AVENTURAS DESDE LABIALANDIA

 

Matías Jaque Hidalgo

 

De lo que sucedió a Johannes Snobinski, poeta, cuando intentó dar por resuelto el misterio de la expresión poética

 

Durante el período en que Johannes Snobinski fue asignado para dirigir el Ministerio de Asuntos Poéticos de Labialandia, creyó tener un gran descubrimiento. Había por entonces mucha presión de parte de las autoridades para que nuestro poeta diese por resueltos los problemas del resto de los poetas, cuestión nada fácil, tomando en cuenta que, en general, esos problemas diferían tanto como tantos eran los individuos que escribían. Pero Snobinski no se dejó abatir. A pocas semanas de que el presidente debiera pronunciar su discurso anual, el ministro recibió un ultimátum. Le restaban ocho días para presentar un informe o, de lo contrario, se olvidaría de los fondos destinados a su agenda. Como Snobinski era amante de la buena mesa, esta idea le causó cierta inquietud. Pero, para hacer honor a la verdad, lo que constituyó finalmente el contenido de su informe le venía preocupando hace ya bastantes años, y sería rebajarle a mercenario, o peor, a oportunista, decir que fue la urgencia de sus hábitos burgueses lo que, en buenas cuentas, iluminó su espíritu.

Sentado frente a la hoja en blanco, Johannes Snobinski rememoró los días de su primera juventud, cuando fuera apenas un recién llegado más entre los miles de provincianos que probaban suerte en la capital. Pero Snobinski no probaba suerte, la tentaba. Tan distintos esos días, esas horas. Con apenas un mendrugo de pan y media botella de vino, Johannes resquebrajaba la faz del mundo. Su arma era el verbo; su estandarte, la belleza. Rodeado de confortables estantes, rebosantes de las páginas que siempre ansió leer y soñó escribir, volvió aquella vieja obsesión que le quitara las pocas horas destinadas al sueño. El instante. ¿Qué es el instante?, se preguntaba Johannes, el Johannes amateur, medio borracho, como si la manchita de vino que decoraba su labio modificara el aire de su voz y le diera un acento cabizbajo y sátiro, si es que algo como un acento cabizbajo y sátiro existiera. El instante, se respondía, es el descubrimiento de la existencia monda (aunque pronto dejó de usar el adjetivo monda y prefirió el más sobrio -pero acaso más sugerente- desnuda). El instante es el descubrimiento de la existencia desnuda. Cuando me domina el miedo, el miedo verdadero, es como si una pequeña, ínfima fisura se abriera en mi alma y todo lo que pasa fuera absorbido, como en un desagüe, por la fisura aquella. Cuando me domina el amor. El odio. Insistamos en un punto central. Si el instante descubre la realidad en su pureza más honda, y si al vivificar el instante todo lo que pasa es absorbido, entonces el pasar de las cosas es ilusorio y la emoción de quien las siente es lo real. Idea curiosa, provocativa, paradójica. La realidad es la subjetividad, develada en los momentos en que esa subjetividad se abisma en la emoción cabal. Y si lo que no es ese tragarse y caerse para adentro es ilusorio, entonces el pasar de las cosas es, de igual modo, una ilusión. Conclusión aplastante: el tiempo es ilusorio. El tiempo contradice el instante, luego, el tiempo contradice lo real. Una primera alegría, acompañada de un último vaso de vino, dominaba el imberbe entusiasmo de Johannes. A esa alegría seguía (irónicamente) al instante, una profunda desesperación. Dios mío, se decía el joven Johannes, mientras arrojaba lejos de la mesa el vaso, sus papeles, todo. Dios mío, con excepción de unos cuantos momentos en la vida, todo el resto es ilusión, falsedad, engaño. Calma, amigo, calma: a nosotros, que vemos el abismo, nos queda también el consuelo. Nos queda la poesía. Y Johannes recogía con paciencia sus vírgenes legajos y pasaba el resto de la noche desenrollando de su mano los versos que todos conocen. De esa época datan obras como La brutal ausencia alada (1939), Los ásperos albores (1941), entre otras.

