El enigma de los espejos

José Pazó Espinosa

 

 

 

De vez en cuando, la muerte se pasea por el camino junto al río.

De vez en cuando, la muerte se resbala por las colinas y descansa, acurrucada y fría, en los recovecos del terreno.

Solo yo veo la muerte.

Mis ventanas son dos agujeros en la tierra y dan al río.

La muerte se pasea junto al río y yo la veo desde mi ventana.

A veces, no la veo, la siento.

La siento en la madrugada, acurrucado en una esquina de mi cueva.

En la madrugada, tengo frío.

En la madrugada, la muerte también tiene frío.

En la madrugada, la muerte me observa acurrucada en un recoveco del terreno.

A veces, viene hasta mi puerta.

En la madrugada, la muerte busca un cuerpo cálido en el que entrar.

En la madrugada, la muerte tiene miedo de que llegue un nuevo día.

La muerte es fría y densa como el hocico de un topo.

Yo he hecho un pacto con la muerte: mis puertas están abiertas y la recibiré como una fiesta.

Yo he hecho un pacto con la muerte: entrará por mi boca como el aire de la risa.

Yo he hecho un pacto con la muerte: esperará a que yo la llame.

Yo he hecho un pacto con la muerte y la llamaré.

La muerte ha hecho un pacto conmigo: vendrá cuando yo la llame.

La muerte ha hecho un pacto conmigo: se me aparecerá todos los días para recordarme mi deber.

La muerte ha hecho un pacto conmigo: nunca usará vestidos, y así conoceré su verdadero cuerpo.

La muerte ha hecho un pacto conmigo: solo yo la veré, para los demás será invisible.

La muerte ha hecho un pacto conmigo: nos reiremos juntos, y el que antes deje de reírse, pagará.

La muerte ha hecho un pacto conmigo: si alguno lo incumple, no irá a la cárcel.

La muerte ha hecho un pacto conmigo que sellamos con un soplo de viento norte.

Nadie ha visto nuestro pacto, tan solo el viento.

Nadie ha sido testigo de nuestro pacto, tan solo el viento.

Nadie ha escuchado nuestro pacto, tan solo el viento.

Nadie comprenderá nuestro pacto, tan solo el viento.

El viento cuenta a todo el mundo nuestro pacto, pero nadie lo escucha.

Por la tarde, el viento viene a mi cueva y me cuenta nuestro pacto y yo intento no escuchar.

Por la tarde, el viento viene a mi cueva y me cuenta que nadie lo ha querido escuchar.

Por la tarde, el viento se ríe con la risa de un loco mientras me cuenta nuestro pacto.

Por la tarde, el viento cuenta nuestro pacto mientras se pasea entre los juncos del río y desliza su risa sobre sus tallos verdes.

Por la tarde, el viento caracolea sobre el río y peina la pechuga de las golondrinas.

Por la noche, el viento me confiesa que él también hizo un pacto con la muerte.

Por la noche, el viento me confiesa que reirá hasta que muera.

Por la noche, el viento es una caja de joyas con un largo collar que solo a mí me enseña.

Por la noche, a veces, el viento entra por la puerta y sale por las ventanas.

Por la noche, a veces, el viento llena mi cueva de polvo blanco que acaba cubriendo mi pelo y mi piel.

Por la noche, a veces el viento entra en mis oídos y permanece en silencio hasta que no puede más y estalla en una carcajada.

Por la noche, a veces, el viento se posa en mi espalda y pone su dedo allí donde duele.

Por la noche, a veces, no hay viento.

La noche que llegué, no había viento.

La noche que llegué, la carretera olía a pinos.

La noche que llegué, la carretera olía a tomillo.

La noche que llegué, la carretera olía a romero.

La noche que llegué, las estrellas eran los restos de un fuego artificial de alguien muy rico.

La noche que llegué, no tenía interés en las palabras.

La noche que llegué, las palabras eran una bola de aire frío metida en mi bolsillo.

La noche que llegué, huía.

La noche que llegué, mis compatriotas eran la sombra de una pesadilla.

La noche que llegué, mi país era un brebaje amargo.

La noche que llegué, mi memoria era la sombra de unas ilusiones huidizas.

La noche que llegué, decidí que nunca más trataría de divertir a nadie.

La noche que llegué, decidí que nunca más trataría de divertirme a mí mismo.

La noche que llegué, mi ropa era ropa, pero a mí no me parecía ropa.

La noche que llegué mi cuerpo era mi cuerpo, pero a mí no me parecía mi cuerpo.

La noche que llegué, decidí que no iba a tratar de encontrar a nadie a quien importara mi llegada.

La noche que llegué, a nadie importó mi llegada.

La noche que llegué, sabía que sería piedra.

La noche que llegué, sabía que sería polvo.

La noche que llegué, sabía que las palabras no me importarían más.

La noche que llegué, mi hermana no dormía.

La noche que llegué, mi hermana miraba las estrellas rodeada de gatos.

La noche que llegué, mi hermana se echaba las cartas rodeada de gatos.

La noche que llegué, la luz dorada de las bombillas resbalaba sobre las sábanas de su dormitorio, y yo la vi sobre su hombro pero nunca dije que la había visto.

La noche que llegué, mi hermana se echaba las cartas, pero tampoco las veía.

La noche que llegué, mi hermana miraba las cartas pero tan solo veía lo que más temía.

Hasta esa noche, yo miraba mis ilusiones y tan solo veía lo que más temía.

Hasta esa noche, yo también miraba las cosas.

Hasta esa noche, yo creía que algún día podría descubrir mi vida.

Hasta esa noche, yo era como mi hermana aunque creía que no era como mi hermana.

Hasta esa noche yo creía que nadie era como yo.

Hasta esa noche, yo creía que yo era alguien.

Nunca entenderás el significado de la palabra “alguien”.

Ahora vivo en una cueva.

 

 

 

 

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