ÉGLOGAS ÁCIDAS

JOSÉ MENÉNDEZ-MANJÓN 

 

 

ÉGLOGA PRIMERA

 

 

Todo es mente,

dicen que dicen los sabios,

pero los más sabios de los sabios

saben que todo es no-mente

sino un vacío y hueco regreso al mítico origen de una espiral.

¡Oh, tierna ventura, luz aún no usada!

Sosegada mi mente en un día de enero,

parado el infinito instante inteligente,

esperé entre pinos, Gredos gris y granito al fondo.

Alto ya estaba,

a cientos de mesetarios metros sobre el azul nivel del Mediterráneo

en Alicante

(o, al menos, eso rezaba el mantra del vértice geodésico)

cabe los amenos prados y las propincuas reses.

¡Vienen los amigos!

Son reales,

permanentes,

sólidas emanaciones de mi ego.

Abrazos y risas

de rishis

mientras devoramos mágicos cartoncitos por la dehesa boyal

y…

¡Zas!

I celebrate myself

¡Todo es orden!

Las briznas de hierba,

los reflejos púrpura de las montañas,

la fila de hormigas,

los acogedores musgos,

todos obedecen a un designio,

a un loco plan de armonías disonantes trazado en las esferas:

estrellas, libélulas, trocitos de mica,

una rama de castaño,

dos bellotas labradas a maravilla,

las arrugas de mis dedos,

la melena de Frank,

el hueso que blande Cristóbal,

la campana tibetana de Carlos,

un trozo de teja deliberadamente cubierto de líquenes por el Gran Pantocrátor,

las letras devanagari de la palabra samsara,

un viejo disco de Françoise Hardy,

los cables desvencijados de una tele rota.

¡Logos!

Viajo a través de una piedra en el zeppelín de mi mente,

es una roca tan pequeña que cabe en el hueco de mi mano gulliveresca,

gargantuesca,

pantagruelesca,

polifémica.

 

Descubro íntimos desiertos,

cordilleras y abismos,

ciudades y selvas

y casquetes polares.

Venero al Uno

porque cuando uno se tumba percibe el resplandor o zóhar

bajo cuyas sombras late el aleph,

porque cuando se adivina que las sombras que esbozamos

son lo que otros —tomistas, marxistas, positivistas— llaman Realidad…

Realidad de realidades y todo realidad,

mi mente, esa impostora, se difumina

como un bosque de pinos japonés entre las brumas de una pintura zen.

Y no existen (los pinos)

porque son agua y tinta y realidad tonta.

¡Qué gran broma!

¡Qué cómico Cosmos!

¡He tardado una vida en apreciar este scherzo,

Cette cocasse badinerie!

Vázquez, el humanista, construye, erige, edifica edilicio una villa quadrata:

Blanca, ebúrnea, rigurosa, simétrica,

glorioso triunfo de la razón sobre el caos originario,

afirmación soberbia del ego que se proyecta en racionales y geométricas estructuras.

Y las hormigas

Y el moho

Y las agujas de los pinos

Y las cagadas de los pájaros

Y la araña con sus telas,

Y las gotitas de lluvia

inocentes

lo desmienten, lo erosionan.

Me tumbo.

Cierro los cien mil ojos que adornan mi rostro

y veo las notas naranjas y azul turquesa que colorea Ravi Shankar.

Voluptuosas apsaras se enlazan, se devoran.

Danzan feroces Tara, Kali, Durga…

Vorágines de genios revolotean en mi alma.

Podría pasar milenios sentado delante de un místico loto o de un glorioso crisantemo.

¿Esto era Eso?

Quisiera abrazaros a todos,

A Wasson, a Huxley, a Hofmann,

A todos los micólogos de Berkeley,

A la plantilla de MK-Ultra

Y a ti, Sidney Gottlieb, anarquista a tu pesar,

Y a Leary y a Kesey y a Borroughs

Y a D.T. Suzuki

Y a T.S. Eliot,

Y a L-F. Céline

Y a Castaneda y a Don Juan

Y a Japhy Ryder y a Ray Smith en el pico Matterhorn

Y a Dylan Thomas

Y a Bob Dylan

Y a Crosby y a Stills y a Nash

Y a Young.

