CRISTOBAL SERRA, A SU AIRE

 

Joaquín Albaicín

 

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  Una noche de 2012, ordenando papeles, fui a dar con una conversación entre un reportero y Cristóbal Serra (Palma, 1922-2012) y, sin saber por qué, me vino fugazmente a la cabeza la idea de su muerte. Como un reloj, al día siguiente leí en El Mundo su obituario. Las últimas entrevistas que concedió eran algo raras. En ellas predicaba una extrañísima admiración por el asno y daba a entender que sus experimentos con la escritura automática le habían conducido a vivir episodios de alteraciones parapsicológicas bastante molestos y perturbadores. Una me pareció muy inquietante, por decir poco, y salí de su lectura con la impresión de que Serra –pródigo en sus respuestas en loas al pollino, incluyendo al de pelo rojo, en unos términos que hacían imposible no recordar lo escrito por Guénon acerca de los adoradores de la cabeza de asno, perpetuadores de los antiguos misterios tifonianos- trataba en ella de congraciarse de algún modo o, al menos, de llegar a una suerte de pacto de no agresión con la contrainiciación, a cuyos ataques psíquicos estaría sirviendo como blanco.

  Decía Serra haberse iniciado en esa obsesión asnal -para nada convergente con la anal de la clase política española- tras el encuentro, medio siglo atrás y en una librería anegada por el agua, de un antiguo tratado sobre este animal escrito por un ex clérigo… Y me pareció significativo que, a continuación, aludiera abiertamente a prácticas espiritistas, que habría tenido que abandonar tras sufrir agresiones de “espíritus”, a fuer de varias explosiones de su televisión. Me pregunto, en fin, si en sus últimos tiempos no se le fue la olla con aquello de los asnos. De hecho, en los escritos que a título póstumo le ha publicado -con el título El aire de los libros- la Fundación Banco de Santander alude a sus sospechas de que Raimon Llull poseyera unas ciertas dotes de médium, lo que no sé si viene a significar que estuvo en su momento en “contacto” con él, al igual que aseveraba haber “hablado” y servido con su pluma de vehículo expresivo a Quevedo y Borges.

  El aire de los libros es una antología de comentarios suyos acerca de algunos de los temas a que fue más afecto y que él mismo, al parecer, dejó más o menos ordenada antes de morir. Es ya un lugar común la manía de etiquetar a Cristóbal Serra como un ermitaño, un raro, un escritor inclasificable… cuando si algo, entre otras cosas, fue es un escritor perfectamente clasificable o identificable. La “rareza” de Serra no era otra que la de quienes -ya integrantes de su generación, ya de las posteriores- hemos leído con provecho a René Guénon (pienso, en especial, en los diversos contribuyentes literarios a revistas como Letra y Espíritu, Cielo y Tierra o La Puerta). No es que Serra anduviera tanto como metido hasta las cachas en ese fregado, pero por ahí iban los tiros. Le interesaban los ciclos cósmicos, el Fin de los Tiempos, las sociedades secretas, el Apocalipsis de Juan, la alquimia, el sufismo… Esa era toda su “rareza”. Por citar a gente de las filas catalanoparlantes, muy destacadas siempre en esto del apego al esoterismo y la lectura de Guénon, diría que, en el caso de Serra, su trayectoria e inquietudes fueron muy similares a las de, por ejemplo, Juan Eduardo Cirlot, enlazando también -por bibliofilia y tono- con Perucho o con el Josep Xifreda con fama de alquimista.

  Las fuentes de que había bebido le inocularon pronto la sospecha de que “las aguas turbias arrastradas por el río de la filosofía occidental necesitaban dique” y le persuadieron de que tanto la idea del Progreso con mayúsculas como la ciencia moderna son maniobras ilusionistas de carácter luciferino, cosas que, en realidad, debiera percibir, sin necesidad de leer a Guénon, cualquiera con dos dedos de frente. Desde esa perspectiva antiprogresista nos habla en El aire de los libros de Raimon Llull -“barbado ilustre” y, como lo llamó Rubén Darío, “mallorquín de oro”- y de su Félix, a su juicio la primera novela surrealista. También de las maniobras epistolares del polemista mallorquín para conseguir, con la mediación ante el Papa de Arnau de Vilanova, un ataque militar contra los musulmanes granadinos. Del Apocalipsis, asunto y libro de los que a menudo se ocupó. Del Evangelio según Tomás. De Papini, a quien, la verdad, no he leído. De Dostoievsky, a quien sí, y mucho. De Ionesco. De los poetas franceses del XVI. De la tradición oculta en cuyo frontispicio figuran Hermes Trismegisto, Paracelso y Agrippa. De William Blake, de quien fue el primer traductor al castellano, un artista “naturalmente incapaz para seguir la senda del vulgo” y, a su entender, “el más enigmático de cuantos poetas han existido”. De su querencia hacia las tablas del taoísmo. De su propuesta de llamar Generación del 21 o del 31 a la hasta ahora conocida como del 27, para la que nos rescata el nombre hoy olvidado de Antonio Espina. De las afinidades del esperpento valleinclanesco con el teatro dadá y los movimientos literarios que desde 1789 han jalonado las grandes guerras y revoluciones sociales… Por cierto que la hija de Marinetti profetizó en 1997, en el Palacio Ducal de Génova, que el año 2000 vería el triunfo del futurismo en el mundo, acontecimiento que tenemos dudas de que haya sucedido. Al final, ni en asno ni a caballo ha entrado Marinetti invicto en la Ciudad Eterna, pese a supuestamente tener al futuro de su parte.

  Cristóbal Serra fue, en suma, un escritor con aire muy libresco -que no todos lo gastamos- y a quien, por tanto, conviene muy bien el título de esta obra suya de despedida. En El aire de los libros aborda cuestiones -Dante, Hermes, el Fin…- sobre las que sin cesar volvía, pues hay que atarlas en corto y no alejarse de ellas demasiado si se quiere a la postre sacar algo en claro de esta vida de asnos y de durmientes que un poco todos llevamos. ¡Despertad, lectores, que el tiempo se acaba!

 

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