Los hilos del Mahabharata

 

JOAQUÍN ALBAICÍN

 

 

 

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  Antes de triunfar con su Mahabharata sobre las tablas de medio mundo, Peter Brook -nombre cimero del teatro contemporáneo, director de la Royal Opera House y de películas como El señor de las moscas- tuvo que arriesgarse a subir a escena con Dalí la Salomé de Wilde y que pasar una temporada en la Alemania de los procesos de desnazificación. Allí conoció a Bertolt Brecht “en un comedor privado de un hotel de Berlín” y en una “atmósfera de película de espías”, descubriendo gracias a sus montajes claves teatrales ignotas en Inglaterra. Hombre -por profesión y, sobre todo, vocación- en perpetuo movimiento, pues considera cierta clase de disposición a la errancia como inspiradora de experiencias espirituales, sus recuerdos son inseparables de las ciudades cuyo alma respiró: los dos Berlín con sus cabarets y sus edificios en ruinas, el Nueva York del Hotel Chelsea -refugio de bohemios apetecidos de aislamiento- y de las fiestas con actrices de Hollywood o la Benarés donde cada noche, “al caer el crepúsculo, hay un tiempo de reconciliación con la muerte”. Leemos sobre sus vivencias junto a Laurence Olivier, Marguerite Duras, John Gielgud, Jeanne Moreau, John Huston, Helen Mirren… También sobre el “reclutamiento” de Glenda Jackson como actriz y la ocupación del Teatro Odeón de París por los estudiantes en mayo de 1968. A sus actores, que quemaban mariposas sobre el escenario para detener la guerra de Vietnam, les hizo estudiar los trinos de las aves y los llevó a actuar a las ruinas de Persépolis y a aldeas africanas.

  Pero de sus memorias publicadas por Siruela (Hilos de tiempo) parece claro que si algo le influyó fue la figura de Gurdjieff, aquel maestro de danza y de supuestas doctrinas esotéricas de quien tanto recelara René Guénon por percibir que en sus cursos había algo más -y bastante peligroso- que la mera enseñanza distorsionada de técnicas y conocimientos secretos aprendidos por él en círculos muy cerrados de Oriente. De hecho, la “escuela” fundada por Gurdjieff no era a la postre sino un club para señoritos y señoritas con posibles y faltos de emociones fuertes, y la mayoría de los que entraron en contacto con él terminaron con la mente y sus vidas hechas literalmente trizas. No parece haber sido el caso de Brook, que dirigió en Afghanistán una película inspirada en el polémico gurú sin desgracias que reseñar durante el rodaje y cuya pluma deja caer, aquí y allá, reflexiones y comentarios que sugieren que ha recibido el aliento de fuentes espirituales más ortodoxas que, sin duda, le salvaron de la quema montada por aquel rival de H.P. Blavatsky cuyo lema espiritual, como recuerda, era: “Estoy aquí para pisarle los callos a la gente”.

  No profundiza Brook en los pormenores y resultados de su primer viaje a Afghanistán “en busca de lo sagrado … esperando encontrar huellas de tradiciones antiguas, olvidadas”, pero está claro que muchos de los comentarios relativos al mundo espiritual con que rocía estas memorias suyas no proceden de Gurdjieff ni de su sucesora, Madame de Salzmann, que acompañó a éste en su huida de Rusia. De hecho, Brook no pisa los callos a nadie y la lectura de sus Hilos de tiempo se emprende y acomete con inequívoca sensación de placidez. Pero, cuando afirma que para él, a partir de cierta etapa, “el teatro se iba convirtiendo en un campo práctico en el que existía la posibilidad de observar leyes y estructuras paralelas a las halladas en las enseñanzas tradicionales”… ¿Significa que se inspiró en doctrinas tradicionales para sus montajes en busca de un teatro “subrepticiamente místico” que retornara a sus orígenes de ritual de sanación de la ciudad? ¿Que lo hizo en los ejercicios impartidos por Gurdjieff? ¿O las dos cosas?

  Interesa Brook, en este sentido, tanto por lo que dice como por lo que calla, pues, aunque a entender de Jacqueline Bisset una carrera cinematográfica sea “como una larga conversación” en la que “te quedas satisfecho si logras decir todo lo que quieres decir”… ¿Qué pasa con el silencio? ¿El silencio no significa nada? Pues sí. Y, en especial, ese “silencio absoluto” al que alude Brook al precisarnos que existen “un silencio que puede no ser más que la ausencia de ruido” y un segundo silencio, “una nada que está infinitamente viva” por cuya actividad todas las células del cuerpo pueden ser penetradas y vivificadas.

  Aquí, poniendo en el suelo la palma de la mano como el Buddha silente de la toma de refugio o un narrador de cuentos yoruba, nos deja Brook su historia, sus hilos, para que otro, algún día, la recoja y la cuente según le incline a hacerlo su dharma.

 

 

 

 

 

 

 

 

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