LOS CUENTOS DE LIBORIO 

Manuel Concepción 

 

I

La casa era terrera, bien soleada, asentada en lo alto del acantilado que emergía del callao de piedras basálticas y blanquecinas. A la espalda el camino, el frontis al mar, de la puerta a la orilla el patio protegido con una valla de madera castigada por el sol y la maresía, a la derecha la huerta y el gallinero, a la izquierda el acceso al amplio patio y a la entrada principal. De fondo, el sonido de las olas rompiendo con más o menos rotundidad, en función del estado del mar y la marea. 

Liborio había nacido y crecido allí con su madre. Su padre, a quien no conoció, murió en la guerra de África antes de que él naciera. Su madre le sacó adelante con mucha brega. Contrajo matrimonio en segundas nupcias con un militar destinado en el Sáhara Occidental Español y se fue a vivir al Aaiún. Liborio se quedó solo, pero casi de inmediato fue llamado a filas, cumplió el periodo de instrucción, juró bandera y fue destinado a Smara, cuerpo de infantería. Al menos veré a mi madre ─pensó cuando se lo anunciaron─. Y así fue, visitaba a su progenitora, madre siempre y padre en funciones que había sido, siempre que obtenía un permiso para ir al Aaiún. En Smara aprendió las enseñanzas del desierto, a orientarse por el sol durante el día, y en la noche por la estrella polar y las constelaciones. Creía haber descubierto los caminos de la Luna y se sentía conocedor de muchos de los misterios del cielo. Aprovechaba las noches de guardia para admirar el firmamento, la luz de la luna sobre la jaima, el oasis, la hamada, pero llevaba demasiado tiempo lejos del mar y pidió a su padrastro que le tramitara un traslado a Villa Cisneros, donde terminó la milicia como asistente de un Capitán. Rechazó la oferta de hacer los cursos de cabo y de reengancharse en el ejército para crecer en la escala de suboficiales, y en cuanto se licenció, volvió a su pueblo, a su casa, a su nido junto al mar, su amigo de confianza, su confidente. 

Después de unas semanas, Liborio ya había recuperado su paz, su orden, la senda de su vida, el curso de su leyenda personal. Había empezado a trabajar, pronto llegarían las tardes de verano, los amigos, las pescas, la fiesta de la Cruz, de San Isidro, del Carmen, de la Patrona….. Con ayuda de su tía y primas había aireado y limpiado la casa, luego la encaló y pintó las puertas y marco de las ventanas de azul, quería estar en sintonía con aquel aliado suyo de siempre, su compañero de infancia, de adolescencia, de juventud, con el mar, su mar. Sólo el mar conocía sus secretos, sus penas, sus alegrías de entonces. Sólo al mar amigo confiaba Liborio sus emociones. 

Pasaban los años. Liborio amaestró un perro ratonero, al que llamó Brandy, que le acompañaba a todas partes. Su vida era invariable, trabajo en el campo, marisqueo, pesca, partida de cartas, de dominó y vuelta a empezar. Sólo el verano aportaba novedades. Regresaban los amigos, la familia emigrada. Su madre y su padrastro ─éste ya en la reserva─ pasaban con él un mes cada año, y siempre con la misma cantinela: tienes que pensar en casarte y formar una familia. Pero a Liborio no le llegaba esa señal. Estaba a gusto, disfrutaba de la libertad de su soledad. 

 Cada día veía amanecer de camino a la plantación. Cuando el Sol estaba completamente fuera se paraba, se orientaba como le habían enseñado, brazos en cruz, el derecho hacia el Sol, la cara al frente, luego la giraba sobre su hombro derecho y mirándolo decía lo que había aprendido de un estudiante de salamanca compañero de mili en las maniobras del desierto. Para y óyeme ¡Oh Sol! yo te saludo… Por las tardes, desde su patio o desde la mismísima orilla miraba como el Sol se colaba detrás del horizonte cual moneda en una hucha. Luego, contaba sus cosas al mar y se despedía con un hasta mañana, amigo

