ¡Ay de mí!, pensé, otro de esos viajes con un bebé dispuesto a recordarme que mi capacidad pulmonar es similar a la de un bulldog inglés tras una carrera de obstáculos. Pero no.

   Una vez que el tren continuó su marcha y los pasajeros ya se habían sentado, ellos seguían de pie, maldiciendo (a saber por sus gestos) en chino, literalmente.

   Eran tres: una niña de unos cinco años, un niño de aproximadamente diez, y su señora madre. Tres personas para dos asientos. Tres cuerpos con más movimiento que una gelatina sobre los altavoces de un concierto de Chimo Bayo. Hasta Madrid.

   Ya con sus bártulos establecidos, procedieron a buscar los asientos. Asientos que, efectivamente, se encontraban a mi lado. Pero en lugar de quitarse el abrigo y acomodarse como cualquier ser humano, la madre decidió que para estar más a gusto, debía descalzarse y dejar sus zapatillas en mitad del pasillo. Sí, el mismo pasillo que atraviesan los viajeros cuando han de acallar la llamada de la naturaleza.

   Al ver tan cómoda a su progenitora, los pequeños se relajaron y comenzaron a escurrirse cual culebra hasta aterrizar en el suelo, junto a las zapatillas. Con los dos allí tumbados, como si estuvieran disfrutando de un día de playa en Formentera, el espacio dio lugar a una barricada, a la que fueron sumándose poco a poco los juguetes de los niños.

    Las miradas de los pasajeros se iniciaron de forma furtiva, pero a medida que las voces aumentaban, y que los cuerpos reptaban con total descaro entre los pies ajenos, la tensión era tal que incluso mi cobaya, hasta entonces plácidamente dormida, empezó a dar espasmos en su transportín. Craso error. En cuanto fue detectada por los radares asiáticos, la invasión fue inminente.

-    ¡Ala! ¿Es tuya?

   Toc, toc, toc, toc, toc.

-    Sí.

   Toc, toc, toc, toc, toc.

-    Será mejor que no la molestéis, son animales que se estresan muy fácilmente.

   Cuando vieron que no conseguirían ninguna atención de mi astuta compañera, y que la conversación no entraba dentro de mis planes, retomaron el camino de vuelta a la barricada. Una vez allí, los lápices de colores entraron en juego.

   Entre el traqueteo del tren y la delicadeza de sus manos, la caja se vio obligada a vomitar los lápices, desperdigándolos vertiginosamente por cada rincón del vagón. Con tan mala suerte de que en ese preciso instante, una señora con la vejiga pidiendo clemencia, se apresuraba a cruzar el pasillo.

   Los chiquillos, conscientes de la que se avecinaba, formaron una piña y se convirtieron en una especie de resorte que catapultó a la señora contra el asiento de la madre. Ni siendo de goma habría pegado tal bote. 

   La matriarca, alertada por el golpe, despertó de su letargo, y en lugar de pedir disculpas a la pobre mujer, se dejó llevar por una ira repentina y arremetió directamente contra los niños. ¿Unos cachetes, un castigo? No. Los cogió por el pescuezo, igual que hacen los perros con sus cachorros, y los zarandeó como si estuvieran en una atracción de Port Aventura. Todo ello, al ritmo de lo que parecía una sarta de improperios en chino.

    Nos aproximábamos a Valladolid, y como si de un milagro se tratase, la familia empezó a recoger el despliegue. Lo que para un pasajero normal consistiría en ponerse el abrigo y guardar el portátil o la novela, para ellos fue más, mucho más. 

   Mientras los reptiles buscaban con ahínco sus pertenencias entre la masa de pies, la madre amontonaba fardos como Sito Miñanco en una descarga en Cambados. Uno, dos, tres, y hasta cuatro pude contar. ¿Cómo los llevarían a su destino? A día de hoy sigo preguntándomelo. Pero fuera como fuese, al llegar a la parada, tres almas inquietas abandonaron el tren, y una corriente de aire Divina indujo a aquel vagón a una somnolencia general, que no cesó hasta el final del trayecto.

 

 

 

 

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