OZZY OSBOURNE

Alberto Ávila Salazar

 

Corría el año 1980 y a Ozzy Osbourne no le iban bien las cosas, le habían despedido de Black Sabbath, se acababa de divorciar de Thelma Riley y sufría un trastorno bipolar de la personalidad. Se había entregado por completo al consumo de estupefacientes y bebía en cantidades industriales. A pesar de todo no renunciaba a intentar reanudar su carrera musical, en este caso como solista.

 

En la reunión en el despacho de la CBS para firmar el contrato de su primer disco en solitario, Blizzard of Oz, sucedió el incidente. Ozzy se había bebido media botella de Cointreau y había pensado que sería una buena idea llevar un par de palomas blancas en los bolsillos y soltarlas al llegar como señal de buena voluntad. Pero iba demasiado ebrio y se olvidó de hacer el numerito. La reunión parecía interminable, Ozzy estaba al borde de la inconsciencia cuando, de repente, algo se le pasó por la cabeza. Sacó una de las palomas, le arrancó la cabeza de un mordisco y la escupió al regazo de una ejecutiva.

 

Dos años después, en la gira del Blizzard of Oz, dio un concierto en Des Moines (Iowa) memorable. Pero no por razones musicales. Alguien tiró al escenario un murciélago y el músico, creyendo que era de plástico, lo decapitó de un mordisco. Ozzy fue al hospital y estuvo semanas recibiendo inyecciones contra la rabia.

 

Osbourne ha cometido muchas tropelías con animales, ha disparado a gallinas, esnifado hormigas y, antes de ser estrella del rock, trabajaba en un matadero donde sacrificaba 250 reses diarias. La sociedad protectora de animales británica mandaba a un inspector a todos sus conciertos y se corrió la voz de que en un concierto hizo una matanza de cachorros de perro.

 

A pesar de todo ningún exceso ha tenido la potencia simbólica de la decapitación de aquella paloma y de aquel murciélago. De aquellas pequeñas y redondas cabecitas escupidas al suelo.

 

 

 

ALBERT EINSTEIN

 

 

Albert Einstein no fue decapitado, es cierto. Pero esta sección no tiene otra pretensión que entretenerle a usted de manera grotesca y vagamente edificante; así que en esta ocasión, en lugar de hablarle de una ilustre cabeza, voy a extenderme sobre lo que hay dentro de ella: el húmedo y blando cerebro.

 

El cerebro de Einstein es uno de los mayores mitos del siglo XX, pasa por ser uno de los órganos más potentes y emblemáticos de nuestra era. Es un símbolo laico que solamente se puede comparar con un fenómeno religioso tan fascinante como el de las reliquias. El cerebro de Einstein es para la ciencia lo que el brazo incorrupto de Santa Teresa o la sangre de san Pantaleón para un devoto católico. Este órgano representa el genio de la especie humana, personifica su potencia intelectual y ha sido objeto de un sinnúmero de estudios por parte de neurólogos.

 

Este mito comenzó el 18 de abril de 1955, noventa minutos después de la muerte del físico alemán. El médico Thomas Stolz Harvey lo extrajo de la cavidad craneal, le inyectó una solución con un 10% de formaldehído y lo introdujo en un frasco sumergido en el mismo aldehído. Junto con el cerebro, el doctor Stolz Harvey también extrajo los ojos sin ningún fin científico concreto, con la única intención de regalárselos al oftalmólogo del fallecido científico. Pero esa es otra historia que termina en una caja fuerte de Filadelfia y que tal vez cuente en otra ocasión.

 

Cuentan los rumores que la escena de la autopsia y posterior disección de Einstein fue un perfecto disparate. Algunos de los asistentes atestiguaron cómo docenas de personas que fueron a ver el cadáver aprovecharon para llevarse algún fragmento de él como recuerdo. De manera que la extracción ocular, en semejante situación, no resulta tan increíble.

 

El doctor Stolz Harvey no le había pedido permiso a la familia para efectuar la extirpación del cerebro y, de hecho, la guardó en secreto. Cuando los herederos se enteraron le permitieron quedarse con él y proseguir con sus investigaciones, razón por la cual sabemos que Einstein tenía el órgano algo más grande y con una configuración distinta a la normal.

 

El cerebro fue dividido en 240 secciones y se conserva en su mayoría en la universidad de Texas, aunque hay muchas porciones esparcidas a lo largo y ancho del mundo. ¿Quién sabe? Mire en su trastero o en el fondo de sus cajones... quizás usted tenga un pequeño fragmento.

 

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 TOMÁS MORO

 

 

Tomás Moro se hizo acreedor de entrar en este frívolo y caprichoso catálogo de cabezas cortadas el 6 de julio de 1535. Las razones de su ejecución no pienso detallarlas, al fin y al cabo Wikipedia está a un par de clicks, pero lo que sí nos interesa es que su cabeza quedó colgada en puente del río Támesis mientras que sus restos fueron esparcidos por toda Inglaterra.

 

“Permítame que aparte la barba”, le dijo a su verdugo mientras acomodaba el cuello para el tajo del hacha, “ha crecido en la cárcel y ella no ha desobedecido la ley. No tiene porque cortarla”. Y así fue como la cabeza del pensador y humanista inglés rebotó en el suelo, perfectamente barbada.

 

Sin embargo, todo ese pelo tuvo que desaparecer, puesto que, antes de ser exhibida públicamente, la cabeza fue puesta a hervir. Cuando todavía no había rodado, Tomás Moro fue encerrado en la Torre de Londres, aguardando el día de su ejecución, y solamente confortado por las frecuentes visitas de su hija Margaret Roper (apellido de casada).

 

Margaret era una de las mujeres más eruditas de su tiempo, escritora y traductora, vertió al inglés la obra de Erasmo. Como hija su comportamiento fue impecable. Tras el ajusticiamiento de su padre, el destino de su cabeza, después de treinta días de exhibición, tenía que haber sido el fondo del Támesis. Pero antes de que se cumpliera este plazo, la cabeza de Tomás Moro desapareció.

 

¿Qué había sucedido? Que la abnegada Margaret había sobornado a uno de los guardianes. Guardó la egregia cabeza en una caja de plomo conservada en especias y cuenta la leyenda que enterraron a Margaret sosteniendo el cráneo entre sus brazos.

 

Lo cierto es que, muchos años después, en 1987, un grupo de arqueólogos abrió la cripta de la familia Roper en la iglesia de St Dunstan en Canterbury y encontraron un pequeño nicho secreto que guardaba una calavera a la que le faltaba un diente, como a Tomás Moro. Así da gusto perder la cabeza.

 

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