Era un hombre joven de complexión fuerte y piel curtida por el sol y el salitre, sencillo, pero dotado de gran capacidad para apreciar la grandiosidad del Universo, para conectar con él. Sentía gran respeto por lo vivo, por los animales, por las plantas. Le apenaba, incluso, cortar la platanera madre una vez amputado su racimo de plátanos. Pensaba que la platanera hija precisaba más compañía materna hasta hacerse adulta, hasta parir. Sólo pescaba o mariscaba lo imprescindible. Entendía que la bajamar es una invitación del océano a que tomemos de su orilla lo que necesitamos para nuestra supervivencia, algas, marisco, peces de roca, de charco. Tenía por costumbre aprovechar las mareas matinales para coger uno o dos pulpos por semana. Le gustaba el pulpo. Conocía las cuevas de los cefalópodos de aquel callao como su propia casa. Bajaba con la fija y enseguida volvía con su presa enganchada en ella. A veces cogía unas docenas de lapas, pero no se prodigaba, pues entendía que ese era un marisqueo propio de mujeres. Desde niño mostró gran destreza para caminar por las resbaladizas piedras del callao, al que ocasionalmente bajaba de noche con su amigo Román a coger cangrejos. 

Estaba cumpliendo treinta y seis años y había convenido con sus amigos de partida tomar unas copas para celebrarlo. No era amante del alcohol y mucho menos de tomar copas con el estómago vacío, por lo que se le ocurrió aprovechar la bajamar de la mañana para coger marisco y tener algo que picar durante la celebración. Estaba clareando cuando se adentró en las primeras piedras y se percató que, dispersas, en el otro extremo del callao, ya cogían lapas varias mujeres. Le resultaba desagradable meterse en el tajo hacia el que ellas avanzaban, pero al fin y al cabo ─pensó─ a la parte del callao donde ellas mariscaban él había dejado de ir hacía mucho tiempo, años. En otra ocasión se hubiera marchado, no quería que le tildaran de mirón aquellas mujeres cuyos harapos mojados por el mar se ceñían a sus cuerpos, pero tenía el compromiso de celebrar con sus amigos esa noche y no quería llegar con las manos vacías. 

Apenas se había estrenado le pareció oír un fuerte grito seguido de cierta algarabía. Se subió a una piedra más alta y vio que todas las mujeres gritaban y gateaban por las piedras resbalosas hacia el mismo lugar. Soltó sus aparejos y corrió también él. Se diría que voló y llegó al lugar incluso antes que algunas de las mujeres. Enseguida tuvo conciencia de lo sucedido. La joven Leonor se había deslizado y hundido entre las piedras y no podía salir por sí misma. El agua le cubría hasta la cintura y cuando rompía la ola la espuma pasaba por encima de sus hombros. Liborio la reconoció al instante, era una joven de belleza extraordinaria que vivía con sus padres no muy lejos de su casa, podría decirse que la había visto crecer, guapa, muy guapa, pero jamás había osado decirle un piropo, al fin y al cabo él era mucho mayor que ella y fiel a sus refranes se repetía: agua que no has de beber, déjala correr. 

¡Socorro, sáquenme de aquí que me voy a ahogar! ¡Ay mi pié! ─gritaba la joven─. Liborio pidió a las mujeres que se apartaran, se tendió boca abajo sobre la piedra que estaba a la espalda de la joven y valiéndose de su gran envergadura deslizó sus brazos hasta lograr colocar sus manos en las axilas de Leonor. Tiró de ella sin lograr apenas moverla, sólo le arrancó un nuevo grito de dolor. La espuma de la ola volvió a cubrirla, esta vez por completo, todas las presentes, aterrorizadas, sugerían más acción. Él se volvió a acomodar sobre la gran piedra y esta vez tiró de las anchas asillas del vestido de gabardina, que Leonor se había diseñado en la clase de corte y confección para el marisqueo. Tampoco logró extraerla así. Entonces comprendió que la parte sumergida de su atuendo estaba enganchada a algo. Sin dudarlo un momento, sacó del bolsillo su navaja sevillana y cortó las asillas del vestido, soltó la navaja y tiró de la joven metiendo las manos debajo de sus hombros hasta que logró sentarla en lo alto de la gran piedra. La sacó, limpia, blanca, intacta, como un plátano pelado, como un cuento inédito. Había dejado al mar su vestido y su sujetador. Ella lloraba, él miraba a otra parte para que no se sintiera avergonzada de su desnudo mientras las otras mujeres se apresuraban en cubrirla y arroparla. Seguía llorando cuando Liborio se giró y vio que sangraba por la planta del pié derecho, ella quería decirle algo, pero no articulaba palabra, mas la expresión de agradecimiento que lanzaba su mirada penetró en él como en su pié penetrara la púa amarfilada que Liborio intentaba extraerle con la navaja. La sangre en las manos y las grandes piedras le hicieron recordar que hacía once años que él no pisaba allí. 

