IBN ARABI, EL QUE VERDECE, SEVILLA Y NUUR CAMERATA

 

Joaquín Albaicín

 

 

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  Vivifica el Islam un profeta secreto, juego de espejos esmeraldinos velado por una genealogía de camuflaje. Guardián de la Fuente de la Eterna Juventud, auxiliador de los pueblos nómadas en tribulación y de los sufíes extraviados en el desierto, cumple en la tradición islámica las funciones que Elías en la hebrea y San Jorge -patrón de los andantes caballeros- en la cristiana. Responde al nombre de Al Khidr, El Que Verdece… Inmortal como Henoch, el apóstol Juan y el Judío Errante, Ananda K. Coomaraswamy le consagró en 1934 un esclarecedor ensayo, aunque quizá no tanto como las líneas a él dedicadas por René Guénon en su correspondencia, y el viajero William Dalrymple se preguntó hace no mucho si no podría quizá encontrárselo en un pequeño oratorio a orillas del Jamuna, cerca de Lal Kot, a las afueras de Delhi.

  Aparte del rito en el que un sufí le invistió en Mosul con el manto de Al Khidr, el gran Ibn Arabi (Murcia, 1165 – Damasco, 1240) mantuvo al menos tres encuentros con El Que Verdece. Sin embargo no ha sido, que yo sepa, honrado con una calle en Sevilla, donde tampoco existe nada parecido a una ruta en su honor dirigida hacia los visitantes de la ciudad alzada por Hércules y amurallada por César, y ello pese a que uno de sus cara a cara hierofánicos con Al Khidr aconteciera justamente en la capital andaluza, la misma ciudad donde siglos después -como Ibn Arabi había visto a Al Khidr en Túnez caminar sobre las aguas- avistó Hans Christian Andersen una sirena en el Guadalquivir… Creo que no se tiene ni remota idea de la parte de la ciudad en que durante su infancia y juventud vivió el autor de Las iluminaciones de La Meca, pero creo yo que debió ser en las proximidades de la Alameda, el enclave sevillano hermético por excelencia. En la Puerta Carmona había en aquellos tiempos, leemos, un cementerio donde en su juventud acudía a meditar y a sostener conversaciones con presencias del trasmundo.

  De cualquier modo, a remediar en parte ese silencio institucional y del callejero hispalense ha venido, con su ensayo Ibn Arabi. El Maestro Sublime, encuadernado por Almuzara cuando empezaba a declinar 2019, Juan Antonio Pacheco, docente en la Universidad de Sevilla y que ha escrito mucho sobre sufismo (ahí está, por ejemplo y en la misma editorial, su Filosofía y pensamiento en Al Andalus). Estudio espléndidamente hilado, este nuevo título suyo supone no sólo una introducción de suma valía y poco corriente en estos tiempos a la figura de Ibn Arabi -autor de ochocientas cincuenta y seis obras- en su triple vertiente de sufí, filósofo y santo y una exposición de “lo que Ibn Arabi dijo de su experiencia espiritual y la cosmovisión resultante de ella”, sino también una magna contribución al conocimiento del mundo espiritual andalusí.

  Nacido cuando el califato de Egipto acababa de caer bajo el empuje de Saladino y un año después de que los ismailíes proclamaran en el castillo de Alamut la salida a la luz del Imam Oculto, Ibn Arabi abandonó Murcia en dirección a Sevilla cuando ya se habían establecido en esta los almohades con su corte de sufíes, ascetas, poetas, filósofos y astrónomos y alcanzó la primera juventud al comenzar la Tercera Cruzada. Pacheco nos habla de sus maestros de Sevilla, Cantillana, el Aljarafe o Ronda, del peso en su pensamiento de Abd-el Qadir Jilani, de que fue Jesús (el profeta Isa, hijo de Mariam) quien lo llamó a entrar en la Vía sufí, de sus tres encuentros con Averroes (uno en el entierro de éste y otro en estado de éxtasis), de las últimas palabras de Plotino, de su sistema cosmológico con el Sol como Polo y Corazón del mundo, de las corrientes de sabiduría predominantes en la civilización islámica y en el entorno inmediato del sabio durante sus años de formación y sobre cómo los hermeneutas musulmanes encontraron firmes apoyaturas para su metafísica y su cosmología en las de los neoplatónicos, traducidos al árabe o al siríaco en Bagdad desde el siglo IX en lo que fue “el movimiento traductor más importante de la historia de la cultura humana”.

  Nos asoma, en fin, a un mundo en el que tanto cristianos como musulmanes compartían -cada comunidad con sus rasgos propios- una misma visión del mundo como teofanía y libro en cuyas páginas leer sobre los signos y designios de Dios, clima intelectual que necesariamente choca con el reinante hoy, cuando el entendimiento entre rivales resulta imposible desde el momento en que la civilización materialmente más poderosa se erige sobre la exigencia del ateísmo -o la ufana ignorancia de cuanto sobrepasa el ámbito material- y la santificación entusiasta de Sodoma y Gomorra. Cuesta pensar, en efecto, que vayan a entender un libro sobre Ibn Arabi muchos de los habitantes de un mundo que encarna el más putrefacto poema a la lascivia jamás rimado.

  Además de con la llegada a las librerías de la novela de Pérez Reverte sobre Rodrigo Díaz de Vivar, otro ilustre que murió rozando el siglo de Ibn Arabi, viene también la reivindicación literaria de éste a coincidir en el tiempo con el lanzamiento por Satélite K de Al Andalus S. XXI, el nuevo disco de Pedro Burruezo con la banda que lidera, Nuur Camerata, integrada por el chelo de Jordi Ortega, el santur de Robert Santamaría, la viola de Maia Kanaan y la flauta de Teo Larrosa. Pedro Burruezo, por otra parte, lleva ya tiempo frecuentando los escenarios de Oriente Medio integrado en el terceto que forma con Eduardo Paniagua y Wafir S. Gibril, espolvoreando por ahí, como quien no quiere la cosa o como quien sabe perfectamente los que hace, especias sonoras plantadas en el Toledo medieval o en aquel Bagdad de los sabeos y nestorianos consagrados a traducir a Aristóteles. Inspirado sin la menor pretensión de ortodoxia en la música andalusí y el flamenco, incluye el álbum entre sus cortes el tema titulado Ibn Al Arabi, así como otro en homenaje a Santa Teresa de Ávila y la traslación al universo musical sufí de una copla flamenca en su día grabada por Antonio Mairena. Melodías que hay que escuchar, como de provecho se revela la lectura del ensayo de Pacheco…

 

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