En otra lengua

 

JOAQUÍN ALBAICÍN

 

 

 

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  Hacía tiempo que no leía a Jhumpa Lahiri, y su nuevo libro publicado por Salamandra (En otras palabras) -que es, además, el primero escrito por ella en italiano- ha logrado prender mi atención por, ante todo, los pensamientos que escribirlo le ha suscitado, pues, en realidad, todos los libros originalmente alumbrados en checo, ruso, hindi, italiano o mallorquín que he leído, los he leído en español, así que no sé en qué medida su salto a lo Conrad a otra lengua habrá afectado como narradora a quien hace años me interesó por sus relatos en inglés. Quizá el sabor, como ella misma dice, no sea exactamente el mismo, pero, aparte de que eso no la convierte en sosa, hay un cierto sabor residente en el alma a cuya quintaesencia no pueden afectar los cursos de idiomas, las trattorias ni las tarjetas de embarque. Me sigue Jhumpa Lahiri, en fin, interesando igual, sea cual sea el registro idiomático en que nos cuente sus cosas, porque, cuando de apreciar el arte de un escritor se trata, no sé hasta qué punto sea el idioma lo que marque la diferencia. Otras cosas, sí. Ya hacía Ortega y Gasset, en un artículo de 1921, publicado en El Sol y dedicado a la compañía de bailes rusos El Murciélago, la sensata observación de que: “El hombre de Calcuta y el de París, cuando quieren transportar algo, usan idénticamente de la rueda. En cambio, se diferencian cuando se ponen a soñar”. Entrar en el plano de los sueños: eso ya sí que sería harina de otro costal.

  Ignoro si Jhumpa Lahiri, que durante un buen tiempo, mientras el poso de sus años de intermitente estudio de la lengua de Mastroianni y Moravia implosionaba bajo su piel como una carga retardada, dejó de pensar tanto en su lengua habitual -el inglés- como en su bengalí materno, cesó también de soñar en ambas, o si sus sueños se habrán desde entonces tornado “italianos” y dejado de ser “indios” o “estadounidenses”. Un relato aquí incluido trata sobre un sueño suyo que se diría inspirado por un lienzo de Remedios Varo. Sobre un sueño, pues, más bien hispano-mexicano. Ignoro también si, lo mismo que yo, se introduciría Jhumpa Lahiri en la obra de Antonio Tabucchi, de quien una cita portica su libro, a través de su magnífico Nocturno hindú, que es ante todo un relato onírico. 

  Pero bueno… Ensoñaciones aparte, la verdad es que algunas de sus observaciones vertidas en esta obra me han sonado de lo más familiares, por cuanto me han hecho evocar momentos de mi propia vida gastados con provecho en el restaurante Volga de Delhi o en las calles de Benarés, cuando también viajaba con diccionario y reconocía algunas de las palabras pronunciadas en hindi por mis vecinos de mesa. Claro que el romaní no deja de ser una lengua entroncada con todas las principales del norte de India y los “despertares” atávicos que en mí desperezaban esos vocablos al llegar revoloteando como pajaritos hasta mis oídos debían ser de otra clase de los sentidos por Jhumpa Lahiri con los timbres y acentos itálicos. No debe olvidarse, sin embargo, que, como ya dijo Platón, aprender no es sino recordar; que eso vale lo mismo para el individuo de mediana edad que para el bebé y que muy antigua es -y algún fundamento la debe asistir- la tradición que afirma un origen común para todas las lenguas antes de que, durante la construcción por orden de Nimrod de la Torre de Babel, empezaran a desgajarse. Así que, si es cierto que un día existió un paisaje lingüístico único, algún parentesco debe unir al italiano con el bengalí y el inglés, si bien más remoto que el del romaní con el hindi, un poco como Pérez de Ayala recordaba que la saga del Grial se sustentaba sobre “una ideal, y si se quiere arbitraria, unidad topográfica del mundo sirio al mundo celta, que va desde Galilea hasta Gales, Escocia y Noruega”.

  Por lo demás, aquellos primeros relatos de Jhumpa Lahiri ya tenían como protagonistas a indios de la diáspora, es decir, a gente que se entiende en una lengua con su familia y en otra en el trabajo, la calle o la universidad. Se da, pues, una continuidad bastante obvia. “Mi relación con el italiano se desarrolla en el exilio, en un estado de separación”, explica no sé si desde Venecia o Roma para luego, encomendándose a Jano, el dios bifronte, añadir que: “Cada lengua pertenece a un lugar específico. Puede migrar, puede difundirse, pero suele estar ligada a una geografía, a un país”, apreciación a la que encuentro mucho sentido. El romaní, por ejemplo, es una lengua profundamente india. Contiene préstamos del griego o el armenio, pero cuando escucho a alguien hablar en griego o armenio no me “reconozco” como cuando escucho hacerlo en hindi o rajasthani.

  Me gusta asimismo la contemplación por Lahiri del proceso de aprendizaje de una lengua comparando a esta con un lago que, por fin, en determinado momento, se logra cruzar a nado sin ayuda de la seguridad garantizada por la orilla a quien nada cerca de ella. También su reflexión en torno al hecho de que hoy, cuando las distancias se han acortado en todos los sentidos y está a nuestro alcance recorrer de punta a punta el mundo en un día o contactar en un segundo con alguien de las antípodas, la tecnología no puede reducir el tiempo que es menester dedicar al estudio y práctica de una lengua. Aprender un idioma sería, pues, una de las formas de seguir viajando a la antigua, de ser hoy Simbad o Ulises. Hay más de odisea en el estudio en serio del maorí que en emprender un largo viaje a Nueva Zelanda, está claro.

  Ando inmerso en su libro cuando llega a mi mesa un artículo en torno a un tema colateral. Un columnista de un diario barcelonés expresa su preocupación por que, a remolque de los avances registrados en el campo de la inteligencia artificial, los robots puedan pronto empezar a escribir en la prensa artículos de opinión. ¿Expresarán su propio parecer o escribirán lo que les manden? ¡Preparémonos para lo peor si sucediera lo segundo, leo! ¡Garanticemos la libertad de pensamiento de los androides! La verdad es que no se me antoja demasiado peligrosa la amenaza, por cuanto eso -escribir no lo que opinan, sino los que les mandan opinar sus jefes o lo que creen que a éstos les gustará que opinen- es lo que ya hacen innumerables columnistas probadamente humanos, es decir, resulta innecesario en tal sentido que vengan los robots a “aprender” idiomas de homo sapiens. Habiendo ya tanto humano perorando como un robot, quizá debiéramos dejarnos de hipocresía y dar la bienvenida a los robots auténticos.

  Mucho jugo hay que exprimir, pues, en el libro de esta devota de las Metamorfosis de Ovidio que, aunque resignada a navegar siempre al amparo de los vientos de su lengua madrastra, tras dos años escribiendo en italiano se siente por ello como renacida y nos inocula la apetencia de desempolvar todos esos idiomas que tenemos -no en el corazón, pero sí en la cabeza- un poco olvidados.

 

 

 

 

 

 

 

 

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