LAS DILIGENCIAS DE TRAPIELLO

 

 

 

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JOAQUÍN ALBAICÍN

 

  Más aún que la de Carmona evocada en verso por aquel Villalón tan notable poeta como disparatado ganadero de bravo o que las gestionadas en la calle Postas del Madrid decimonónico por el hermano del gran Frascuelo, la más famosa ha sido la de John Ford con John Wayne, Claire Trevor y el padre de Scarlett O´Hara a bordo, qué duda cabe. ¡La de cosas que se cocían en ella mientras, a cada rato, iba una flecha india a clavarse en el reposabrazos!

  Las Diligencias (Pre-Textos) de Andrés Trapiello, quien, por más que las palabras precisen siempre de alguna clase de vehículo para tocar puerto, parece más pensar en la acepción de “trámite” que en la de “medio de transporte”, no pasan por Kansas City, Apache Pass, Denver o el Llano Estacado. Sus paradas para cambiar de caballos en esta vigésimo segunda entrega de su Salón de Pasos Perdidos. Una Novela en Marcha son Cuenca, su editor Manuel Borrás, Francisco Umbral, la casa donde Eduardo Arroyo invita a cenas servidas por camareros chinos, Constancia de la Mora, los versos guardados en la memoria de Ajmátova, las croquetas de Almudena Grandes, el asesor fiscal, Miguel Hernández, el Rastro y sus cachivaches o, ya que los premios literarios no son en absoluto ajenos al noble, pero pesado arte del regateo, Cela y el Cervantes a García Nieto…

  Se asoma Trapiello al Rastro de Cádiz, sobrevolado por las gaviotas roteñas y cuyo surtido le recuerda a un pasaje de Galdós. Leemos las Diligencias de Trapiello, por cierto, cuando los tribunales están ocupándose -nos enteramos por el Hoy- del asesinato en Madrigalejo de Pepe Sonrisas -feriante querido por sus vecinos- en un episodio no galdosiano, pero acaso de Max Aub… Se detiene en la poesía de Gimferrer, que encuentra cada día más parecida a la prosa de Ansón. Y mete mano también a la guerra, a la del 36, con los recuerdos terribles vinculados a su padre y toda la historia y el drama y el negocio de la tumba –“¿Qué tumba?”, se pregunta con razón- de Federico García Lorca.

  Pese a ser la mayoría de los pasajeros de estas diligencias suyas aludidos sólo por iniciales, los cameos de mayor o menor entidad de todos ellos se entienden bastante bien, no como pasa con la columna de Jaime Peñafiel en El Mundo, escrita y publicada sólo para Javier Castro-Villacañas y las amigas de Doña Leticia, lo que a los demás nos deja a dos velas. Pero bueno, esto, aparte de haberlo ya apuntado uno en un artículo anterior, ya lo saben quienes más o menos siguen estos diarios del escritor que gusta de recechar los rastros de la tercera España bajo el fuego cruzado de la primera y la segunda.

  Escribir un diario. ¿Y si, debido a un contratiempo informático, esas páginas con tanto esmero elaboradas y a las que tanto tiempo uno ha dedicado van y se pierden? Eso le pasó -o casi- a Patrick Leigh Fermor cuando, en el meridiano de su camino a pie hacia Constantinopla, se le extraviaron durante un rato largo en Bulgaria los cuadernos con sus notas de los once meses que llevaba andando. Antiguamente, y aunque siempre ha habido quien, antes de morir, ha ordenado la destrucción de sus anotaciones personales, esa desaparición suponía un trauma, un guantazo psicológico, una tragedia. ¿Ahora? Pues no sé, porque la existencia transcurre ya a base de tuits cuyo sentido parece agotarse en un segundo, así que el tramo escamoteado de vida escrita, equivalente a mil veces lo que la mayoría de la generación millenial habrá tecleado en todo su trayecto vital, pierde interés para las conciencias a la misma velocidad que un chascarrillo de diez palabras.

  Para uno no, claro, porque es de otra generación, lo mismo que Trapiello y la mayoría de cuantos gustamos de leerle y permanecemos atentos a la llegada de su diligencia. Y, en cualquier caso, ahí están los discos externos para, previo destripe del ordenador colapsado en sus funciones básicas, poder devolver al salón los pasos que no se hayan perdido para toda la eternidad. Lo suyo es seguir haciendo chasquear el látigo para, esquivando las flechas de los pawnees, alcanzar aunque sea por los pelos la siguiente posta. Allí, entre zarzaparrilla y partida de póquer, esperamos los lectores eso, unos pasos perdidos que de algún modo resultan ganados en la timba contra el Tiempo. ¡Que Dios sea generoso con nosotros y nos dé mucho!

 

 

 

 

 

 

 

 

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