Liborio desistió de su idea de mariscar, así como de la de celebrar su cumpleaños con los amigos del teleclub. Volvió del trabajo, se aseó y fue a interesarse por Leonor. En todo el día no había dejado de pensar en aquel ángel mojado, tierno, que parecía quebrarse en sus manos encallecidas; aquella sirena de melena oscura y mirada cristalina; aquel regalo de su amigo el mar que hubo de abrir allí mismo con ayuda de su navaja. Él se repetía: agua que nos has de beber… y pensaba en otra cosa, pero a los cinco minutos ella volvía a presentarse en su mente. 

Leonor, con el pié vendado, se reponía en el salón de su casa haciendo ganchillo con algunas amigas y con su madre. Cuando ésta salía a atender a las visitas que tertuliaban con su padre en el patio, aquélla aprovechaba para contar a sus amigas los pormenores del rescate, lo que sintió en el momento y lo que sigue sintiendo cuando recuerda el tacto de las manos de Liborio sobre su parte del cuerpo donde nunca antes nadie había tocado. 

Liborio ha venido a interesarse por tu pié, está fuera ─dijo su madre al entrar en el salón─. Leonor se encendió, se puso roja. 

Me gustaría darle las gracias, mamá. ¿Puede pasar? 

Claro hija. Chicas, ustedes conmigo a la cocina que vamos a servir café y rosquillas. 

 Liborio entró, quitó las agujas de ganchillo que había dejado la madre en la silla de al lado y se sentó cerca de Leonor. Ella sintió que algo nuevo le envolvía. Ahora las auras de ambos se habían unido encerrándoles en una única burbuja. 

¿Qué tal tu pié? 

Bien, gracias. El médico me inyectó y me dijo que pronto volvería a caminar sin problema, pero le pareció muy extraño encontrar tantos pinchazos, dos muy profundos y el resto limpios dibujando una especie de herradura. Normalmente cuando pisas un erizo se te quedan las púas dentro. Calló un momento y continuó diciendo en voz baja. Esta mañana no acertaba a darte las gracias, ahora te las doy de todo corazón. 

Lo que pisaste no fue un erizo ─respondió él esquivando las últimas palabras de ella. 

¿Pues qué fue lo que pisé? 

Liborio le mostró la fea cicatriz de su mano derecha y comenzó a relatarle lo sucedido once años atrás. Ella le escuchaba con atención y admiración, cada palabra que decía hacía que lo sintiera más suyo, más cerca. Entraron las chicas con el café y las rosquillas. Leonor le pidió que terminara de contárselo en otro momento, pues todos salían a tomar el refrigerio al jardín. Liborio se levantó y antes de que se alejara le dijo Leonor en baja voz: en el fondo estoy feliz de haberme deslizado en aquel agujero. Él miró su cara enrojecida, sus ojos brillaban, su boca esperaba. No supo qué decir, ni qué hacer, pero sí pensó, por primera vez en su vida, que aquélla iba a ser el agua que habría de beber. 

