LA LENGUA MATERNA

Por Anita Haas

 

Madeline tenía un problema con su madre. Bueno, en concreto con la lengua de su madre. Era increíble el poder que tenía sobre su vida un trozo de carne tan pequeño. Desde los primeros rayos de luz matutina, Madeline escuchaba a su madre dándole la serenata. Practicaba su repertorio a diario. Incluía “Inútil”, “Incompetente”, “Estorbo para el resto de mi vida”, “trabajo mucho todos los días y nadie lo aprecia”… Pero su favorita era “eres justo como tu padre”.


Madeline pasaba mucho tiempo en su habitación con la puerta cerrada, pero ni aun así podía aislarse de las melodías maternas. Es más, propiciaron que desarrollara interés por la geografía. Las distancias le fascinaban… Las grandes distancias, específicamente.


Cierto día, tomó su globo mundial de juguete, localizó el sitio donde vivía y lo marcó con una X enorme, añadiendo al lado una nota pequeña que indicaba “estoy aquí”. Tomando el globo con cuidado, lo giró para localizar el punto más lejano de su hogar. Y de nuevo lo marcó, pero en este caso la notita decía “quiero estar aquí”.


Fue fiel a su palabra. Tan pronto alcanzó edad para emanciparse, partió en busca de su destino. Y así, después de varios días de viaje, llegó a una isla en medio del océano. Una tribu de indígenas la saludó con asombro. Muy pronto Madeline conquistó sus corazones, y llegaron a quererla como si fuera de ellos.


Se adaptó bien, aprendió su lenguaje y con el paso del tiempo casi olvidó la lengua materna.


Un buen día llegó un mensaje, por vías insospechadas. Era de su madre. “¡Estoy muy orgullosa de ti!. Quién pudo imaginar que serías tan valiente, tu solita, toda la familia está asombrada. Te echo mucho de menos. Voy a visitarte”.
Madeline se sobresaltó, miró un mapa del mundo que tenía en la pared de su choza y lo tomó por sus extremos, intentando estirarlo. No fue posible. Después, salió afuera y miró hacia las lejanas estrellas. Por desgracia, no podía viajar al espacio. Además, sería inútil.


Poco después, alumbró una idea. Fue a hablar con el hechicero de la tribu, y éste le pidió que le confiara el problema que tenía con su madre. “En realidad, sólo lo tengo con su lengua”, resumió Madeline.


El hechicero rió y miró sus diversos objetos mágicos, comentando “No hay problema”. En un santiamén, fabricó una pequeña muñeca con una lengua de quita y pon, indicando que se maniobraba apretándola más o menos según el grado de irritación causado por la madre. También podía arrancarse.


Finalmente, llegó el día. La madre desembarcó de la avioneta, prodigando besos y cumplidos. A los indígenas les pareció encantadora.


Poco después, cambiaron las tornas, y los indígenas comenzaron a hartarse de ella. Sus nuevas melodías eran “Aquí hace demasiado calor”, “Qué primitiva es la gente”, “La comida es asquerosa”. Hasta que no pudo hablar más, porque perdió misteriosamente la voz, y todo el mundo se alborozó.


Cuando Madeline pensó que podía volver a soportar la lengua materna, la buscó. Pero no la encontró. Desesperada, solicitó ayuda a sus amigos indígenas. Buscaron entre todos, hasta entrada la noche. Ya de madrugada, uno por casualidad encontró en la playa algo blanducho y empapado, entre los dedos de sus pies. Era la lengua de la muñeca.


Feliz, se preparó para anunciar su descubrimiento. Empero, segundos antes sonrió con perfidia. Acto seguido, subió al acantilado que miraba hacia el océano, tomó la lengua y la arrojó tan lejos como pudo.


A la mañana siguiente, los isleños fueron despertados por los gritos de asombro de los pescadores. Todos corrieron hacia la playa para ver qué sucedía, incluida Madeline.


Como todos los días, yacía la pesca matutina. Pero en el centro, se distinguía un pez enorme con la boca muy abierta. De ella, salían unas estrofas familiares. “Inútil”, “Incompetente”…


Y así Madeline aprendió la lección. Puedes salir de casa, pero jamás pierdes la lengua materna.

 

 

 

 

 

 

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