PLA, EL EVEREST Y LA BOTELLA

 

Joaquín Albaicín

 

Quizá porque allí vivió Tenzing Norgay sus postreros años y allí, cerca del zoo, fueron esparcidas sus cenizas, me aficioné a las memorias y relatos sobre las hazañas de los alpinistas durante la demasiado breve temporada que, hace ya años, pasé en Darjeeling, una de las Mecas del té, punto de partida de tantas expediciones al Everest y el Kanchenjunga o en pos del paradero del yeti y, además, una de las ciudades preferidas por los espías del Gran Juego del siglo XIX.

Dar comienzo al día con la lectura de un libro sobre el Everest no puede sino deparar buena fortuna. En esta vida, al cabo, se trata de hollar cimas, por modestas que, en algunos casos y vistas a través del prisma de ciertos baremos, éstas puedan parecer. “La meta está en el camino”, sentencia el viejo adagio, en el que va implícito que Mallory, si bien fallecido en la tentativa de hacer cumbre, triunfó –según las Leyes de la Caballería- en igual medida que Hillary y Norgay. El alpinismo serio no tiene nada que ver con batir marcas. Es una búsqueda del Grial.

El libro a que me refiero, La ascensión al Everest, de Sir John Hunt, ha sido reactivado por la señera Editorial Juventud aprovechando que, al tiempo que el sello celebra sus primeros y exitosos noventa años de existencia, se cumplen seis décadas de la expedición de Hillary al Techo del Mundo. De hecho, Juventud lo publicó originalmente coincidiendo con el cuadragésimo aniversario de la escalada, pero es lo que pasa con ciertos libros, editoriales y vidas: que andan de eviterna enhorabuena.

La existencia, decía, es una escalada, un subir y bajar, un procurar descender con miras a colocarse después un poco más arriba. Échese, si no, un vistazo a otro título del catálogo de Juventud: El increíble viaje, de Tristan Jones, cuyo protagonista se propone surcar en barca las aguas navegables más altas (las del lago Titicaca, por ejemplo) y las más bajas (las del Mar Muerto, verbi gratia). Queda, pues, claro que pongo sobre la mesa lo de la colocación en el buen sentido, desde posición ética bien distinta a la de aquel famoso financiero, dueño del Casino de Montecarlo, cuando dijo aquello de: “En cierto momento, has de cortar los peldaños de la escalera en que se apoyan quienes en el pasado te ayudaron a ascender por ella”.

Soy el primero en admitir que tampoco son sanos todos los descensos, como los conducentes a esos abismos de la psique pisados por el asesino en serie de El mensaje que llegó en una botella (Plataforma), la última y trepidante intriga de detectives nórdicos debida a la pluma de Jussi Adler-Olsen, y en la que vuelve a jugar a mantenernos en vilo durante unas horas el inspector Carl Morck, del Departamento Q de la Jefatura de Policía de Copenhague. ¿Imaginan, por cierto, que, tras despojarse del peso de sus botellas de oxígeno, Hillary y Norgay hubiesen encontrado, en lo alto del Everest, una de ron con un mensaje dentro? Si lo hicieron, nunca lo revelaron. Sí sabemos que dejaron allí su propio mensaje: un crucifijo y unos caramelos de ofrenda para los dioses.

Tocar las pastas de un libro de Juventud siempre rejuvenece a uno, curtido como lector con las aventuras de Tintín –visitante, lo que decíamos, tanto de la Luna como del fondo del mar- o de Los Cinco y Los Siete Secretos. Le reafirma en aquella impresión de Mounier sobre la existencia de cierta lozanía nada más conseguida con el tiempo. Constituye toda una satisfacción, en efecto, llegar a cierta edad y poder presumir, como en la añeja letra por tangos: “Yo no lo temo a los rayos,/ que los rayos tienen alas/ lo mismo que mi caballo”… Poder cantarla en lo alto del Everest sería ya la repanocha, claro.

Si el alpinismo está en auge, el de recorrer el mundo a pata es arte en trance de desaparición. Josep Pla lo cultivó y recomendó, y de ello da fe su Viaje a pie, ahora recuperado por Ediciones del 98. Entre los payeses como entre los sherpas podían obtenerse, a su entender, informaciones de “una profundidad insondable” sobre el alma del país y la propia. Estoy de acuerdo, pues lo que uno asciende por la vertical, otro lo asciende por la horizontal (que, según Luis Miguel Dominguín, era el estado ideal del hombre). Mas la verdad es que todo payés con que se topa Pla no habla apenas más que de dinero. Con los sherpas se regatea, pero ninguno te dice: “El Everest vale veinte millones, y veintidós si es a plazos”… En esos viajes de mes y medio por aldeas y caminos secundarios de su tierra natal, creo que la enseñanza más profunda –útil también para el Everest- es la de que basta con chuparse el pulgar y alzarlo para conocer la dirección del viento. Incluso en el capítulo Ahondemos un poco más, donde –a tenor del título- no descartábamos que hiciese su aparición algún romance, nos topamos con especulaciones de pecuniaria índole.

Estupefacto Pla ante la simpleza última del mundo, son su bella prosa y su ironía sin ánimo de herir las virtudes que bendicen y redimen un libro consagrado en el fondo a un perfil de aborigen por cuya cabeza rarísima vez habrá pasado un día la idea de escalar nada más alto que el refajo de la parienta. Pero tiene que haber gente “pa tó”, que decía El Gallo. Y, sólo con alpinistas, desde luego que no se va a sacar adelante la agricultura catalana. Digo yo.

 

 

 

 

 

 

 

comments powered by Disqus Link

 

 

 

Buscar en el sitio