Cristina Cantero


LA ALBEDO


Convocadas y alineadas,
marchan por el camino
las siete doncellas de Jerusalén.
Cargadas, encargadas,
caminan con su cometido
hasta los lavaderos celestiales
donde, arrodilladas,
lavarán, destilarán y purificarán
el amor de los dos metales amantes.
Nueve son los días
que volverán por el camino.
Nueve son las noches,
que sin descanso,
blanquearán los metales
hasta que no exista contraste
entre blanco sobre blanco.
Hierro y cobre,
disueltos,
despiertan a un nuevo mundo,
mostrando con una dulzura
aún desconocida al corazón humano,
el amor más puro,
dejando destellos de luz a su paso.
Mientras, las siete doncellas
regresan ya,
cantando alabanzas
a la ciudad,
donde dormirán el sueño de la alquimia
hasta su próxima invocación.

 


CRAWL


La vida desvivida, desrespirada.
El verbo retorcido y cansino.
Una serpiente muerta en el desierto:
diana de rayo.
Arde bicho desbichado:
Tu ser no basta.
Insípido y sin rabia
por adaptación al medio.
Careces de valor para mudar la piel.
ARDE.
A ver si tus cenizas
dibujan fieras.

 


TO NO AVAIL


Nuestras mentes podían
traspasar escenas
largamente ensayadas por otros.
Escenarios pintorescos
de aves colgadas,
de panes y quesos,
de maniquíes desnudos
atrayéndonos con su cadencia
y su absorta mirada.
Y, en ocasiones,
llegábamos nadando
Juntos
hasta la isla
en la que nos curábamos.
Y éramos, únicamente,
Fieles
a lo que una vez supimos,
mientras escuchábamos
desde lejos
el lamento de la lira de Orfeo.
Pero las polillas de la bombilla,
los animales que acechaban
desde dentro
indefinidos y hambrientos
de sueños
de deseos
penetraron por tu piel
hasta la alambrada
del terreno envenenado.
Detrás, sólo,
desierto,
Miles de kilómetros
de páramos en llamas,
de minas de sal.
El ángel descarriado
pisoteaba
alegremente
los lirios
de nuestro pequeño jardín.
Aquel día
de calor
Infernal.

 


FOOLISH GINGER


Recorro las partes de mí que aún eran tuyas,
y el horno,
aún caliente,
como queriendo mantener el sueño siamés,
rezuma, ahora sí, olor a orín estancando.
Y vienen las máscaras
con la boca abierta
llenas de avispas sin aguijones,
ya sin nada que decir.
Y guardo mi caja
de secretos,
de moscas desaladas,
para el próximo verano,
cuando vuelvan los zumbidos
en forma de onda,
de recuerdos ovalados.
¿Qué podía haber hecho yo?
Si las paredes no podían sujetar
el peso de nuestros propios demonios,
arrastrándose como serpientes
con lenguas afiladas.
Escupiendo humo en vasos medio llenos
de sangre
ensuciada por otros,
empeñada en bombear un corazón
paralizado
por un miedo sordo,
gélido,
expulsando mis vísceras
from inside out
from inside out.
Pero tú no estabas allí.
No te encontré bebiendo de mi sangre
ni relamiendo la baba
que dejaba mi cuerpo
al arrastrarse hasta tu abrazo.
Tú mordías paredes.
Te rompías los nudillos
excavando túneles
para escapar del averno
de moscas, avispas y orugas
y de tantos días sin noches.
Tú, solo,
con la esperanza puesta en un dios pagano
que te diera alas impermeables,
y un rosario, y una cruz,
para espantar al anticristo.
Y no vino Dios
sino un decisión,
que al igual que su hijo,
se hizo verbo.
Y se apagaron todas las luces que iluminaban
el camino de vuelta a casa.
Y se apagó, también, al fin,
el horno.
Murió de extenuación
mientras yo fumaba
en la ventana,
contando mis moscas
y leyendo un manual
de cómo instalar bombillas,
en la más absoluta penumbra.

 

LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS

 

No estábamos preparados para esto.
Como jamás lo hemos estado
para el alma,
cuando acontece.
Pensábamos que vendría al amanecer,
como una sombra,
cruzando el patio,
tímida,
en un ángulo muerto.
El incendio súbito
llenó la escalera
de un aliento contenido,
casi como una voz a punto de hablar.
Una hora después:
El frío de las cerezas,
y la oscuridad del hueco
de la escalera.
Los muertos que enterramos
regresan
sin el perfume de las flores.
Ordenados y numerados
se aferran a una nueva vida,
floreciendo como musgo
en las vértebras,
como voces que calman
lo visible.
O como tatuajes
disueltos
en el recuerdo
de una piel.

 

 

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