II 

El romance de Leonor y Liborio superó todos los peros que iban saliendo a su paso: la diferencia de edad, que si él era un solterón, que si siempre había sido muy amiguito de Román… Nada pudo frenar su atracción mutua, su deseo de entregarse el uno al otro y formar una familia, de compartirlo todo hasta que uno de los dos pasara a mejor vida. Liborio pidió muy respetuosamente la mano de Leonor. El padre de ella, aún sin tenerlas todas consigo, no se opuso, al fin y al cabo ─dijo─ Liborio era un hombre trabajador y tenía un techo bajo el que hacer crecer una familia. No era el caso de los otros mozalbetes que la habían rondado y pretendido anteriormente, cuyo proyecto de vida con ella no iba más allá del deseo de alcanzar su hermosura. Seis meses duró su noviazgo, se casaron, y se fueron a vivir a la casa de él. El primer aniversario lo celebraron ya con sus gemelas en brazos. Ron, el gato de Leonor, y Brandy, el perro de Liborio, se habían acoplado a la convivencia de la familia, mantenían una paz vigilada de reojo, cada uno en su espacio y en su rol. Ni Brandy osaba maullar, ni a Ron se le ocurría ladrar. Leonor había seguido estudiando y cuando las niñas cumplieron los dos años se colocó a tiempo parcial con el Administrador de las Grandes Fincas plataneras. Durante la semana se ocupaba de tramitar los asuntos cotidianos que iban llegando y los sábados despachaba con el Administrador, y a medio día en punto ─orden del Amo─, pagaban los jornales a los obreros. Un par de veces al año les visitaba don Anselmo, el gran patrón, quien mostraba su gran satisfacción al ver que una mujer tan cabal y eficiente se ocupaba de los asuntos de su productiva finca. Se acercaba a Leonor fumando su habano, y siempre le hacía la misma pregunta: ¿Están los obreros contentos y satisfechos, Leonor? Así lo parecen, mi señor ─contestaba ella por indicación del Administrador. 

Los años pasaban, las niñas crecían, iban a la escuela donde ya no las confundían. Para la pareja fueron años entrañables, inolvidables, irrepetibles. Vivían una relación conyugal inusual, de complicidad absoluta, con una conexión sexual superior, diríamos que tántrica. Se amaban, se honraban, se comunicaban, Liborio con pocas palabras, Leonor con mucha entrega. Era como el sueño del que siente que ya está viviendo el porvenir, que nada mejor hay más allá. Individualmente también habían mejorado. Leonor era una mujer más hecha, más completa, capaz de conseguir lo que se propusiera. Era reconocida por su empuje y colaboraba activamente con los incipientes movimientos sociales que, disfrazados en la sacristía, despertaban al pueblo. Contagiaba entusiasmo en cada iniciativa suya. Todas querían ser de su grupo. Las niñas del pueblo pedían a sus respectivas madres que fuera Leonor su madrina de confirmación. Liborio estaba rejuvenecido, más cuidado, mejor engalanado. Sin embargo, algo empezó a distorsionar su felicidad. Ella notó, aunque él nada dijo, que Liborio recelaba del cura, joven recién llegado, que unas semanas antes les había sorprendido quitándose la sotana y bañándose en el mar a vista de los presentes. Le inquietaba tanta interacción con la gente del pueblo ─de siempre muy tranquila─, tantas reuniones formativas ─ecuménicas, decía el cura─, principalmente con las mujeres. 

Liborio había dormido mal, inquieto. Se levantó sudoroso antes de lo habitual. Él mismo sacó una jofaina con agua al patio para asearse y refrescarse un poco. No había amanecido. La luna llena, que aquella noche era azul, corría aún por el cielo. Recordó el desierto, donde en una ocasión había visto idéntico plenilunio. Entró con la idea de despertar a Leonor para que mirara aquella Luna especial reinando en el firmamento, pero ella lo atrajo a la cama, lo agasajó, lo amó apasionadamente, y se quedaron dormidos hasta que la luz del día les descubrió abrazados. Liborio quiso aprovechar la bajamar de la mañana para pescar un ejemplar de su manjar favorito. Tomó la fija y bajó al callao. No tardó mucho en regresar con un pulpo mediano en el cubo, todavía vivo, lo soltó en la encimera de la cocina y se fue a trabajar, llegaba tarde. Leonor, que de buena mañana, tarareaba el lalala, que meses antes había ganado Eurovisión, le acompañó hasta la salida del patio. Cuando regresó oyó un extraño barullo en la huerta, las gallinas, alteradas, revoloteaban de forma inhabitual, el gallo cantaba desafinado. Se asomó y, para su sorpresa, vio que el pulpo y Ron mantenían una batalla campal. El gato, clavados sus colmillos en la cabeza del pulpo, intentaba arrastrarlo, pero un rejo de éste le rodeaba el cuello y con las ventosas de los otros se fijaba a la hojarasca que terminaba incorporando a la lucha. Leonor gritó a Ron para que lo soltara, pero ahora era el pulpo el que no soltaba al gato. Entonces tomó la fija que Liborio, con las prisas, había dejado allí mismo, se acercó a los enzarzados y con precisión cirujana atravesó el cuerpo del pulpo, que se fue desinflando hasta quedarse yerto. Leonor acarició a su gato primero y lo tomó en sus manos, luego lo reprendió, lo baño, lo secó y lo puso en el suelo, él terminó de secarse sacudiendo sus pelos de punta bajo el sol. Ahora tocaba el pulpo que había quedado fijado a la tierra: Lo lavó conscientemente, revisando cada rejo, cada ventosa, le puso el estómago al revés, lo volvió a repasar, no sea que quedara algún pico, alguna astilla y lo sancochó con una cebolla, sal y una hoja de laurel. En otro caldero, papas rayadas para hacer al vapor. Una fuente de tomates pelados y cortados en lamas, aliñados con aceite, sal y comino entero, completaba el menú favorito de su marido, que ella cocinaba al menos una vez por semana. 

