CABEZAS CORTADAS V

OZZY OSBOURNE


Alberto Ávila Salazar

 

Corría el año 1980 y a Ozzy Osbourne no le iban bien las cosas, le habían despedido de Black Sabbath, se acababa de divorciar de Thelma Riley y sufría un trastorno bipolar de la personalidad. Se había entregado por completo al consumo de estupefacientes y bebía en cantidades industriales. A pesar de todo no renunciaba a intentar reanudar su carrera musical, en este caso como solista.

En la reunión en el despacho de la CBS para firmar el contrato de su primer disco en solitario, Blizzard of Oz, sucedió el incidente. Ozzy se había bebido media botella de Cointreau y había pensado que sería una buena idea llevar un par de palomas blancas en los bolsillos y soltarlas al llegar como señal de buena voluntad. Pero iba demasiado ebrio y se olvidó de hacer el numerito. La reunión parecía interminable, Ozzy estaba al borde de la inconsciencia cuando, de repente, algo se le pasó por la cabeza. Sacó una de las palomas, le arrancó la cabeza de un mordisco y la escupió al regazo de una ejecutiva.

Dos años después, en la gira del Blizzard of Oz, dio un concierto en Des Moines (Iowa) memorable. Pero no por razones musicales. Alguien tiró al escenario un murciélago y el músico, creyendo que era de plástico, lo decapitó de un mordisco. Ozzy fue al hospital y estuvo semanas recibiendo inyecciones contra la rabia.

Osbourne ha cometido muchas tropelías con animales, ha disparado a gallinas, esnifado hormigas y, antes de ser estrella del rock, trabajaba en un matadero donde sacrificaba 250 reses diarias. La sociedad protectora de animales británica mandaba a un inspector a todos sus conciertos y se corrió la voz de que en un concierto hizo una matanza de cachorros de perro.

A pesar de todo ningún exceso ha tenido la potencia simbólica de la decapitación de aquella paloma y de aquel murciélago. De aquellas pequeñas y redondas cabecitas escupidas al suelo.



 

 

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