LA MAGIA REAL

Joan Ripollès Iranzo

 

Cada invierno sucede más o menos lo mismo, pero, desde que priman estrecheces económicas, algunos de los velos del trampantojo mediático parecen haberse descolocado un poco, delatando algo más su fenomenología abyecta.

Conforme se aproximan las fiestas navideñas, los informativos incorporan noticias relacionadas con las actividades de seres fabulosos -que hacen pasar por reales-, manteniendo viva la alucinación infantil y la socarrona satisfacción de los adultos, que creen reservarse un faro de verdad sobre la lustrosa engañifa que se está emitiendo.

El sistema está tan bien engrasado que se permite delatar su mecanismo esporádicamente, como si al emperador del cuento se le permitiera regocijarse, viendo al bufón desnudo una vez al año, sin advertir lo comprometido de su propio estado.

El telespectador granado disfruta salvaguardando la falsa ilusión de los pequeños, sin darse cuenta de que la lógica informativa de esos días no se distingue en nada de la que rige los noticiarios del resto del calendario. Se convierte en aliado de una mentira más, dentro de la enorme fabulación que le mantiene encorralado y rendido durante los días de su vida.

Cuando el responsable del informativo notifica y suscribe, sin pestañear, que los reyes de Oriente han cerrado un acuerdo con determinadas organizaciones presuntamente humanitarias, o que el gordo de los renos se ha reunido con el mandatario estadounidense, demuestra bien a las claras cuál es el arraigo en la realidad de su discurso.

Tamaña mendacidad se justifica con el fin de mantener viva la ilusión de los rapaces, pero en realidad es el ilusionismo abracadabresco de los medios -destinado a los adultos- el que se mantiene a pleno rendimiento. Es el momento de mostrar la funcionalidad de la tramoya para que la fantasmagoría continúe vigente. El telespectador tiene la ingenua sensación de haber encontrado en el periodista a su cómplice y aliado, no al embaucador a cuyo falso criterio se halla afablemente sometido.

El artefacto ratifica la inmadurez de una sociedad en la que la triste realidad no es que nadie se crea lo que dice el otro si no lo contrasta con fuentes alternativas, sino que cualquiera se cree lo que sea si lo suscriben los medios. Y el que no lo cree, lo apoya igualmente para no romper el encantamiento que mantiene embrujada a la mayoría.

Para el niño, la verdad de las cosas no radica en lo que le puedan decir sus padres, sino –también- en aquello que salpica las pantallas. Para los padres, se esfuma la frontera entre elucubración y certidumbre: los medios no engañan, sólo mantienen la ilusión que hace feliz a sus hijos -a costa de su bolsillo-. Para los medios no existe diferencia entre pequeños y mayores, los adultos son consumidores pueriles a los que este ritual anual ha ayudado a modelar desde edad muy temprana.

Cuando, una fea mañana de enero, el tierno infante descubrá que ni embajadores, ni reyes, ni pajes husmearon en su puerta, aceptará que el engaño –que regía por su bien- se acaba con la infancia, que los medios siempre cuentan la verdad a los mayores y sólo mienten para sobrecargar de endorfinas los cerebros de garbanzo de la chiquillería.

Así, el manso gañán ibérico acepta, sin rechistar, la bondad y generosidad de esos otros reyes, cuya trastienda esconde homicidios prematuros, decapitaciones en la nieve, robos en familia y conspiraciones militares; y no se para a pensar que, tal vez, se deba a la afanosa tarea de los grandes camellos el desaforado crecimiento del negocio deportivo, turístico e inmobiliario que le ha robado todo el pan al país para invertirlo en este circo. Se traga también que el ejército salva vidas -en lugar de arrebatarlas-, que la ONU defiende al débil, UNICEF al menor y la ciencia al pueblo llano. Se cree, incluso, que lo que ve y oye en el telediario es información y no propaganda, que los políticos -en lugar de pastorear- gobiernan, que en las escuelas se educa –y no se desbrava- y que la sanidad es un servicio público, en lugar de un negocio.

La magia real gobierna tu mundo. Si no ha ocurrido ya, cualquier día tu empleo, tu casa y tu dinero desaparecerán, en un visto y no visto, como un conejillo blanco en el fondo de una chistera tan honda como el pozo negro en que desaguaste tu voto. Pídeselos luego a los reyes, a ver que te dicen.

 

 

 

 

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