Magia, paréntesis y anglicismos: sobre la traducción de ‘MAGICK’.

 

Jonathan Marqués

 

 

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Errada está, según mi experiencia, la concepción de que traducir tratados mágicos ha de abordarse más como una traducción literaria que como una técnica. No hay tanta diferencia entre un manual de instrucciones y un grimorio en cuanto a tipología textual, y las obras mágicas, cuando son realmente mágicas y no charlatanería, cuentan con su propio lenguaje y terminología que el traductor ha de dominar (o, al menos, documentarse previamente) si desea realizar un trabajo fiel. ¿O es que por tratar de ámbitos más abstractos, por hablar de sephiroth y no de cables y circuitos, se puede permitir menos rigor, más libertad en la traslación del contenido de un idioma a otro? Precisamente de esa libertad en la traducción de textos mágicos (en los que el traductor parece ser thelemita y aplicar el “Haz tu voluntad”, en su mala interpretación tan extendida “Haz lo que quieras) se podrían escribir muchas y muchas páginas, pero dicha tarea la dejaremos para ensayos posteriores.

 

   Uno de los casos en los que más claramente se ve la importancia de la terminología en este tipo de textos es el que me encontré en las primeras páginas de Las confesiones de Aleister Crowley y que tanto me hizo reflexionar sobre la solución más adecuada para verterlo al español: ‘magick’. Lo primero que podría pasar por la cabeza al traductor es la solución fácil y obvia: traducirlo por ‘magia’, haciendo caso omiso a que hoy en día la grafía de la palabra es ‘magic’, sin k. Sin duda podría ser una solución acertada para un texto literario, como señalamos; sin embargo, en un texto técnico, una distinción terminológica es clave. Y así es: si buceamos un poco más en la obra de Crowley, nos encontramos con dos grafías distintas: ‘magic’ y ‘magick’, cada una con un significado distinto. ¿Qué ha de entenderse por cada uno de ellos?

 

  Con ‘magic’, Crowley nos refiere, en primer lugar, a la magia entendida como ‘charlatanería’, la magia como ‘ciencia que no funciona’; en segundo lugar, se utiliza en ocasiones para hacer referencia a sistemas mágicos distintos al suyo. No obstante, añadiendo la k nos remite a la magia “seria”, a la “ciencia y arte de causar cambio que ocurra en conformidad con la voluntad” [Magia en teoría y práctica], y, casi como consecuencia, a su propio sistema, a la magia del “Nuevo Eón”.

 

  Queda, pues, claro al traductor en dicho estadio de investigación que es necesario emplear términos distintos a la hora de traducir estas dos palabras inglesas. ¿Por qué no lo dejamos en el idioma original, en cursiva? sugieren algunos. Sin duda, sería la opción más respetuosa con el original, pero ¿no preferimos acuñar un nuevo término al castellano, para enriquecer nuestra terminología mágica? Por no mencionar, además, la máxima traductológica de evitar introducir palabras extranjeras en una traducción: ¡puestos a respetar el original y a ser 100% fieles, también podríamos no traducirlo y dejarlo tal cual está!

 

  Podría optarse por cualquier solución de traducción, a priori, siempre que se marque la distinción. ¿Por qué incluir la k, una opción tan poco estética en castellano, tan exótica y, por tanto, llamativa (recordemos que el buen traductor es aquel que pasa desapercibido), en la solución elegida? Pero si nos sumergimos aún más en el pensamiento crowleyano, vemos que la k no es casual, que ‘magick’ ha de ser ‘magick’ y no, por ejemplo, ‘maggic’. La k (como explica el mismo Crowley de manera dispersa por su obra, pero más sucinta y claramente lo hace Kenneth Grant en las notas a su propia edición de Confesiones) es una letra eminentemente femenina en la disciplina que nos ocupa, pues se asocia a la k de kteis, ‘vagina’ en griego. Al entenderse la magia (‘magic’) como una actividad eminentemente activa por su naturaleza, y al asociarse lo activo a lo masculino, ‘magic’ es un término esencialmente masculino. Si añadimos la k, estamos añadiendo la feminidad, y, por tanto, unimos lo masculino y lo femenino, los opuestos. También, quizás, estemos implicando magia sexual.

 

  Vemos entonces que la k es un elemento que ha de constar en nuestra traducción. Nos ponemos, por tanto, a acuñar un nuevo término. Sin embargo, antes de ello, al traductor desconfiado puede ocurrírsele, y con razón, otra pregunta más: ¿es importante su posición en la palabra? ¿Hay algún mensaje en que esté al final? Efectivamente, la posición de las letras puede variar su número en Gematría [parte de la Cábala que asocia un valor numérico a cada letra, transmitiendo mensajes adicionales según el valor total de la palabra], pero al menos yo no he sido capaz de encontrar en las obras de Crowley ningún indicio de que el término ‘magick’ tenga alguna intención numérica.

 

  ¿La incluimos al final, aun así, con el fin de modificar al mínimo el término? ¿Escribimos ‘magiak’? A mi juicio, no solo causa horror visual y sugiere una errata, sino que, además, el lector tenderá a pronunciar esa k, letra que, como vemos en ‘magick’, se queda muda, al coincidir en su sonido con la c. Sería mejor no modificar la pronunciación, para que el añadido sea más sutil, como en el original. Por ello, la solución más estandarizada que he encontrado es ‘magia(k)’, la cual me parece muy respetuosa con el original y da muestras de una gran inventiva. He de objetar, no obstante, que el uso de los paréntesis me resultaba confuso para el lector lego y (¿por qué no?), también poco estético e incluso forzado. Ahora bien, el motivo principal para no adoptarlo en mi traducción fue una vez más la pronunciación. Ante un término así escrito, ¿cómo reacciona el lector? ¿Cómo lo lee en su cabeza? Yo, al menos, pronunciaría dicha k, pues que esté entre paréntesis no indica en modo alguno que sea muda. ¿Optativa, quizás, es decir, que podemos escribirla o no? Se me ocurrió entonces acuñar algún término algo menos ofensivo visualmente y cuya pronunciación apenas variara respecto a ‘magia’. La solución resultante: ‘makgia’. ¿Por qué?

 

   1. Es un nuevo término acuñado en castellano, no requiere un anglicismo.

   2. Suprime paréntesis y demás elementos extraños a la vista.

   3. Incluye la k necesaria para conservar la intención del original.

 4. Varía muy levemente la pronunciación con respecto a ‘magia’: al insertar una k delante una g, siendo ambas guturales, apenas se percibiría la diferencia.

 

Si esta solución es más o menos acertada, tendrán que valorarlo ustedes.

 

 

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