Estaba tan alto…

Dulcemente empecé a bajar

porque me llamaban Ella Fitzgerald y Peggy Lee y Oscar Peterson.

Me voy pero os dejo una perla,

un regalo de despedida,

una cita de On the Road:

I had nothing to offer anybody except my own confussion.

Sayonara.

 

 

 

ÉGLOGA SEGUNDA

 

Contemplo una piedra en la cerca.

No contemplo:

Piedra en la cerca,

gris,

con pequeños espejitos plateados

y manchas verdes y húmedas de musgo,

acuosas, vivas,

tentadoras caricias mojadas,

mudo reposo de vegetal pequeño.

Debería callar,

dejar los matices y las sugerencias para una página en blanco.

La esencia es sin discurso.

Pero me gustan los dibujos sonoros,

las constelaciones de sílabas,

tan caprichosas como los nombres de las estrellas

y como todos los nombres

arbitrarios, zancudos, inadecuados.

Nombro y me siento arrogante, sustantivo,

presuntuoso como un académico de número,

como un prócer adornado con brillantes, multicolores y pueriles condecoraciones

del principado de Mónaco.

Logos es ilusión,

hipérbole,

bombástica hojarasca de epítetos,

letanía de rítmicas e innecesarias conjunciones.

La piedra está en la cerca.

La piedra.

Ahí

está y es.

Irreductible

por tan simple

y por eso escapa a nuestra jeroglífica incompetencia.

Todo fluye y todo pasa…

Nuestras filosofías, nuestro ruido y nuestra furia:

Todo cabe en una cáscara de nuez

y hasta sobra espacio.

¿Quién filosofa?

¿Quién cogita?

¿Soy yo o es el hongo?

Risas de ajolote.

 

 

 

ÉGLOGA TERCERA

 

Un momento, por favor,

tengo que anunciar algo

(estén tranquilos, no se trata de un nuevo evangelio):

Soy un hombre de campo.

No,

no pastoreo pécoras pastueñas por esas majadas de Dios

ni soy niño yuntero

ni corto leña con manos callosas que inflaman a los poetas y a las mujeres mundanas.

Nada de eso.

Soy incapaz de levantar un cobertizo,

de pernoctar en un chozo,

de segar la mies

o de esquilar vellones de merina.

Lo que os quiero decir es que vivo en el campo

y que veo el cambio de las estaciones

y los viajes de la itinerante Proserpina.

Sólo lo digo por hablar un poco, por pasar el rato.

Sigo ilustres ejemplos, sin duda más admirables:

Thoreau,

Bashō,

la Dickinson,

Ruan Ji y los sabios (borrachos) del soto de bambúes,

Robert Graves,

Rousseau (a veces),

Kerouac en el Monte Desolación,

San Jerónimo en su cueva,

los dendritas, los estilitas, los anacoretas, los eremitas,

los druidas, los hippies, los yoguis,

Jünger,

Unabomber…

Todos hombres de campo.

Hasta Salinger fue un hombre de campo.

Hay que estar muy harto de la ciudad para ser hombre de campo.

Hay que ser muy refinado,

muy intelectual,

muy cerebral y muy esteta

para emboscarse en el agro paterno y meditar.

Eso no es lo propio de los verdaderos hombres de campo,

de los del román paladino,

de los del rusticus sermo,

poco geórgicos,

nada arcádicos,

apenas bucólicos

y más bien inéditos.

Salicio y Nemoroso no trasiegan coñac patrio mientras truena la máquina tragaperras.

Decidme, pequeñuelos:

¿Quién se detiene a apreciar un enigma zen engastado la rama de un alcornoque?

¿Quién disfruta de las notas de una esquila en el fondo de la quebrada?

¿Quién del perfil goyesco de un tocón de castaño?

Es muy difícil cantar himnos a la luna cabe la boca del metro.

Hay ciertos ritmos que sólo se danzan con los pies descalzos,

sobre la yerba.

 

 

 

ÉGLOGA CUARTA

 

Quiebra concursal.

Mi bancarrota exige un inventario póstumo

para eterno consuelo de mis acreedores.

