A PROPÓSITO  DE SCORSESE

 

Eduardo Fort

Movies are the memories of our lifetime 

(Martin Scorsese, en el sitio web de la Film Foundation)

 

Para quienes amamos el cine “a la estadounidense” de los '70, existe una nómina de directores y guionistas que han alcanzado la categoría de leyendas. Hablamos de Francis Ford Coppola, Stanley Kubrick, Franklin J. Schaffner, John Milius y otros tantos más. Sin embargo, sobresale una figura clásica, pero ecléctica al mismo tiempo; hablamos de Martin Luciano Scorsese.

 

Mis primeras experiencias con Scorsese me dejaron un gusto amargo en la boca: Lo conocí a través de dos de sus películas más controvertidas. Hablo de la -al menos, en mi país natal, Argentina- censuradísima - La Última Tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, 1988) y de La Edad de la Inocencia (The Age of Innocence, 1993). Siendo yo adolescente, ninguno de los filmes me produjo efecto alguno. En el primer caso, Scorsese hablaba de un Cristo humanizado y terrenal. En mi caso, la típica desafección hacia lo religioso de la adolescencia profundizó la distancia con el tema. En el segundo, los conflictos existenciales de un abogado neoyorquino del siglo XIX parecían estar en las antípodas de mi situación vital.

 

Hasta que llegó Taxi Driver. Considerado el primer éxito cinematográfico de Scorsese, en mi caso significó un cambio radical en mi concepción del cine -en general- y de su enfoque sobre la violencia, en particular. El personaje de Robert De Niro (el psicópata veterano de Vietnam Travis Bickle) es ya un icono más del Arte del siglo XX.

 

Así pasaron ante mis ojos Buenos Muchachos (Goodfellas, 1990), Cabo de Miedo (Cape Fear, 1991, uno de los escasísimos ejemplos de “buen remake” que existen), Casino (1995) y Pandillas de Nueva York (Gangs of New York, 2002).

 

Sin embargo, aunque se diferencian en ciertos criterios estéticos o situacionales, todas estas películas comparten una premisa básica. Scorsese habla en ellas de la violencia y con violencia. Para el observador poco interesado, entonces, hablamos de un director de películas violentas, como podrían ser Sam Peckinpah, Michael Winner o John Frankenheimer.

 

No. Scorsese es otra cosa. Scorsese es un narrador de historias fascinantes, en las que el dónde y el cuándo son detalles accesorios.

 

Pese a pertenecer a una venerable categoría de directores marcados por su infancia y que en cada obra reflejan los hechos que trufaron sus existencias, Scorsese siempre se caracterizó por ir más allá. Luego de hablar de la Mafia en Estados Unidos, escogió contar las historias de su similar irlandesa (The Departed, 2006) y hablar de Jesucristo, del siglo XIX estadounidense, de noctámbulos desesperados (After Hours, 1985) de millonarios excéntricos (The Aviator, 2004), de niños abandonados en París (Hugo, 2011)... ¡Y hasta del decimocuarto Dalai Lama (Kundun, 1997)!

 

Algunos de estos filmes pueden parecer menores o verse opacados ante los demás, pero siempre es rescatable el esfuerzo del cineasta ítaloamericano por contar una historia interesante, al margen del origen, las circunstancias o la situación temporal-espacial de los sucesos narrados. Como él, pocos: Quizá Steven Spielberg y Ang Lee entre ellos.

 

Ahora llegó El Lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013), donde se cuentan las desventuras de Jordan Belfort, un self-made man que participó de la fiebre bursátil que invadió Estados Unidos en los '80; temática esta ya abordada por Oliver Stone en sus dos Wall Street (1987 y 2010). Una película exuberante y francamente arrebatadora.

Leo, en portales especializados, que Scorsese planea adaptar una novela japonesa sobre el viaje de dos sacerdotes jesuitas (y la persecución que sufren) en el siglo XVII japonés, proyecto apoyado por la propia Compañía de Jesús. También concretará su demorado filme biográfico sobre Frank Sinatra (quién mejor que Scorsese para contar la vida de uno de los mejores cantantes de la Historia, de históricas conexiones con la Mafia) y hasta coqueteó con la adaptación de un policial noruego, finalmente desechada.

 

Por todo lo que vivimos juntos -y por lo que vendrá-, cuenta conmigo, Marty.

 

 

 

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