Pero este aún no es el problema. Si bien ante la falsedad de la existencia la poesía parecía ser un ancla fiel a la autenticidad, ya que era, precisamente, una especie de cristalización de esos momentos en que la emoción “corre el velo”, la preclaridad de Johannes le tenía reservada otra sorpresa. Cuando Johannes ama, ama. Si Johannes ama a la mujer, ama a todas las mujeres. No ama a María, luego a Juana y luego a Sandra. Johannes ama, y en su amor están fundidas María, Juana y Sandra, al mismo tiempo. María, Juana y Sandra dejan, en la emoción de Johannes, de ser falsas, dejan de pasar, dejan de excluirse en un mismo espacio-tiempo. Son la mujer; más que eso, son la mujer amada; más que eso, son Johannes amando; más que eso, son el amando visto por Johannes al amarlas a todas. Ahora bien, Johannes quiere (pongamos por caso) escribirles un poema a María, Juana y Sandra en el que les exprese que las ama simultáneamente a todas por igual, y así, de paso, solucionar el incómodo problema de que Juana ya sabe que no solo ella, sino también María y Sandra andan por ahí pasando el rato con Johannes. Tal como cuando digo Ramona toca el piano mientras Ramón la viola digo “primero” Ramona toca el piano y “después” Ramón la viola, aun cuando lo que quiero decir es que ambas cosas suceden en el mismo momento, Johannes se vio en el difícil problema de que no hallaba forma clara de decir que amaba a esta y la otra en el mismo momento y no en momentos distintos; que cuando practicaba sexo oral con Juana estaba amando, en ese instante, a María y Sandra. Y con cuánta honestidad quería el bueno de Johannes decir esto. Escribió:

 

Estás llena de sombra, mi toda luz espesa

estás llena de ecos, mi silencio de agua

y no me basta tu luz, luz entera

y no me basta beberme tu silencio

y mientras soy el beso que te abraza

la brasa que te escucha

la savia que te inunda

necesito las sombras que te son imprescindibles

para que seas más tú, la mía que amo

para que no te quedes rota en las esquinas;

lo que queda de mí cuando me hundes

te recoge

para salvarte

para salvarnos

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Ni María ni Juana ni Sandra entendieron qué diablos quería decir Johannes, pero las tres siguieron follando con él y en ese sentido el poema resultó efectivo. No obstante, el malestar persistía. Para que la vida no sea una falsedad de transcurrencias ilusorias, y los fugaces momentos de clarividencia se plasmen de forma duradera, se tiene la poesía. A la mayoría de las personas de a pie, el hecho de que los elementos de la expresión de que se valen para indicar eventos simultáneos no puedan ser, a su vez, simultáneos no les preocupa en lo más mínimo. Pero Johannes no es un simple hombre de a pie. El objeto en que se plasma la simultaneidad total de la emoción debe tener las mismas cualidades que el ámbito espiritual aludido. No solo debe decir “me gusta el vino y la tierra”, sino hacer presente la coexistencia de ambas emociones. El retrato que de su amada pinta el artista semeja, en efecto, la delicada tez de la jovencita, no se limita a decir, la tez de la jovencita que amo es delicada. Y Johannes sufría, sufría como solo puede sufrir un poeta cuando ve que la palabra lo traiciona. Nunca podré expresar la simultaneidad, se decía Johannes -cabizbajo, pero ya no sátiro-, porque la palabra está condenada a transcurrir, y es siempre innoble de portar la insondable unidad de mi espíritu.

Fue por entonces que a Johannes Snobinski le llegó, por correo certificado, una convocatoria para desempeñar funciones diplomáticas en Labialandia. La exótica novedad del paisaje, las costumbres de la gente, el sabor de las comidas, las peculiaridades del idioma, tuvieron al joven poeta encantado los primeros meses. Como no se podía decir que las relaciones entre Labialandia y su país fueran muy agitadas, Johannes disponía de gran parte del día para leer, aprender la lengua vernácula y buscar experiencias que lo estimularan en el difícil problema de expresar la simultaneidad. Había llegado a una conclusión muy pesimista al respecto: simultaneidad y lenguaje se excluían por principio. No era cuestión de que el problema fuera arduo, era cuestión de vincular dos asuntos cuyas propiedades eran antagónicas: como si dijéramos, el problema de prender fuego con agua. A punto de abandonar el oficio literario (nótese la relevancia que para las letras nacionales tiene el capítulo que reseñamos), Johannes aceptó la oferta de viajar a Labialandia, acaso con la esperanza de que los nuevos aires estimularan su imaginación castrada por la lógica del imposible.

