ELIZABETH GASKELL Y SUS HADAS

 

 

 

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JOAQUÍN ALBAICÍN

 

 

   En sus relatos, los ronroneos placenteros suenan “como el silbido de una tetera” -símil harto improbable que se le ocurriera hoy a un escritor- o “como el arrullo de una paloma”. También se desliza en ellos la mitología de la época, ya transmutada en folklore, como en la alusión a los caballeros de Arturo, que no han muerto, sino que permanecen “en trance hasta que las trompetas de cuatro reyes poderosos reclamen su ayuda cuando Inglaterra le necesite”. Y es que su prosa es cabal retrato de las costumbres y la vida social de un cierto mundo: Elizabeth Gaskell (1810-1865) es, en efecto, a la Inglaterra victoriana lo que el tapizado azul de la berlina del Príncipe de Salina en El Gatopardo a la Italia agitada por las banderas de Garibaldi.

  Su magnífica novela La casa del páramo, a través de la cual supimos de ella, nos enganchó de tal modo que llegamos a preguntarnos si no seríamos mariquitas o estaríamos sufriendo una regresión a la infancia, como cuando nos emocionábamos con la lectura de Mujercitas de Louise May Alcott. Y ahora nos llegan, también de la mano de Alba Editorial, sus Cuentos góticos.

  En ellos transparece la amante de lo rural y, en ese sentido, la seguidora -consciente o no, lo ignoro- de Abraham Cowley, el poeta del XVII que recordaba que Dios había creado el campo, y Caín la ciudad. Sus paisajes verdes y sin luz eléctrica se despliegan entre niños que despiertan la sospecha de ser en realidad gnomos, pugnas entre herederos y segundones, molinos abandonados, agrias institutrices, población masculina que sabe apenas nada de la femenina, tensiones generadas por las bodas por encima de lo que corresponde al origen, maldiciones que condicionan durante generaciones la vida de una familia, largos viajes en barco, mansiones alzadas en medio del bosque… Todo encajado en tramas con el ritmo del dramón sabiamente sostenido y en las que los resortes activadores del fantasma son a menudo la envidia y la codicia bullentes en las cabezas ceñidas por una chistera. No vale aquí, pues, el aserto de Stacy Horn de que todo asunto de fantasmas comienza con una historia de amor. A menudo empieza con una historia de odio.

  Entre las narraciones aquí incluidas (La bruja Lois, La clarisa pobre…), que son novelas cortas -y no tan cortas- más bien que cuentos, me alegra mucho encontrar su Curioso, de ser cierto, la historia de la única noche del año que ronda cierto castillo el espectro de una niña del lugar devorada en tiempos remotos por un lobo y de la que los naturales del terruño dicen que verla esa noche depara suerte para el resto del año. Lejos de ser el clásico cuento gótico -luctuoso y sombrío por norma- se inscribe más bien en la modalidad del cuento de hadas -el cuento por antonomasia- y nos hace evocar atmósferas como las del Fantastes de George MacDonald -hay una edición española en Atalanta- o Las Bodas Químicas de Christian Rosenkreutz. Soy de quienes creen en alfombras voladoras y piensan que no debe dejarse de alentar la esperanza de ver un día el cielo surcado por una de ellas. El día que desistamos de ello… ¡Que Dios nos coja confesados!

  Lean a Elizabeth Gaskell, hija de una época en que la gente aún veía ondinas en los bosques. ¡Hace falta volver a verlas y a leerlas!

 

 

 

 

 

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