Los castores y los trenes

 

JOAQUÍN ALBAICÍN

 

 

 

 

 

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 Los guerreros, mujeres, ancianos y niños crows, tribu piel roja del Salvaje Oeste conocida en su lengua natal como absaroka, consideraban a los castores un pueblo similar al humano, sólo que habitante en el agua. De ahí sus buenas madrigueras, en las que reinan la pulcritud y el orden. De ahí el respeto debido y la atención prestada por los jóvenes al Viejo Castor Macho, la expulsión de la comunidad de los vagos, la calidad de las represas por tan esmeradas criaturas construidas… Un poco, como recordara Mario Satz hace bastantes años en un artículo en Cielo y Tierra, lo que eran las abejas para los antiguos egipcios, de los que diría uno que cada día, cuantos más yacimientos son excavados, vamos sabiendo menos. Algo, desde luego, se olería Napoleón, que tras su viaje a Egipto adoptó la abeja como emblema. De haber conocido a los crows habría, sin duda, reivindicado también al castor.

  De esa alta inteligencia de los castores y de su condición tribal nos enteramos gracias a que sigue la colección Frontera de Valdemar -esa editorial cuyo nombre tanto y tan deliberadamente recuerda a Poe y a Paul Naschy- surtiéndonos con regularidad de clásicos de la novela ambientada en el Salvaje Oeste. Lo antedicho, todo lo referente a la verdadera naturaleza de los castores, se aprende gracias a Sigue el viento libre, de Leigh Brackett (1915-1978), inspirada en la vida más o menos legendaria de James Beckwourth, un hombre de la montaña, es decir, un trampero, explorador, buscador de oro, cazador de caballos y, en su caso, esclavo manumitido amén de jefe de la tribu crow, entre otras cosas. De todos modos, ya el prólogo debido a Alfredo Lara López, director de la serie, merece la compra del libro no sólo por lo que nos cuenta de aquellos días de aventura, sino también por sus informaciones sobre su autora.

  Guionista del Río Bravo en cuya oficina del sheriff silbaba Dean Martin, de ¡Hatari!, de El imperio contraataca o -en tándem con William Faulkner- de El sueño eterno, Leigh Brackett fue laureada urdidora de novelas y relatos de fantasía espacial merced a esa fórmula de inventarte a Tarzán, pero situarlo en un Marte cuna de una civilización extinta en vez de en la selva africana. Esposa del autor del mismo género Edmond Hamilton, su matrimonio fue apadrinado por Ray Bradbury, a cuyos paisajes -ya marcianos, ya del Medio Oeste- tanto nos recuerdan los divisados desde el tramo de carretera que, acá en Badajoz, une Fuente de Cantos con Bienvenida.

  Ese viento que da título a la novela de Brackett -“El viento libre, el viento de la pradera, muy frío, muy cálido, el látigo eternamente azotador del Señor”…- nos trae hasta el vivac, junto a la lumbre, la recreación de las batallas libradas por los crows contra cheyennes y pies negros en las que también los hombres de la montaña rivalizaban en la obtención de cabelleras y “golpes”. El relato de la incursión encabezada por Beckwourth contra los pies negros atrincherados en la hondonada es verdaderamente memorable, como también el de su tenso pulso con Ashley, el de los Cien de Ashley, a quienes se atribuye, como recuerda Lara López, el descubrimiento del lago Utah y la exploración del norte de Colorado. Brackett nos traslada de mano de la imaginación a los escenarios de las andanzas de hombres solitarios que pasaban un año bebiendo antes de derrumbarse vencidos por el alcohol, donde predominaban los fusiles de chispa o aún ni siquiera existían los de repetición y el ante de las camisas, endurecido por la sangre, la grasa y el humo de la hoguera, crujía como las puertas viejas.

  Ya no se galopa. Sólo en Extremadura los trenes se deslizan aún por el paisaje a una velocidad que permitiría a sioux, sudistas o bandidos mexicanos tomarlos al asalto. Jim Bridger y otros personajes de esta novela ya comentan con pesar en ella la decadencia y rápida desaparición de un mundo que, a juicio de sus habitantes, duró demasiado poco por culpa de lo de siempre: el “progreso” y sus voceros, armados de buenas intenciones cargadas con la razón de las balas. Al menos, pues, ya que no hay quien lo devuelva a la vida, leamos Westerns de Valdemar, preferiblemente en transporte público pacense de larga distancia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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