Una propiedad del labialandés, que según muchos filólogos, al menos bajo la forma en que en esa lengua se presenta, parece ser una peculiaridad, es lo que se conoce como “hoyo morfológico”. (Por cierto que conceptos tan áridos y poco dados a la sensibilidad artística estaban lejos del imaginario de Johannes, quien, no obstante, tuvo la suficiente agudeza para apreciar el fenómeno y, además, ponerlo a su favor en el problema que lo aquejaba.) Si en labialandés existen dos unidades léxicas, éstas pueden fundirse y conformar una sola mediante un recurso vocálico particular. Por ejemplo, dados

 

alidomea y borusaní

 

que significan, respectivamente, “suposición incierta” y “engaño realizado por alguien muy cercano”, puede componerse

 

alidomeoborusaní

 

que significará, en consecuencia, “suposición incierta sobre un engaño realizado por alguien muy cercano”. El procedimiento es el siguiente: la última vocal de la primera palabra y la primera vocal de la segunda se reducen a una. Si alguna de las palabras, o ambas, lindan en consonante, se duplica la vocal que, en el caso de la primera palabra, antecede a la consonante o la que, en el caso de la segunda, sigue a la consonante, y se la traslada a la posición final o inicial según sea el caso. Luego, si las vocales son las mismas, el grupo sencillamente se simplifica a una (oo, luego o, etc.); si son distintas, se transforman en aquella que presenta un grado de apertura intermedio (ai, luego e; au, luego o); si esto no es posible, el grupo se reduce a la de menor apertura (ei, luego i; ae, luego e; ao, luego o); si tienen la misma apertura, el grupo se reduce a la vocal posterior (iu, luego u). Así, en las palabras labiolandesas que presentábamos, alidomea conserva su a, mientras que borusaní ha duplicado su primera o (es decir, hay un hipotético oborusaní intermedio). Luego, del grupo ao solo se conserva o, puesto que es la de menor apertura; así se obtiene, pues, alidomeoborusaní. Ahora bien, la extensión de una palabra compuesta admite, a su vez, ulteriores reducciones. Basta con aplicar el mismo procedimiento sobre la sílaba de “enganche”. Las vocales saltan desde sus cercas consonantes y, tras eliminarlas, entablan una breve cópula de la que solo una sale victoriosa. Por más que se reduzca el vocablo, éste mantiene íntegro su significado, y son razones prosódicas, rítmicas o estilísticas las que animan el empleo de la técnica. De este modo, alidomeoborusaní puede dar alidomoborusaní, alidoborusaní, aliorusaní… hasta aiusaní. Esta última forma es un límite, puesto que de la primera palabra no quedan ya consonantes que eliminar. Y aiusaní sigue significando “suposición incierta sobre un engaño realizado por alguien muy cercano”.

Aunque muy frecuente en la oralidad, en Labialandia se consideraría “incorrecto” que, por ejemplo, un documento lleve la palabra aiusaní, por mucho que el lector no tenga dudas de que se trata de alidomeoborusaní. Componer palabras está bien; reducirlas, mal. El grado en que tal apreciación negativa se cumple llega al punto de que se formulara una ley, que regula en general asuntos ortográficos, donde se prohíbe “cualquier uso de reducción de la extensión de palabras compuestas, por redundar esto en la ilegibilidad absoluta de textos que, de redactarse de ese modo, rebajan por completo la dignidad de la lengua labiolandesa”. Naturalmente, este mecanismo no genera ambigüedad alguna, como argumentan los gramáticos conservadores. La idea que parece subyacer a su posición es que, si se permitiera en la escritura la reducción de palabras, aunque fuese una, se estaría otorgando licencia implícita para que todas las palabras fueran reducidas, caso en que –de acuerdo- el texto se haría ilegible: resultaría muy difícil rastrear el origen preciso de cada una de esas brevísimas secuencias sin el contexto adecuado. Pero nadie que se valiera de este recurso pretendería, en su sano juicio, aplicarlo a todas, ni siquiera a demasiadas palabras, puesto que la gente tiene en principio la intención, sin que ninguna ley o precepto deba indicárselo, de ser entendida y de entender lo que otros dicen.

La verdad descansa, según el inquieto Johannes pudo averiguar en sus tiempos de ocio, y aunque esta cuestión resultara un tanto opaca para quienes no gozaran, como nuestro poeta, de la distancia adecuada, sobre algunos aspectos geopolíticos de la tradición labialandesa. Existe una región que colinda con Labialandia y que mantuvo fuertes conflictos armados con el país durante siglos. En esta región, cuya lengua es también el labialandés, la reducción morfológica es admitida en la escritura. Traspasando el rechazo político a las manifestaciones culturales del país enemigo, los labialandeses asociaban a esta práctica un grado sumo de vulgaridad e ignorancia. A pesar de que hoy ambos países aseguran haber cesado las hostilidades, disposiciones legales como las apuntadas resultan ser un eco de heridas acaso no del todo cerradas. Resulta curioso, no obstante, cómo dejan oírse en el diario vivir las quejas de los labialandeses, quienes acusan de vulgares e incultos a sus vecinos valiéndose para ello del mismo recurso verbal que proscriben. Pero regresemos a nuestro poeta.

