Los salvadores y sus símbolos

 

JOAQUÍN ALBAICÍN

 

 

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El otro día, en las urgencias del hospital de Llerena, aguardaba su turno de consulta una señora de noventa y nueve años. Todos coincidimos en que se le veía muy bien para su edad, sin una arruga asomando a su cara. Yo me dije que tampoco era para tanto, pues Olivia De Havilland, Kirk Douglas y Sonny Franzese -capo, según los tribunales, de la familia Colombo de Nueva York y gangster más añoso aún con vida y en activo- andan -mes arriba, mes abajo- por los ciento dos o ciento tres años. No está nada mal.

  Sin embargo, es la de esta terna una longevidad llamativa, pero que no alcanza la atribuida a los patriarcas del judaísmo o los avatâra hindúes. No sería bastante, pues, para llamar la atención si viviera de Joseph Campbell, mitólogo de cabecera de Atalanta centrado, más que en los siglos sueltos, en el Gran Año caldeo, los ciclos cósmicos y, en particular, en el tiempo simbólico o sagrado en que se enmarcan las narraciones fundacionales de las grandes religiones, que sólo son historia -como bien subraya en su libro Tú eres eso- en un sentido bastante relativo. Es decir, la huida a Egipto es -viene a decirnos- la huida a Egipto -y una huida a Egipto como Dios manda- por el mensaje que nos transmite, careciendo de importancia si realmente un carpintero por nombre José compró un pollino en Belén en el Año Cero o si la Sagrada Familia en verdad pasó una noche sin ser detectada junto al retén de soldados de Herodes a cargo de la vigilancia de la frontera. El héroe o salvador debe, en efecto, pues así se lo imponen la solera mitológica y sus leyes, abandonar a su pueblo antes de regresar a él. Y, si su prédica se dirige a la grey judía, refugiarse en Egipto no por ponerse a salvo sin más, sino porque hasta allí llevaron antes que a Él sus pasos a Abraham, José y Moisés, además de porque esa es la tierra de la Gnosis. Y de Egipto ha de asimismo regresar por figurar también el país de los faraones, simbólicamente, el mundo de la carne y las pasiones que el enviado del Cielo necesita dejar atrás.

  No ha habido película ni juerga en que Olivia, Kirk y Sonny no hayan ido al Egipto de las pasiones y vuelto airosos, pero la actriz, el actor y el uomo d´onore viven en un tiempo histórico, su siglo ya rebasado es un siglo cien por cien demostrable en todos y cada uno de sus días con sus noches. Los enviados del Cielo viven, en cambio, en un tiempo simbólico, mítico y, por tanto, eterno. Van y vienen de su pueblo a Egipto y viceversa sin cesar y desde que el mundo es mundo. Jesús, Buddha y Krishna, como la Virgen María, Isis y Sita viven y punto, sin haber cumplido jamás un año como han soplado las velas Franzese o la Melita de Lo que el viento se llevó, aunque a nosotros nos parezca que encarnan arquetipos destinados a permanecer siempre jóvenes, ella enamorada de Ashley Wilkes y él tomando copas con Dean Martin y Sinatra per secula seculorum.

  Ese es el problema: que los símbolos “que conciernen al misterio de la psique o del alma” han sido reinterpretados por “las religiones institucionales como referencia a unos hechos históricos reales” que vete a saber si alguna vez tuvieron lugar. En Tú eres esto, título más reciente incorporado por Atalanta a su edición de las obras completas de Campbell, pega éste, pues, un repaso a los evangelistas, a los católicos, a los musulmanes y judíos apegados a la letra y a prácticamente a todos cuantos piensan que lo que cuando niños les leyeron los curas, los rabinos, los pastores o los ulemas en el colegio son historias protagonizadas por hombres y mujeres de carne y hueso y que pasado mañana cualquier excavación va a dar como resultado el hallazgo en algún sótano en obras de las sandalias de Jesús, el cayado de Muhammad o la escudilla de Buddha.

  Son “erratas” espirituales casi desconocidas, sí, en el mundo hindú, budista, sij, taoísta, jainista o sioux, más allegados a la primordialidad y al origen y sanamente desentendidos de la historia, pero por esta zona geográfica y mental viene bien el rapapolvo campbelliano.

  Los tres bustos antedichos -Olivia, Kirk y Sonny- eran ya iconos mediáticos consagrados en el mundo globalizado -ese que comenzó con la llegada de los europeos a América- cuando la de los primeros hombres a la Luna inauguró, a decir de Campbell, una Nueva Era cuya mitología, aún inédita y construida sobre las ruinas de las precedentes, ha de sustentarse sobre los viajes espaciales. Curiosamente, creía Campbell -como a buen seguro también Adriana Ocampo, directora del programa Nuevas Fronteras de la NASA- que en estos Nuevos Tiempos habrá de desaparecer la no por difusa menos firme creencia popular en los extraterrestres y en la salvación que de ellos pudiera venirnos, al igual que se está empezando a derretir como el queso la convicción antes generalizada en Occidente de que sólo una religión entre todas puede llevarnos de vuelta -ya sea en esta vida o tras la muerte- a nuestra patria celestial.

  Aunque todo esto suene un poco a Tsiolkovskii, personaje -por cierto- todavía prácticamente virgen en Occidente desde el punto de vista editorial, estamos en principio de acuerdo con él, más que nada porque es absurdo negar lo que, en verdad, no se sabe si va o no a acontecer. Pero dudamos, sin embargo, de su aserto en el sentido de que “el mundo tal como lo conocemos está tocando a su fin” y, con él, “nuestra ignorancia y nuestra complacencia”. Porque muchas cosas se están, sí, derrumbando y perdiendo vigencia, pero se trata mayormente de las cosas buenas.

  Otro símbolo importante: la caverna. Por ella entramos a este mundo y por ella salimos de él. No olvidemos que: “Originalmente, la Navidad era lo mismo que la visita de los Reyes Magos”. Osiris, Seth y Mithra, en ella presentes en armonía, nos recuerdan cada Solsticio de Invierno que Cielo somos y al Cielo retornaremos. Hay que agradecer a Campbell que nos lo recordara en unos tiempos en que ya empezaba a leerse poco a Platón. Y con más motivo ahora, cuando no se le lee prácticamente nada. Esperemos que un día vuelvan las oscuras golondrinas y el panorama cambie en ese sentido, porque Platón era mucho Platón y para nada merece ese ostracismo.

  ¡Feliz Año Nuevo a todos!.

 

 

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