Liborio seguía sintiéndose extraño, ansioso. Pidió permiso al encargado para no volver a trabajar por la tarde y se fue a comer a casa. Se sentó a la mesa con Leonor y, no exento de apetito, empezó a comer pulpo cocido a la vinagreta, acompañado de las papas rayadas, el tomate aliñado y el pan. Ella le acompañaba con todo excepto con el pulpo. 

¡Come pulpo, Leonor! ─fueron sus primeras palabras─, pero ella no parecía estar apetente. Evitaba hablar del episodio pulpo-gato para no privar a su marido de su manjar preferido. 

¡Come pulpo, Leonor! Está riquísimo ─repitió. 

No, gracias cariño, no tengo mucho apetito. 

Liborio, que llevaba varios días en una especie de crisis existencial, dándole vueltas a muchas cosas en su mente, y que como él mismo había repetido varias ocasiones no estaba para lisonjas, intuyó que allí se escondía algo. Se levantó encendido y mirando a Leonor fijamente dio un fuerte puñetazo en la mesa y gritó. 

¿Qué pasa aquí? 

Leonor, aterrorizada, contó a su marido lo sucedido por la mañana. Él, sin querer escuchar más detalles salió al patio, cogió al gato del rabo y como quien lanza el martillo en el mundial de atletismo, lo arrojó al vacío mientras decía: si te gusta el pulpo, busca, que ahí los hay y bien buenos que son. Luego, enfurecido, se alejó hasta desaparecer. Leonor, con un ataque de ansiedad, corrió a buscar refugio en el regazo de su madre. 

Creo que Liborio se ha vuelto loco, está fuera de sí ─dijo. 

Ya se le pasará ─respondió su mamá─. Ven, vamos a tomar una infusión de toronjil. 

Nunca le había visto así, está desconocido. No sé si es por mí. 

¿No le habrás dado motivo? 

¡Mamá, por favor!  

 

III 

Liborio llegó a la orilla del mar, necesitaba hablar con él esa tarde más que nunca, pero el mar, en calma, no le respondió, le invitó, empero, a que se sumergiera en él, allí, en las aguas turquesa, a las que sólo se accedía con la mar mansa. Había bajado sorteando todos los obstáculos de la angosta vereda, en la que perdió una de sus alpargatas y un enganche de su camisa en las verrugas de las peñas le había dejado un hombro al descubierto. El aire de la brisa marina enfriaba su sudor. Sin tiempo que perder, se sumergió en el agua cristalina. Nadó, magulló, hizo el Cristo, se sintió purificado por el agua, como antes lo sintiera con el aire. De pronto, se agitó el mar. Cinco grandes olas consecutivas le sacudieron y zarandearon como a un madero errante repleto de percebes. Pensó que sería su final, su merecido castigo por su comportamiento brutal de hacía unas horas. Se ahogaba, sí. Su vida entera en flash pasó por su mente, pero no podía dejar este mundo sin darle una explicación a Leonor, sin disculparse con ella por su brutal animalada. No quería que su berrinche de esa tarde fuera el último recuerdo que Leonor tuviera de él. Resistió y resistió hasta que amainó, y Liborio, extenuado, con un trozo de soga enredada en su cuello, habiendo sido vapuleado por el mar, rendido y sin apenas fuerza se arrastró por la orilla. Una vez a salvo, se libro de la soga y tiró de ella sacando del fondo un tambor de hojalata utilizado como trampa para morenas, abrió la compuertilla y dejó que los bichos capturados salieran serpenteando en busca de su hábitat natural. Luego, con dificultad, tomó el camino de regreso. Ya en casa, la encontró más vacía, oscura y silenciosa que nunca, más, incluso, que en sus tiempos de soltería. Tiritando, encendió el fuego y se puso cerca, muy cerca, hasta casi quemarse. Pronto entró en calor. Luego se aseó y salió. 