Asombrado de ver cómo las palabras se condensaban hasta formar pequeños núcleos de significación, el joven Johannes creyó haber dado, por fin, con la solución a su problema. Intentó, así, redactar breves poemas aplicando este procedimiento. Le parecía que, de algún modo, la reducida extensión se acercaba a reflejar, allí en la página, la emergencia simultánea de las emociones en su espíritu. Presentamos aquí un conocido poema de su libro Los caminos asombrados (1947), en la forma original en que fuera escrito, en labialandés:

 

 

Sinaliatrá devaribarda emporosa, domí sinaliabá trepadomata

Sinaliatredevaribarda emporosa, domí sinaliabá trepadomata

Siairdemporosa, domí sinaliabá trepadomata

Siairdemporosa, dominaliabá trepadomata

Siaidemporosa, doliabetrepadomata

Siaiemposa, doliabetrepadomata

Siaiposa, doliabetrepadomata

Siaiposa, doliabepadomata

Siaiposa, doliepadomata

Siaiposa, doliedomata

Siaiposa, dolidomata

Siaiposa, domata

 

La traducción de este poema al español, que carece de los recursos adecuados, es más bien parca:

 

Yo no sé qué hay entre los hombres

Que no es sal, acaso nada sabora

Acaso todos mis sueños

Como pequeñas sombras insistentes

Que les muerden a veces el tobillo

 

(Traducción de Toti García Huidobro)

 

En verdad, los cinco versos del español corresponden a la primera línea de la versión labiolandesa; lo que sigue es una repetición literal del mismo enunciado, en una reescritura cada vez más sintética. El poema mismo es, así, salvo por la significación de su primer verso, un trabajo estilístico sobre dicho contenido. Según el crítico Iván Soza, “se trata de concentrar en un instante la multiplicidad de sueños del poeta que se supone están dispersos entre los otros, como si cada palabra fuera, en efecto, el espacio que media entre los hombres, y este volviera a su fuente primaria, con lo cual, no obstante, se realiza una aprehensión dialéctica de la fenomenología social”. Esta maraña de conceptos ha sido reformulada por el propio Snobinski, quien sin aspavientos sentenció: “fue como salir a recoger mis sueños y juntarlos bien pegados”.

Parecía un momento feliz para el joven poeta Johannes Snobinski. La palabra volvía a tenderle la mano; el lenguaje parecía, a fin de cuentas, lo suficientemente amplio como para dar cabida a todas las ocurrencias expresivas que el artista quisiera demandarle. El lenguaje, no los hombres. Si bien Los caminos asombrados tuvo una espléndida acogida en más de un país, la sociedad labiolandesa se vio al punto dividida entre quienes veían en la obra un mamarracho atestado de faltas ortográficas, propia de un inmigrante poco adaptado a las exigencias lingüísticas del país que lo recibe, obra cuya permisión para ser publicada se otorgaba solo por la calidad que, al menos en su lengua nativa, había demostrado el autor, quien, por lo demás, estaba protegido por la función diplomática que desempeñaba… entre esos, y quienes celebraban dichosos una obra que venía a demostrar cómo las normativas académicas no eran más que el trasunto policiaco de un conflicto en verdad político, en vistas de los innegables logros en el ritmo y la sonoridad, en la altura temática y la profundidad humana, todo esto valiéndose del tan denostado recurso del “hoyo morfológico”. Para estos últimos, la obra de Snobinski asumió el carácter de estandarte en la lucha por una reforma de las normativas educacionales, estancadas en prejuicios y fomentadas por el conservadurismo gubernamental. Se invitó a nuestro poeta a dictar conferencias sobre el proceso creativo que lo llevara a Los caminos asombrados, más para respaldar intenciones políticas que por sincero interés en las cualidades de su poesía. Al cabo de unos meses, vilipendiado por una sociedad demasiado afincada en sus tradiciones y manipulado por patrocinadores que no pasaban de su estrecho alcance partidista, Johannes Snobinski prefirió olvidar el tema de los “hoyos morfológicos”. Por lo demás, jamás entendió muy bien en qué consistía. Había sido su olfato creativo, declaró cierta vez, el que lo había conducido a dicha técnica verbal y no entendía cómo esto podía calentar tanto los ánimos, pasándose por alto lo que, de hecho, proponía su libro.

