David G. Panadero


INTERNET A CARA DESCUBIERTA

 

Se impone la mayoría. Actuamos a cara descubierta, sabiéndonos siempre observados. Gana la partida el que más “amigos” tenga.

 

Lejos quedan los tiempos del Far West, cuando, hace ya unos quince años, el medio se popularizaba, y todos nos lanzábamos a la Red con curiosidad y fascinación. Entonces apenas había reglas, y ni siquiera sabíamos lo que era la etiqueta, ya que la Red no era tan participativa como ahora, y nuestra posibilidad de interactuar con gente de fuera de nuestros ámbitos se reducía a encuentros en el chat, listas de distribución de correo o participación en foros de discusión. Puede que aquella web 1.0 fuese más jerárquica, y es cierto que la creación de contenidos estaba prácticamente en manos de programadores y demás iniciados, pero con todo y con eso, insisto, muchos la recordamos como un Far West donde se podía opinar lo que diera la gana, de forma responsable o no, se podía debatir y estar en desacuerdo, de forma fundada o no… En todo caso, en aquellos primeros tiempos de la Red los protocolos de comunicación propios del medio no habían calado tanto en nosotros, y éramos, de lejos, bastante más espontáneos.

 

Diez años después, con la repentina implantación de las redes sociales, con Facebook a la cabeza, encontramos que, aún siendo Internet el refugio de las minorías, la mayoría ha ganado la partida por goleada. Ahora no solo actuamos a cara descubierta —adiós a los multinick, los seudónimos, de hecho si utilizas distintos perfiles, la página te exige acreditarlos aportando un número de teléfono móvil—; también actuamos sabiendo que estamos siendo continuamente observados por los demás, lo cual, evidentemente, coarta la libertad. Recuerdo un caso reciente: un crítico literario de un periódico manifestó, a decir verdad con bastante valentía, una opinión desfavorable sobre dos antologías de jóvenes escritores, y precisamente por romper el consenso, recibió desde descalificaciones hasta insultos personales. No quiero decir que esta situación no se hubiera producido, pongamos, hace quince años. Pero lo específico del medio, la inmediatez de la comunicación, el gregarismo que facilitan las redes sociales, hacen posible, más que nunca, que gane la batalla no el que mejor argumente sino el que más “amigos” tenga. Cada vez que alguien actualiza su estado, las manitas empiezan a parpadear: “Me gusta”. ¿Cuándo se habilitará la opción de expresar que “NO me gusta”?

 

Siempre he defendido a capa y espada el uso del seudónimo, y no solo porque yo mismo los haya utilizado —siendo joven e indocumentado, me divertía reventando los foros de Pasadizo.com, y me consta que hubo gente que también se divirtió con esas mascaradas, aunque aprovecho para pedir disculpas a los administradores de esa página—. Además, estoy convencido de que el uso del seudónimo va mucho más allá de la gamberrada: podría citar una extensa lista de escritores e intelectuales que, tratando de diferenciar sus actividades y para no confundir a su público, emplean seudónimos que les ayudan a compartimentar registros, temáticas y ocupaciones.

 

Pero ya no solo Facebook nos ata a una única identidad: la sindicación de páginas y servicios también lo hace, así como el registro en Google, que ni siquiera permite nombres fantaseados. Por echar más leña al fuego: se acaba de informar de que un Real Decreto regulará en España el depósito legal de publicaciones electrónicas. Según informa el Ministerio de Educación, la intención de esta iniciativa es preservar el patrimonio y facilitar el acceso al mismo. Intención cuando menos discutible, ya que simplemente entrando en un buscador, se puede acceder a casi cualquier material en la Red… Por otro lado, existiendo servicios como Archive.org, esta iniciativa se antoja innecesaria. Añadamos que el Real Decreto obliga al gestor de contenidos, ya sea blogger o programador web, a facilitar sus claves de acceso...

 

Muchos ven Internet como un medio progresista y libre, donde realmente decide la ciudadanía, y también a mí me gustaría pensar que así es. No entraré en nuevos debates acerca de la libertad y la independencia en la Red; únicamente quiero cerrar este artículo señalando que si bien las nuevas tecnologías nos han ayudado a expresarnos y nos han dado un campo de actuación que antes no teníamos, también pueden ser —de hecho son— instrumentos con los que controlar fácilmente a grandes masas de población.

 

 

 

 

 

 

 

 

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