La leve memoria

 

JOAQUÍN ALBAICÍN

 

 

 

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Como las memorias de Juan Belmonte recogidas por Chaves Nogales recuerdan en su tono a las de Buñuel, las de Adam Zagajewski espolvorean notas y melodías afines a los cuadernos de viaje de Paul Bowles, si bien a cuento de una nómina de personajes evocados mucho más extensa. Y cambia el contexto, claro. Bowles era un trotamundos, no un hijo y nieto de desterrados, y se fue a Ceylán y a Tánger porque le dio la real gana, en tanto el hecho de que sus padres y abuelos tuvieran en su día que dejar Lvov para reasentarse en Cracovia es el tema dominante en Una leve exageración (Acantilado), archivo de recuerdos de Zagajewski hilados más a compás que con sujeción a un orden cronológico y que vienen a complementar los acordes de los incluidos en el volumen En la belleza ajena (Pre-Textos).

  Una leve exageración es un mosaico de tonalidades suaves cuyas teselas nos hablan de Miquel Barceló, a quien conocimos en Morocco aquella noche en que a nosotros nos encargaron el texto para Potro de rabia y miel y, a él, la portada. De Czeslaw Milosz, bardo testigo de la reducción a puré del gueto de Varsovia y exiliado luego a Francia. De la Lvov que Zagajewski conoció sólo como turista y otras ciudades cuyos encantos y entrañas también hay que esforzarse por descubrir bajo la “capa de polvo soviético” que las recubre. De Mandelstam, su acmeísmo y su triste final (y de su esposa Nadezhda, cuyas magníficas memorias ha publicado asimismo Acantilado). De su visita con Joseph Brodsky a la sede de la NASA en Houston. De Nietzsche y la influencia por él ejercida sobre la juventud europea que hizo la I Guerra Mundial, una generación que tuvo ante sí “como herencia casual y peligrosa del destino … todo lo que otros hombres, otras razas en países y tiempos diferentes, habían logrado y alcanzado a lo largo de generaciones” y se lo cargó haciendo saltar por los aires “la topografía de las angostas veredas de toda la vida”.

  Nos hablan de las religiones a la carta como una variante espiritual del esperanto de Zamenhof. De tranvías. De la familia, el exilio y las preguntas que genera el ser un expatriado de tercera generación. Del Musil abucheado en París, en 1935, en el Congreso de Escritores en Defensa de la Cultura montado por Moscú. De su abuelo que lo llevaba de niño de la mano hasta el río para mostrarle la cicuta negra ingerida por Sócrates. De una residencia para artistas becados en New Hampshire. De Henryk Elzenberg, superviviente del nazismo y del estalinismo que, mientras escribía su propia versión -por así decirlo- de las Meditaciones de Marco Aurelio, vaticinó en sus diarios el adviento de la locura bélica de Hitler como una guerra que “nos dejará sin nada a lo que aferrarnos” y que “para quienes han apostado por el pensamiento, por el arte, por la creación, puede significar literalmente el fin”. Del Józef Czapski escritor y agente secreto, aunque lo segundo aquí no se miente. De Jünger, “un hombre de mediana estatura hijo de un boticario” y paseante por el París eterno vestido con un uniforme “afortunadamente nada eterno”. Del papel biblia de los libros de la Pléiade, los lectores de novelas en el metro parisino y el aumento del número de estaciones que obliga a los editores a aumentar a su vez el grosor de las novelas. Del niño de Muerte en Venecia cuando creció. Del profesor universitario de ética al servicio de la policía secreta. De Cioran con Alzheimer. De Helmuth Von Moltke -con cuya viuda nos carteamos brevísimamente- frente a Carl Schmitt.

  Nos hablan del camaleonismo de Mircea Eliade. De los amigos idos. Del totalitarismo y la estela de terror y sufrimiento y, pasado el tiempo, también de hastío que deja. Y nos hablan, claro, de poesía: la inspiración, los congresos, este y el otro poeta, los años que no pasan en balde… Un poeta, en suma, haciendo memoria y que nos lleva de paseo por los parques sobre los que un día tomó apuntes a fin de que no se le olvidaran sus glorietas, bancos, setos, árboles y estanques ni algunos de los transeúntes -a menudo perplejos y cansados- con que por sus rincones se cruzó. Y el encuentro con ellos del lector, que también se los cruza y los saluda con el sombrero, es grato y edificante porque le ayudan a él a, a su vez, también hacer memoria. ¡A todos nos tocará! No dejemos, pues, de resolver crucigramas, que dicen que es bueno para conservarla en forma aunque no estén en polaco, idioma excelente para combatir la amnesia.

 

 

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