Un día muy raro

 Mar Arias Couce

 

 

Era el día de Reyes. Demasiada azúcar. Los niños se movían por la casa a la velocidad del rayo. Tenía que pasar. Siempre pasa algo catastrófico en este tipo de celebraciones. En ocasiones una pelea familiar, una borrachera descomunal de quién menos se espera, esas cosas. Este año tocó una luxación infantil. En medio de la parafernalia típica del día, papeles de regalo, cajas abiertas y juguetes por todas partes, nos pusimos en marcha así, como estábamos, prácticamente a medio vestir. Camino del servicio de Urgencias del Centro de Salud más próximo, los niños no dejaban de hacer ruido. Uno lloraba porque le dolía, el otro se reía de él por llorar. “Silencio, que ya estamos llegando. Tomás, le dije yo a mi media naranja, aparca aquí un segundo, aunque sea mal, y bajamos a los niños y me quedo yo en la cola con ellos para que nos atiendan cuanto antes. Luego tú aparcas y vuelves con nosotros”. Dicho y hecho. Estacionamos el coche casi en la acera, nos bajamos cada uno con un niño y dejamos las puertas abiertas. Allí me quedé yo, con un niño en brazos y otro agarrado a mis piernas. Y hacia el coche volvió Tomás que no imaginaba lo que iba a encontrar allí a su regreso.

 

Tenía que hacerse una luxación justo hoy. Estos niños son la peste. Tomás despotricaba camino del coche mirando al suelo. Mejor. Cuando levantó los ojos se encontró a una señora de unos mil quinientos años sentada en el lugar del copiloto. Quién dice mil quinientos dice un millón. El pelo blanco, los ojos perdidos en algún lugar del rostro, los labios apenas una línea y los dientes, inexistentes. Vestía un chándal quince tallas más grande y no parecía ocupar espacio. “Llévame a mi casa”, dijo. Y lo dijo en un tono de voz fuerte, rotundo, grave incluso que no parecía salir de ese cuerpecillo pequeño y cargado de años. “Señora, yo no soy un taxi. Dejé el coche aquí porque mi hijo se hizo daño en el tobillo y no…”. “Lléveme a casa ya joven y deje de hablar”. Tomás no daba crédito. La señora llevaba un pequeño bastón en la mano. “Por ahí”, ordenó. “Pero señora…”, la protesta de Tomás ya era tan débil que apenas fue audible. “No me lo puedo creer”, iba murmurando por lo bajo. Mientras tanto, la anciana le iba guiando con el bastón. “Hacia allá, no para allá, a la derecha”… “Esto lo cuento y no lo creen”, pensó. Al llegar al portal, la señora se bajó y echó a caminar. No dijo adiós, ni hasta luego, ni mucho menos gracias. La vio perderse calle arriba con su caminar renqueante pero firme. Nadie diría que allí estuvo sentada la posible madre de Matusalén, de no ser, claro está, por el rastro intenso a perfume de bisabuela que dejó en el coche. “Qué cosas”, se dijo Tomás y volvió al centro de salud.

 

 

Tenía que hacerse una luxación justo hoy. Estos niños son la peste. Tomás despotricaba camino del coche mirando al suelo. Cuando levantó los ojos tuvo que frotárselos. Los cerró y los volvió a abrir. Sí, la estaba viendo. Allí sentada, dónde hace un momento estaba su mujer con el chándal y la coleta alta, estaba la hermana pequeña y guapa de la mismísima Angelina Jolie, o tal vez de Pilar Rubio. Una mujer despampanante, vestida como si fuera a interpretar una película de espías de un momento a otro, le miraba intensamente a los ojos. “Sé que es un atrevimiento subirme a su coche, pero necesito que me haga un favor. Es un caso de vida o muerte”. Su voz era dulce y cantarina y olía tan bien que no pudo decir que no. En realidad, no pudo decir nada. Se subió al coche y preguntó apenas en un hilo de voz. “¿A dónde quieres que te lleve?”. “Al aeropuerto”, dijo ella, al tiempo que cruzaba las piernas sinuosamente. “Debo salir de la isla cuanto antes, si quiero seguir con vida”. Por inverosímil que fuera la situación, a Tomás todo le parecía normal. Cotidiano, vamos. Cualquiera que no le conociera y le hubiera visto en el coche familiar, lleno de migas, juguetes y porquería acumulada, con aquella morena explosiva, hubiera pensado que era algo que hacía todos los días. Fueron todo el camino sin apenas hablar. Él porque no podía emitir sonidos. Ella, a saber por qué. Tampoco le hacía mucha falta. Con una sola caída de pestañas podría haber movido continentes. O eso al menos pensaba Tomás. Cuando se bajó del coche en el aeropuerto, le dio un suave beso en la mejilla. “Tu mujer es afortunada contigo”, y echó caminar, contoneándose, y dejando tras de sí un suave aroma a misterio. “Mi mujer… ¿mi mujer? ¡¡¡Mi mujer!!! A ver que le digo yo ahora. Y dio la vuelta camino del centro de salud sin tener muy claro qué había pasado.