Se sentó en el banco de piedra apoyando la espalda en la pared de la casa que daba al camino, aquella mampostería testigo silencioso de tantos relatos de los hombres que paraban allí cuando regresaban del trabajo en la platanera o en la mar. Tertulias de la mili, de las Indias, de las guerras. La tarde se apagaba en el más absoluto silencio, oía romper las olas suavemente, escuchaba la nana que le cantaba el mar desde su infancia. Se fue hundiendo en su pensamiento, como si meditara, la cabeza colgada hacia delante, los hombros caídos, la mirada apuntando a la punta de sus alpargatas de lona y esparto. Reflexionó y aceptó la respuesta del Universo a su acto de crueldad, del que estaba muy arrepentido. Ahora sólo pensaba en recuperar a Leonor. 

IV 

Está fresca la tarde ─escuchó. 

Bueno, según se mire ─respondió Liborio ligeramente sobresaltado─ ¿Pescaste algo? 

Nada, una morenita chica ─contestó Román mientras se sentaba─, pero tuve que dejarlo porque cuando estaba poniendo un trozo de caballa en el anzuelo me desapareció el pulpito con el que estaba llamando. Una pena, porque ya tenía el llamadero engoado. Intenté seguir machacando con el trapo blanco del engodo, pero nada. Estos bichos ya saben más que uno. 

Pescar morenas nunca fue tu fuerte, Román. 

Cierto, pero me gusta llamarlas co morenita co, co co morenita co, y silbarles. Luego ves salir su cabeza de las piedras entre la espuma blanca de las olas al romper. Es un milagro, una respuesta del Universo. 

Buenas pescas hicimos de muchachos. 

Buenas y grandes, hasta lo de tu accidente, Liborio. Todavía se me agita el corazón cuando lo recuerdo. 

Gajes del oficio, amigo. 

Román fue uno de los pocos jóvenes del pueblo que salieron a estudiar fuera y que cada verano regresaba durante el período vacacional. Así venía siendo desde hacía veinte años. Cuando cursaba la carrera los amigos del pueblo le apodaron el sabiondo, término al que, sin ser de su agrado, se fue acostumbrando. Mantenía su entrañable amistad con Liborio desde niño. Se sentía seguro cuando estaba él. No era un amigo más, era su mejor amigo. Había estado presente en los momentos más importantes de la vida de aquél, en su jura de bandera, en su cuarenta cumpleaños, y en su boda. Era padrino de sus gemelasLiborio tenía gran aprecio y respeto por su amigo, confianza, cariño imperceptible por los demás, pero que a Román le llegaba. No estuvo en la jura de bandera de éste porque se libró del cuartel, tampoco en su boda porque no se había casado y no tuvo hijos que poder apadrinar, pero si festejó con él y los demás sus cuarenta, dos años después de haber celebrado el suyo. 

Sucedió el verano en que Román había finalizado su primer curso como maestro, con plaza en propiedad, y regresó a pasar sus vacaciones al pueblo, con sus padres. Liborio se alegró mucho de verlo, más sobrio, maduro, había terminado la carrera con buenas notas, habiendo obtenido beca de principio a fin. Era un orgullo para sus parientes y amigos. Se fundieron en un abrazo que se alargó más de lo que pudiera considerarse normal en el pueblo, charlaron y quedaron para echar una pesca por la tarde. Liborio tenía engodo, carnada y aparejos. Román, muchas ganas de sentarse en las piedras resbalosas del callao a silbar a las morenas. Ambos deseaban hacer una pesca excepcional, triunfal, querían evidenciar su sinergia en todo lo que hacían ─vaya dos exclamaban al verles juntos desde que eran niños─. A tal efecto, Liborio añadió a los aparejos unas pinzas de madera a modo de gran tijera, en cuyos extremos formaban una especie de paletas llenas de tachas de acero puntiagudas que se encontraban al cerrar. Una feroz dentadura sintética, letal a todas luces. 

