FANTASMAS DEL DEPORTE

 

 

 

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JOAQUÍN ALBAICÍN

 

  De algunos de los mejores relatos que he leído, son autores amigos míos: Carlos Lencero, por ejemplo, de los agrupados en su libro Los arenales de la madrugada. Gonzalo Torrente Malvido, de Jackie y Jack. Y de bastantes más Juan Maya, del mismo linaje de fabuladores que Lord Dunsany y Cunqueiro y afecto, como ellos, a la andante caballería. De Lencero me hablaba la otra tarde en su casa sevillana Ricardo Pachón, que quisiera encontrar editor para lanzar bastantes poemas y relatos suyos, durmientes en el limbo de lo inédito debido al prematuro deceso del escritor. Se suma ahora a mi quiniela literaria Final entre fantasmas, el cuento que da título al nuevo libro de Germán Pose y que habíamos ya leído cuando lo publicó en las páginas de El Estado Mental. Al revés que esos otros amigos también cuentistas, Germán Pose está vivo, y por muchos años, pues su juventud de boxeador amateur hizo de él pieza ardua de cobrar por la de la guadaña.

  Quizá sean los citados, junto con el Juan Ramón Biedma de La lluvia en la mazmorra, Pérez Reverte -nuestro Stephen King- o las tramas policíacas de Antonio Manzanera algunos de los pocos narradores de estos pagos de los que mi pluma se siente cerca. No hablo de otros géneros, pues ahí está mismamente esa socarronería -tan afín a la de Germán- de que hace gala J. R. Alonso de la Torre, firmante cada día del artículo de contraportada del diario HOY de Badajoz, ese Un país que nunca se acaba en el que acabamos de leer uno sobre los días de oro del cine Olimpia de Cáceres y otro acerca de la eterna vigencia de la España del Fary. El mismo Germán nos la subraya en su libro al recordarnos que: “En la deriva blandengue que acarrean estos tiempos, tipos como El Fary tendrían bastante que decir”… Hombres como él o José María Ruiz Mateos -sin el que, para mí, a ninguna campaña electoral asiste razón de ser- son, en efecto, iconos y valores a prueba de bomba.

  Sin embargo, no sólo el fundador de Rumasa es busto a esgrimir de estricta observancia para resaltar las relaciones entre fútbol y política. Que Carl Schmitt era del Atlético es cosa que quizá sólo Germán Pose podía desvelarnos y quedarse tan ancho. No en vano es cultor confeso del botellín y, eso de la cerveza, ¿no tiene que ver con Alemania? Y hemos mentado a Cunqueiro a cuento de Juan Maya, pero no es tampoco autor lejano a Germán, quien en los jardines con senderos que se bifurcan no cruza sus pasos -o procura evitarlo- con los de la Santa Compaña, pero se va a escuchar el partido de fútbol al cementerio de su pueblo -Solosancho, entrañas de Ávila- colocando el transistor sobre la lápida de su progenitor, gran aficionado. Es, pues, hombre de raíces, como el Francisco García Pavón que rindió culto a Tomelloso en cada una de sus novelas y en tantos de sus cuentos.

  Ya imaginará quien nos lea que, a alguien tan poco aficionado a las Olimpíadas como yo, tiene que gustarle mucho cómo escribe Germán Pose para devorar de un tirón un libro subtitulado Un relato mágico y otras fantasías deportivas. Pues así ha sido. Tal vez influya lo mucho que en él pone el acento en el boxeo, deporte siempre asociado por mí de modo reflejo a las carreras de caballos y el billar, cuyas atmósferas sí me hacen tilín. O su franca reivindicación sin complejos del estilo Sinatra. O el homenaje por él rendido al épico Paulino Uzcudun, gloriosamente derrotado por Joe Louis en el Madison allá por 1935 después de haberse enfrentado ante Mussolini a Primo Carnera. O su evocación de la partida perdida por Kasparov frente a la computadora DEEPER BLUE, momentazo de la Guerra Fría. O su magnífico análisis de la esgrima, en el que nos recuerda a las vizcaínas o quitapenas, aquellas dagas que, en el Siglo de Oro español, los soldados empuñaban en la izquierda mientras daban el callo con la espada en la diestra. Final entre fantasmas es, en fin, un libro de deportes sólo hasta cierto punto, en el que Germán reivindica la hombría de aquel Di Stefano que, lejos aún estos tiempos tan lánguidos, salió en un anuncio de la tele asegurando: “Si yo fuera mi mujer, luciría medias Berkshire”… al tiempo que aprovecha para dejar en todo lo alto pares de banderillas -con el sabor de los de Montoliú padre o El Formidable- como ese en el que nos recuerda que Platón lo clavó al proclamar aquello de que el asombro es el origen de la filosofía.

  Magnífica es su evocación de aquellas tardes de toros madrileñas seguidas de noches de boxeo y copas en las que reinaban los ases del visto y no visto: “Temblaba en Madrid la Movida que sigue temblando” -leemos- “y se nos apareció la negra sombra de Mike Tyson junto a Antoñete y al Paula bretoniano, surrealismo de Jerez. Nunca he esperado tanto tiempo el comienzo de un soberbio espectáculo que resultara tan fugaz. Prolongar la noche hasta el alba no era tarea ardua en esos tiempos, sobre todo si aguardaba un combate de Tyson entre las tinieblas del whisky y el aire turbio de la madrugada.. Y en un par de minutos, ¡booom!, todo había terminado … su rival había encajado un directo al hígado desde la misma ceremonia del pesaje”.

  Quizá me he alargado un punto en la cita, pero es que me he emocionado al evocar alguno de aquellos combates despachados a velocidad de vértigo y que vimos en Chenel, el bar de copas que por entonces Germán tenía en la calle Atocha y por cuyo escenario pasaron Sorderita, Raimundo Amador, María Vargas, Indio Gitano, Sordera padre.... De cualquier modo, la clave para desentrañar la filosofía del libro es su lúcida apreciación en el sentido de que los entrenadores de fútbol debieran motivar a sus jugadores poniéndoles El hombre que mató a Liberty Valance, Casablanca o Pasión de los fuertes, esa de John Ford en la que, cuando Wyatt Earp pregunta a Mac si alguna vez se ha enamorado, éste responde:

  -No, señor. Yo siempre he sido camarero.

  El mundo deportivo de Germán Pose navega, a todas luces, entre el kikiriki de Curro y las aventuras de Roberto Alcázar y Pedrín y tiene mucho que ver con leer al sol de una terraza y ante una ración de queso curado una de Marcial Lafuente Estefanía mientras en el bar suena Blues de la frontera de Pata Negra, lo que significa que está bastante cerca del nuestro, pese a que nosotros no estuviéramos -como él, azuzado por las canciones de Camilo Sesto que llevan toda la vida pisándole los talones- a punto de dejarnos el tipo en la I Maratón de Madrid, corrida -imagino- en los días de Tierno Galván, cuando el mundo era joven, Camarón cantaba en el San Juan Evangelista y a los quioscos llegaba Sur Exprés.

  Cierto, sí. Sobre un libro que acaba de ver la luz, me ha salido un artículo nostálgico, Pero es que los libros que no alimentan nostalgias, la verdad es que no pintan nada. Ni pintarán.

 

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