 

Volvamos ahora al escritorio de Johannes Snobinski, en el Ministerio de Asuntos Poéticos de Labialandia, a ocho días de que venza el plazo estipulado por el gobierno para que el insigne poeta entregue su informe final. Con el dedo índice se ajusta los anteojos, coge el lápiz y, luego de espirar una breve tos, escribe:

 

Lunes 28 de marzo de 1967, Labialandia

 

 

El ministro de Asuntos Poéticos de la República Democrática de Labialandia, Johannes Snobinski, luego de arduas horas de hercúlea reflexión, en las que ha empleado todas sus facultades para dilucidar los problemas de la expresión poética, motivo de hondas divergencias socioculturales en una sociedad que antes que al conflicto aspira a la total concordia entre sus miembros, concluye:

  1. Que el principal problema que afecta a la expresión poética es la desavenencia entre la naturaleza sucesiva de los elementos lingüísticos y la naturaleza simultánea de las emociones a que los primeros sirven de forma sensible, de modo tal que lo que reclama por mantener su condición sintética se ve forzado al análisis;

  2. Que nuestra gloriosa lengua no puede prestar reparo a esta situación, a menos que contravenga los principios de la inteligibilidad, puesto que la contracción de la extensión verbal, aunque parece hermanar forma y contenido, análisis y síntesis, redunda en un deterioro de la integridad silábica que nuestros antepasados nos legaron, cuestión que el que suscribe ha tenido la triste ocasión de confirmar mediante la experiencia;

  3. Que, no obstante parecer esta circunstancia un problema irresoluble, las investigaciones del ministerio han dado con una sencilla técnica que permite a todo poeta obtener una perfecta concordancia entre la absoluta unidad de su emoción interior y la nítida expresión de ésta en una poesía de calidad, altura y solidez estética;

  4. Que la técnica antedicha consiste en el procedimiento siguiente:

 

    1. Considérese un verso de extensión variable, por ejemplo,

 

Siaiposa, domata

 

    1. Manteniéndose el primer carácter en su posición original, retrocédase todo el resto de los caracteres un espacio, de modo que el segundo carácter quede superpuesto al primero: así

 

Iaiposa, domata

 

    1. Repítase la operación descrita en (b) con cada uno de los caracteres restantes, de modo que se obtenga un estado final en el que todos ellos ocupen un único espacio: así

 

Aiposa, domata

Iposa, domata

Posa, domata

Osa, domata

Sa, domata

A, domata

, domata

domata

omata

mata

ata

ta

 

    1. Obsérvese que la cantidad de los caracteres del verso es tal que, agrupados en un único espacio, conforman un pequeño círculo negro, que es, precisamente, lo más próximo que la expresión poética puede estar de emular la unicidad de las emociones humanas.

 

Sin otro particular, y esperando haber dado solución efectiva y satisfactoria a la misión encomendada, el ministro de Asuntos Poéticos de la Nación se despide, expresando su más sincero respeto y admiración hacia las autoridades que han depositado en él su confianza, y lo firma aquí, en Labialandia, siendo lunes 28 de marzo de 1967.

 

EPÍLOGO

 

Nueve semanas después, con posterioridad al pronunciamiento público de lo que más arriba hemos trascrito, la sociedad labialandesa se mostró conforme con el desempeño de su ministro de Asuntos Poéticos, Johannes Snobinski. Más allá de mostrar una actitud pasiva hacia las recomendaciones gubernamentales, de inmediato proliferaron las producciones poéticas, no solo de poetas consagrados, sino también de muchos otros que, acaso por no haber estado debidamente solucionado el problema, habían tenido cierta reticencia hacia la poesía. Como es natural, subsistieron por allí ciertos críticos disconformes. Una especie de incomodidad –toda vez que al poco tiempo llegó a prescindirse del verso inicial y solo se marcaba el resultante- generaba en ellos verse enfrentados a cientos de páginas en cuyo centro no había otra cosa que, todo hay que decirlo, puntos negros. Ante la denuncia de unos de que ya no cabía valorar nada entre tanta homogeneidad, otros respondían celebrando que por fin la poesía se había vuelto democrática. Cuando la mismísima Toti García Huidobro publicó un libro de tomo a lomo estampado con puntos negros, la incomodidad consistía no tanto en que cualquiera podía dárselas de poeta restando blanco a la página, sino en que, si era un artista de genio y talento el que así procedía, no había forma de enterarse.

 

 

 

 

 

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