Una cabina en Rota

 

 

 

 

JOAQUÍN ALBAICÍN

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Una cabina telefónica en Rota, cerca de la playa y en lo alto de una cuesta. Pepín Bello cuelga tras saber por Argentinita que Ignacio ha muerto a consecuencia de la cornada de Manzanares. Las lágrimas de Encarnación López fueron, pues, el primer Llanto del 27 -anterior al de Lorca- por Ignacio Sánchez Mejías. No en vano fue también por ella, huida a París, por quien asimismo obtuvo confirmación Bello, en el 36, del asesinato de Federico.

  Clama al cielo, creo yo, que un libro como el resultante de las conversaciones mantenidas durante años con Bello por José Antonio Martín Otín [La desesperación del té (27 veces Pepín Bello), Pre-Textos], en el que quedan recogidas estampas como esta, no haya cosechado ningún revuelo mediático. Quizá sea debido -no me cabe duda, en realidad- a que por sus páginas transitan bustos de una época gobernada en el toreo por Joselito y Belmonte y en la que la gente que destacaba lo hacía por su superioridad del tipo que fuera sobre la media y no, como hoy, por su retadora y manifiesta inferioridad: Ignacio Sánchez Mejías, Buñuel, José Antonio Primo de Rivera, Manuel Torre, José María de Cossío, Bergamín, Maruja Mallo, Indalecio Prieto, Lorca, Miguel Hernández, los Gallos, Joaquín Romero Murube, La Niña de los Peines, Picasso, Alberti, Fernando Villalón... incluidos los dos Antonio Conde, quienes por ser mozos de espadas de, respectivamente, Sánchez Mejías y Juan Belmonte, eran conocidos en el Gotha taurino como el Conde de Sánchez Mejías y el Conde de Belmonte. ¡La aristocracia de los avíos! El segundo fue, además, el primer y único apoderado que tuvo Curro Puya.

  Estos personajes acusan, en efecto, un rasgo que por fuerza ha de chocar a quien ahora tenga veinte años -si quedan lectores de esa edad- y sea a diario aleccionado en las aulas y por los medios de comunicación de masas en el sentido de que, en caso de despuntar, lo deseable y merecedor de aplauso es hacerlo por lo bajo. De hecho, seguramente no llega ni a chocarle, dado que los ahora veinteañeros, pese a llevar toda su vida se supone que estudiando, no suelen albergar ni la más remota idea de quiénes fueron los citados o, a lo sumo, una muy vaga. Y es ya difícil que salgan émulos o equivalentes contemporáneos de los mismos, pues, como exponía hace no mucho Félix de Azúa en una entrevista concedida a El País:

  -El arte es, como el mosaico, una cosa finiquitada. Lo que se hace hoy pertenece al mundo del turismo, el ocio y los deportes. Puro entretenimiento de masas. Son ocurrencias. Hay mil cada semana. Y entran las que se pueden pagar con subvenciones. Las otras se quedan en casa.

  [Apostilla nuestra (pues sentimos como pecado renunciar al optimismo): habrá de todos modos, como dice Paco Ojeda, por supuesto que sin restar importancia a lo de Azúa, que “ver si lo que funciona es la personalidad de cada uno o se imponen las circunstancias”...]

  Fallecido a los ciento dos años, no sé si un par de ellos menos que el fotógrafo taurino Cano, Pepín Bello conoció bien o anduvo cerca de las luces de aquella constelación, y su memoria preservó muchos de sus fulgores, que sirven hoy para un alumbrado de verbena de postín que, vaya por Dios, apenas a nadie parece hacer tilín en una España donde los grandes proyectos de Estado son mantenernos al día sobre la gestación subrogada y decidir dónde reubicar el cadáver de Franco, sobre cuya figura y circunstancias tampoco ni quienes le atacan ni quienes le defienden dan mucha muestra de saber apenas nada.

  En estas páginas nos encontramos, lo que es infinitamente más interesante que lo del ahora mismo, con Pancho Villa vendiendo carne de las reses de su finca a Aurelio Sánchez Mejías, hermano de Ignacio. Con Luis Calvo, futuro director de ABC, cediendo por admiración y respeto su número de turno en el burdel a Ramón y Cajal. Con Fernando Villalón, el poeta y ganadero que intentara criar toros de lidia con ojos verdes como los de Cagancho, saliendo de madrugada a recibir a la puerta al criado con quien había acordado que, si moría, volviera enseguida para contar lo que había al otro lado. Con que a mi suegra le asiste la razón cuando afirma que el primer amor de Argentinita fue Joselito. Y nos reencontramos con la biblioteca de Villalón, nutrida en gran medida de grimorios y libros teosofistas y de magia, que nos dice Bello que a su muerte adquirió Ignacio. Nosotros vimos buena parte de ella en la casa de Pilar López, hermana de Argentinita, quien nos dijo que ésta se la había comprado a la criada del ganadero. Así que lo de Bello parece indicar que Ignacio la pagó, pero la depositó en casa de Argentinita, que era la suya los fines de semana.

  Las cabinas telefónicas llevan tiempo en decadencia. Pero, pese a que incluso se amenaza con enviarlas al desguace y por más que sus usuarios las hayamos abandonado, ellas siguen ahí, fieles a nosotros como amantes a perpetuidad. Tras leer este libro, creo que no podré evitar pensar, cada vez que pase junto a una, que a lo mejor descuelgo y escucho a Argentinita dando cuenta de lo de Ignacio con Granadino. Sobre todo, si está al lado del mar...

 

 

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