Llegó el momento, la marea en su punto, la tarde amable, las olas regalando blancura reluciente al chocar con las piedras del callao. Ambos amigos tomaron posiciones en el llamadero, fueron extractando el engodo hecho básicamente con cabezas de sardinas machacadas y entraron en faena. Román llamaba y enseñaba los rejos de un pulpo pequeño que habían cogido momentos antes, Liborio mantenía la liña, a cuyo extremo había empatado un anzuelo, que con carnada acercaba a las morenas que asomaban entre la espuma. Cuando picaban, Liborio tiraba de la liña quedando el bicho en rebeldía colgado del anzuelo. Entonces, Román le daba un corte certero en el cuello dejándole sin vida y con la cabeza colgando. De ahí al balde, un cubo con asa, en el que a la venida se traía la merienda y a la vuelta se llevaba lo pescado. 

No se les estaba dando mal la tarde, en apenas hora y media casi habían llenado el balde, habían superado su expectativa, pero llegó la reina, una morena pintada impresionante, grande, gorda, bella, una pieza de libro, de museo, de sartén. Liborio le acercaba el anzuelo, pero no picaba, lo volvió a intentar, pero nada, era como si no tuviera necesidad de comer. Al deshacerse la espuma se veía su cuerpo, unas veces sacaba la cabeza con sus grandes ojos, otras serpenteaba bajo el agua que quedaba entre las grandes piedras hasta que se esfumó. 

Liborio empezó a recoger en silencio. La pleamar cubriría en breve aquellas rocas. Entretanto, su amigo había sacado de su mochila una flauta dulce y empezó a tocarla. Liborio había terminado de recoger y miraba en silencio el ya casi imperceptible horizonte, dejó volar su mente al son de la flauta de su amigo, quien entonaba algo que le pareció haber oído antes, algo familiar. Sí, fue en El Sáhara, en Smara, cuando hacía la mili. Algunas tardes se escuchaba esa música de flauta en la zona de los mercaderes. De pronto, vuelve a asomar entre las piedras aquel precioso ejemplar de morena, pero esta vez sobresalía en vertical más de treinta centímetros de su cuerpo, lo que les hizo pensar que podría medir cerca de dos metros. Un impulso inexplicable llevó a Liborio a tomar las tijeras de clavos, que abrió, y se puso en guardia apoyando sus piernas separadas en dos piedras. La flauta seguía sonando y la reina volvió a salir en perfecta verticalidad como si rindiera honor a la música, como si bailara o desfilara en una ofidia pasarela. Así se repitió el ritual durante un largo rato. Liborio estaba anonadado ante tal espectáculo, no daba crédito a lo que estaba viendo, flipaba. 

¡Ahora! ─gritó Román─ cuando vio que la reina subía más de medio metro. Liborio cerró con fuerza la pinza cuyos clavos atravesaron el cuerpo de la gran morena, pero muy abajo, de tal suerte que el bicho se reviró y clavó sus afilados colmillos en su mano derecha produciéndole un importante desgarro. En acto reflejo, soltó la pinza clavada en el animal, que desapareció arrastrándola bajo el agua. Ellos corrieron buscando ayuda. Una batería de tres grandes olas consecutivas arrastró todo lo que habían dejado en la orilla. 

Fue mi culpa. No tenía que haberte incitado a la acción. Nunca me arrepentiré lo suficiente ─dijo Román. 

Olvídalo, ya hemos hablado muchas veces de eso. Fue algo que tuvimos que vivir, de lo que hemos aprendido. Ya lo ves, han pasado muchos años y seguimos aquí. Demos gracias a la vida por todo lo que nos brinda cada día. 

 

Me gustaría saludar a Leonor y a las niñas, pensarán que tienen un compadre y un padrino elíptico. Debe ser por la falta de práctica, estoy lejos. 

Sabes que no es así, Román. La distancia entre verdaderos amigos no existe, es mera ilusión. 

Gracias, amigo. Me hubiera gustado ser un tío fuerte, como tú. 

Eres un buen tío. No te quejes. Las niñas pasan unos días con los abuelos. Leonor debió ir a casa de sus padres a visitarlas. Voy a buscarla, tengo que disculparme con ella, pero no sé cómo empezar. 

