Metraje y espías

 

 

 

 

JOAQUÍN ALBAICÍN


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Dan fe los anales de que Harry D´Abadie D´Arrast, arquitecto francés nacido en Buenos Aires y, entre bastantes otras cosas, asesor artístico en La quimera del oro de Chaplin, dirigió en Madrid y en 1934 La traviesa molinera, una película inspirada en la partitura de Falla a la que suele aludirse como la más representativa del cine rodado en España durante la II República y de cuyo reparto formaron parte mi bisabuela Agustina y mi tío Miguel, entre otros flamencos de la época. Nunca la he visto, y ahora, leyendo Metraje perdido. Un breviario de cine invisible (Archivos Vola, 2019), de mi amigo Alberto Ávila Salazar, me entero de que lo raro habría sido verla, pues, al no existir -que se sepa- ni una sola copia de la misma, está perdida. Es decir, que no soy sólo yo, que por lo menos tengo una foto: no queda, seguramente, nadie vivo que haya disfrutado de su proyección en un cine. Lo mismo ha sucedido a muchas otras películas, empezando -y aquí sí que estamos todos- por la de la biografía de cada cual.

  Porque recobrar parte del metraje extraviado para siempre de la propia vida es lo que, de algún modo, hacen los nostálgicos coleccionistas de juguetes, sellos, lámparas de mesa, adhesivos y demás parafernalia emblemática de un tiempo que vivieron pero que, de repente, se dan cuenta de que hace bastante que se ha convertido ya en otra época. Con esa persecución de casquillos y retales varios se intenta recuperar la película del personal itinerario vital, lo mismo que el corazón de otros sólo late de verdad al acecho de fotogramas o rollos de celuloide donde dormite algún fulgor de Theda Bara en Cleopatra o de Lon Chaney en La casa del horror. Es lo que los ex ciudadanos de la República Democrática Alemana procuran hoy al sumergirse en los archivos de la Stasi a busca de fichas e informes que les expliquen quién les espiaba, denunciaba o torturaba en su juventud y, a poder ser, dónde vive ahora el interfecto: intentar recuperar metraje y, tal vez, arrear con el pertinente retraso el sopapo en los morros que quedó pendiente.

  Supongo que en Budapest funcionará también alguna institución encargada del suministro de esa clase de servicios, y que a ella debe haber recurrido András Forgách para elaborar El expediente de mi madre (Anagrama). Abundan a pie de página en esta novela de no ficción -que se dice ahora- los protocolos de las reuniones informativas sostenidas en su día por su progenitora con sus oficiales de enlace. Eso sí que es metraje perdido, esta recuperación injertada en una intriga de las cacofónicas chácharas de las alcantarillas rojas sobre el Estado de Israel, el internacionalismo proletario, el imperio americano, el grado de concienciación ideológica de la agente... Tras leer esta novela ineludible para quienes somos fans de la cosa del espionaje, nada resulta tan obvio como que, además de beneficiarnos de los aciertos, los hijos también pagamos por los errores y desmanes cometidos por nuestros padres.

  Lo de Forgách sacando a la luz los archivos sobre la actividad de espía de su madre no deja de ser un ejercicio de WikiLeaks a toro pasado. Y, la verdad, para metraje perdido,  el del Julian Assange arrancado por la policía de los brazos de su gato en la embajada ecuatoriana en Londres luciendo una nada sorprendente pinta de náufrago y una barba denotadora de que ha dejado ya atrás su fase de “activista” para entrar en la de gurú. Claro que, en su caso, la película podría en gran medida reconstruirse mediante el decomiso de sus correos electrónicos, línea telefónica, cámara de videovigilancia y redes sociales: acabamos de ver, de hecho, imágenes suyas en calzoncillos y montando en patinete por una habitación cuyas medidas no propiciaban a primera vista esos excesos.

  En la novela de Forgách, la espía y sus colegas salen poco en paños menores, seguramente porque la lencería era más que un lujo en Hungría en los años de que se trata. Los viajes a Jerusalén y Tel Aviv suponían, sin duda, un alivio en ese sentido. Pero mamá espía andaba muy lejos del Papá Espía evocado en el libro homónimo por Jimmy Burns Marañón. Entre comer cada día en Lhardy y merendar en Embassy por cuenta del erario británico y la implacable supervisión de unos comunistas que contabilizaban hasta la última galleta a la que la señora Forgách daba un bocadito durante una misión, media un abismo.

  No tan ancho, claro, como el que separa al Assange de ayer -editor y exhibidor compulsivo de metraje- y el de ahora, que daría lo que fuera por que el de sus últimos años se hubiera esfumado como el de La traviesa molinera. Eso ocurre por mezclarse con productoras para las que el agua pasada es la que más molino mueve.

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