Procedamos al embargo:

Una niñez rubia,

una procesión de espíritus vista a los cuatro años,

dos perros, cuatro gatos, varios pollitos amarillos,

los besos de mi parentela,

una gran casa, provinciana y avuncular,

de largos y oscuros pasillos, con espejos isabelinos,

adornada con cuadros de Madrazo y Zubiaurre.

Todo se lo llevó la trampa.

Un amor a los trece años, rubia como la miel.

Otro a los quince, muy morocha.

Otro a los veintiuno, la pupila muy azul sobre la piel tostada.

Una esposa virtuosa

del reproche.

Dos amantes hippies y una japonesa y las caricias robadas a una turca.

Y mis epifanías:

Los dos besos que me dio la Portman,

la rauca voz de la Cardinale,

la Adjani en la Reina Margot,

Paula Molina en metro Ópera.

A todas se las llevó la trampa.

 

La pluma vacila al garabatear sobre tanta pesadilla,

Al describir un país vacío que ni los muertos habitan.

Las manos de ellas entre las mías,

sus labios, sus lenguas,

sus pieles mullidas, sus muslos macizos,

el licor de sus coños,

los polvos con urgencia y los relajados,

meter mano en un museo,

aquel escándalo púbico en un bar del centro,

la sorprendente envidia de alguno

y el tantálico bálano, nunca satisfecho,

nunca ahíto,

jamás conforme.

Todo se lo llevó la trampa,

Como las manos de Glenn Gould

y la garganta de Billie Holyday

y aquellas inspiradas tardes del cáñamo

y aquel importantísimo recado tomado a la viceversa por obra y gracia del gin

y una curda que arrastré por la calle Infantas

y un puñetazo en la puerta del Viva Madrid

y un atentado contra las buenas costumbres en el Cuatro Rosas, calle del Fomento,

y los mojitos de El Cubano

y los whiskies del Cock

y el gin fizz de Chicote

y el garrafón del Kwai

y la sidra de Rodicio

y las cervezas en el Angie

o en el difunto Maragato…

Todo se lo llevó la trampa.

Recordarse es un mal viaje,

Huele a azufre y no a magdalenas mariconas.

Olores del pollo popular de Casa Mingo,

del ambientador de un puticlub,

de las páginas de los libros que aún abro,

de algún dulce infantil

y de la playa y de las praderas de mis vacaciones panteístas.

Aromas húmedos de casa norteña,

átomos olorosos de viejas alfombras,

de altos armarios ancestrales que crujen nocturnos, oscuros, terribles.

Efluvios de doble cero infinito,

atisbos siniestros del psilocibe,

hedor a bruja del ololiuqui,

madera podrida…

Todo se lo llevó la trampa.

También deposito en mi sarcófago tres novelas inéditas,

tutankamónicas,

que sólo yo leo,

y tres traducciones publicadas

y unos seiscientos versos amargos

y dos cortometrajes fracasados

y los huesos de mis amigos

y las pieles de mis circunstanciales concubinas

y unas cuantas salidas ocurrentes

y tantas risas…

Todo, todo se lo llevó la trampa.

Pierdo por el camino una edición del Götzen-Dämmerung,

y una encantadora biblia preconciliar para niños

con un Satán peludo, con cuernos y rabo,

con el almanaque zaragozano de los siete días de la Creación

y con una foto dedicada de un dios barbado, iracundo y falso.

Y tengo que añadir las tardes de tedio y sombra en un bien pagado colegio de curas,

con patricias amistades y postineros agasajos

bajo la sombra tutelar del padre Chaminade.

Otrosí lego a beneficio de inventario las largas horas de olvidados estudios:

Las laberínticas e innumerables matemáticas,

media carrera de Derecho extraviada en un siniestro,

un doctorado en ciernes olvidado sobre la barra de un bar

y unas delirantes oposiciones a archivos que creí soñadas.

También eso se lo llevó la trampa.

Mi vida es un piso embargado que nadie compra,

un cheque al suicidio que no me aceptan,

un camión herrumbroso lleno de cartones,

algo obligatorio, desganado y breve, como el entierro de un pobre…

Todo se lo llevará la trampa.

Mas dejémonos de versos:

¿Qué es vida? ¿Qué es todo? ¿Qué es trampa?

 

 

 

 

 

 

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