Liborio contó a su amigo lo sucedido ese medio día, y éste le aconsejó. Román tenía la capacidad de empatizar con Leonor como si de una amiga se tratara. Su sensibilidad y sus vivencias en mundo urbano le hacían entender mejor que a nadie el enigmático universo femenino. 

Comunicación, Liborio, comunicación. Cuéntale lo que sientes, háblale, de igual a igual. No pienses que ella ya sabe que tú la amas. ¡Díselo! ─ sentenció Román. 

Ella lo esperaba, aunque en esta ocasión no estaba segura de querer regresar con él. La reacción de esa tarde le había mostrado a un Liborio desconocido para ella, bestial, brutal. Había sentido miedo, mucho miedo. 

Liborio se detuvo en el jardín de sus suegros y se sentó en suelo del patio, de espaldas a la casa y con las piernas colgando hacia las plataneras. No sabía que decirle a Leonor, como disculparse, como aliviar su enojo. Era hombre de gran corazón, pero parco en palabras. Sólo con el mar hablaba abiertamente, porque según decía, al mar le basta con un puñado de letras. El silencio siempre había sido su mejor aliado, pero esta vez tenía que encontrar las palabras que ella necesitaba oír. Temía mirarla a los ojos, verla llorar como el día que la rescató. Reconocía que le había hecho daño con aquel arrebato suyo, pues ella tenía mucho apego a su gato, pero principalmente él reconocía que le había faltado al respeto, que había herido su yo. 

Sintió a Leonor a su espalda, sigilosa, como lo fuera Ron, con miedo a tocarlo. 

Perdóname ─creyó oír ella a media voz. 

Dice mi madre que si quieres cenar algo ─le preguntó. 

¿Y tú?, ¿tú qué dices? ─contestó él, sin moverse. 

Yo tengo poco que decir, estaba preocupada por ti. Nunca te había visto como hoy. Temí por mí, pero también por ti. Te mostraste capaz de cometer cualquier locura. Suerte de que las niñas no te hayan visto así. No es lo que esperan de su padre. 

 ─Estoy arrepentido, te debo una disculpa, una gran disculpa, pero por más que busco palabras que alivien tu enojo siempre encuentro las mismas dos “te quiero”, y eso ya lo sabes, no es nada nuevo, pero prometo que no volverá a pasar lo de este mediodía. Últimamente me he sentido mal, como si todo fuera a cambiar, a empeorar. Soy un hombre feliz, marido feliz, padre feliz y también te veo a ti y a nuestras hijas muy felices. Siento celos de cualquier cosa que pueda distorsionar nuestra convivencia, nuestro proyecto común. Aunque no tengo motivos evidentes, mi mente los crea, los fabrica, y siento que tengo que protegerte. Es como quien cerca una huerta para evitar que entren fieras que, en realidad, sólo existen en su mente. Pero me he dado cuenta de mi error y he aprendido que el amor sólo puede crecer en libertad, como las amapolas. 

Leonor deslizó sus manos por el pecho de su hombre, desde los hombros hasta el cinturón, apoyando su seno sobre el cuello de él. Él la agarró suavemente por las muñecas y se levantó llevándola a hombros hasta el camino. Allí la abrazó y la besó con pasión, como le hubiera gustado hacer el primer día que la visitó. Luego, con la linterna en una mano y en la otra la mano de Leonor, llegaron a su casa, bajaron los tres peldaños y cruzaron el patio en la oscuridad. Brandy se les adelantó, corría, ladraba y regresaba a su amo dando saltos de alegría. Liborio enfocó la cerradura para meter la llave, abrió la puerta, entró y encendió las luces del exterior. Leonor se quedó fuera, tenía una corazonada. Creyó oír un ligero ruido en la huerta. Se fue acercando con sigilo. No daba crédito a lo que estaba viendo. Era Ron, que temeroso miraba interrogante a su dueña. A su lado, un pequeño pulpo raído y arrastrado. Hizo venir a Liborio para que viera aquello mientras exclamaba: ¡es un milagro!, ¡es un milagro! Siempre oí decir que los gatos tienen siete vidas ─dijo él─. Ella tomó al animal en sus brazos, lo agasajó y lo mimó. Él acercándose a la valla del patio miró al mar oscuro y le dijo muchas gracias, amigo. Y éste respondió con una batería de siete grandes olas de júbilo, que con estruendo rompieron contra el risco. 

 

 

 

 

 

 

 

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