 

 

Tenía que hacerse una luxación justo hoy. Estos niños son la peste. Tomás despotricaba camino del coche mirando al suelo. Cuando levantó la vista la vio allí, sentada en el asiento del copiloto. Era una mujer de unos 40 años, guapa, vestida con discreción y con una extraña mirada pintada en el rostro. “Hola, buenos días. Necesito su ayuda”, le dijo. “Este es mi coche. No soy un taxi, no se lo tome a mal”, dijo él con suavidad. “Sé que no eres un taxi. Te llamas Tomás, y has traído a tu familia a Urgencias porque tu hijo se hizo daño. Estoy aquí porque he visto algo malo en tu camino y me necesitas”, le dijo. La ceja izquierda de Tomás alcanzó una altura inusitada. “¿Cómo dice?”. “Soy vidente”, dijo ella por toda explicación, al tiempo que se acomodaba en el asiento. “Me debes llevar al puerto. Allí alguien te dará algo que evitará todo mal sobre los tuyos”. “Señora, de verdad, llevo un día muy intenso. Mi mujer y mis hijos están ahí dentro, como ya veo que sabe, y me están esperando. No estoy para tonterías…”. Los ojos verdes de la mujer le taladraron de una sola mirada. Levantó una mano ligeramente y dijo una palabra en un idioma que no reconoció. De inmediato, la llave del coche giró y se puso en marcha, la radio se encendió y sintonizó una emisora de música actual, tal vez los Cuarenta Principales. “Vamos al puerto”, repitió ella, “Y vamos ya”. El puerto estaba a unos diez minutos de allí. Iniciaron el trayecto en silencio, Tomás no sabía qué decir. Estaba entre asustado e intrigado. Quién era aquella enigmática mujer que era capaz de arrancar un coche con el pensamiento y qué quería de él. Y cuál sería aquél extraño peligro que les acechaba. “Entiendo que todo esto te resulte raro, pero te aseguro que no hubiera venido si las señales no hubieran sido muy claras”, dijo ella. Las pequeñas arrugas que parecían marcar sus ojos desaparecían por completo al sonreír. O al menos, él dejaba de apreciarlas, dada la belleza de su sonrisa. El olor a sal le invadió de golpe. Ya habían llegado al puerto. Nada más aparcar un hombre se acercó a ellos. Le dio un paquete a través de la ventanilla y se fue sin decir palabra. “Tienes que abrirlo en tu casa. Ni antes ni después. En tu casa, junto a los tuyos”, dijo ella. “Aunque no sepas que es, guárdalo. Te salvará la vida. Mucha suerte, la necesitarás”. Bajó del coche y echó a andar entre la niebla. ¿Había niebla hoy?, se preguntó, creyendo recordar que el día había amanecido luminoso. Pronto dejo de verla. Nada quedaba en el coche de su presencia, ni siquiera un rastro de perfume. Si no fuera por el paquete que había dejado en el asiento de atrás, hubiera parecido un sueño. Arrancó el coche y emprendió el regreso al centro de salud. Qué día tan raro, pensó, qué día tan raro.

 

 

 

 

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