Y después, sin parar hasta el final

 

 

 

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Jesús Palacios Trigo

 

 

 Verdadera epifanía cinéfaga, "Y después, sin parar hasta el final" ("Straight on Til Morning", 1972) es una auténtica maravilla, una joya del cine secreto más bizarre, fascinante y perturbador. Bajo la batuta del infravalorado Peter Collinson -uno de esos directores ingleses necesitado de urgente revisión, pensemos en la original "Un trabajo en Italia", sin ir más lejos-, Rita Tushingham y Shane Briant exceden toda excelencia interpretativa encarnando una revisión oscura, poética y siniestramente divertida de "Peter Pan" como asesino en serie y de los cuentos de hadas modernos y clásicos como fuente de perversión, perversidad y fantasías románticas patológicamente malsanas, consumistas y consumidoras. Briant nunca fue tan bello e inquietante al tiempo, enternecedoramente amenazador y charmant, con aires diabólicamente angelicales -todo demonio fue antes un ángel, todo ángel está destinado a convertirse en demonio-, decadentes, amanerados e infantiles, que alcanzan paroxismos de histeria y tristeza en el clímax final merecedores de un Oscar (¿Wilde?), si los Oscar sirvieran realmente para reconocer a los grandes actores. Por otra parte, Rita Tusihngham, encantadoramente fea, no le va a la zaga, y cuesta a veces decidir cual de los dos está más loco, es más siniestro y más tierno al tiempo y se merece toda nuestra atención. Juntos forman una de las parejas más perturbadoras de la historia del cine, en un psicodrama pop que parte del realismo británico de la época para, gracias al estilo enérgico, psicodélico, colorista y atrevido de Collinson, con un montaje sincopado, que salta en el tiempo y el espacio, sumando su propio histerismo cinematográfico a unos personajes siempre al filo de la locura, imprevisibles e hipnóticos, alcanzar las más altas cumbres del horror poético y emocional. El escenario del Swinging London, las tiendas de moda, las modelos, chulos y fiestas hípster de la época añaden color y encanto propios del giallo al conjunto, con un toque de sátira de la sociedad de consumo y la juventud entregada al hedonismo, cuyo contrapunto no menos irónico forman la extraña familia compuesta por el Peter Pan asesino, la Wendy mentirosa patológica y el niño fantasma producto de su absurdo romance. Propicia a lecturas tanto sociopolíticas -la belleza reificada como producto de consumo que consume violentamente a su poseedor tanto como a quienes la compran para sí- como arquetípicas y fantásticas: los cuentos de hadas poseyendo la vida real, de Peter Pan a Cenicienta pasando por Barbazul, para chocar finalmente con la sórdida realidad en una apoteosis de horror que arranca las lágrimas y el escalofrío del espectador sin necesidad de truculencias gratuitas, gracias a la virulencia del montaje, el sonido, la planificación y sus dos protagonistas en estado de gracia. Una obra maestra que ningún amante de lo extraño, de la infancia perversa, la belleza como maldición (siempre lo es: para quien la posee, para quien la envidia, para quien la desea, para quien carece de ella...) y del cine más desinhibido puede dejar pasar de largo. Producida por una Hammer alejada de goticismos de época y, como era de esperar, tan poco apreciada por los fans del género tradicionales como admirada por críticos agudos y eruditos como Jennie Kermode. Viéndola lloré de emoción, pavor y alegría por reencontrar el verdadero placer del mejor cine: el que te desgarra por dentro, sin perder la ironía ni la compostura. Puro british bizarre. 



 

 

 

 

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