Chaves Nogales, cronista del ahora

 

 

 

 

 

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JOAQUÍN ALBAICÍN

 

  Es una escena que se ha vuelto bastante habitual. Ante el mostrador de la pescadería, la droguería o el panadero te encuentras a alguien, a todas luces bastante poco instruido, desgañitándose de indignación porque la víspera, en urgencias, tuvo que esperar más de la cuenta debido a que el médico atendió a un negro nigeriano antes que a él. Es parte de esa gente de orden a la que, cuando le interesa, como que se le olvida el detalle de que hay que guardar el orden de la cola, y de esa gente cristiana para la que la salud propia vale, por supuesto, más que la de los demás, sobre todo si esos demases no se le parecen en la calva o el vestir. Son cosas que nos recuerdan aquello de que un barrendero alemán siempre valdrá más que un Premio Nobel de otro país, o de que es el hijo de un proletario, no el del burgués, quien tiene derecho a estudiar... y otras lindezas por estilo, perlas de la propaganda soviética y nazi cuyo virus, como Chaves Nogales ya advertía en sus crónicas de viaje por la Alemania de 1933, reeditadas ahora por Almuzara, Hitler primero y, tras él, Lenin consiguieron implantar en la mentalidad de la gente por la vía de convertir las escuelas en granjas-criadero de futuros nazis y de bolcheviques del mañana, guarderías donde se instruía a los niños en la oración pía ante la imagen de los dictadores, presentados como unos Papás Noeles con mal genio, pero infatigables en el trabajo.


  Antes de viajar a Berlín, Chaves Nogales -estilográfica en mano y con el cuello del gabán subido- había ya recorrido Europa entrevistando a los más destacados bustos de la Rusia forzada a la emigración por el totalitarismo bolchevique. En su afán por informar acerca de los profundos y dramáticos cambios sufridos por un mundo puesto patas abajo por la I Guerra Mundial, había visitado también la Unión Soviética. Y, aunque nos contemos entre quienes subrayan lo gratuito que a menudo resulta la pretensión de identificar los fenómenos de una época con los específicos de otra, no deja de ser más que curioso lo actual que nos suena mucho de lo escrito por Chaves para el diario Ahora a propósito de su incursión a aquella República de Weimar que ya Hitler estaba empezando a transformar en su III Reich.


  Imaginen, proponía el autor de Bajo el signo de la esvástica, que así se titulan sus relanzadas crónicas, que el presidente de nuestra República ordenara a los maestros: “El niño español tiene que aprender a odiar al monárquico, y ustedes, señores, tienen la misión de inculcárselo. Han de barrer de las conciencias infantiles todo lo que no sea exclusivamente republicano, porque la República es España y, en cambio, la Monarquía no fue más que una traición al sentimiento nacional. (…) Si España es hoy una nación empobrecida, ustedes van a decir constantemente a los niños que se debe única y exclusivamente al antipatriotismo de los monárquicos y a las infamias del régimen desaparecido”. Esto es, subrayaba Chaves, justamente lo que han hecho en Alemania los nazis. Y esto es, digo yo, lo que se está haciendo hoy, naturalmente que cambiando el mensaje, desde las instituciones educativas españolas, donde no sólo se viene procediendo a lo que Chaves Nogales llamaba “corrupción de menores” mediante la falsificación de la historia, sino también por medio del adiestramiento de los niños en las obsesiones de quienes, entorpecidos por traumas de toda índole, han hecho muchas eses y sufrido muchas resacas en su vida erótica de adultos: si el cura pederasta aporta la práctica, está claro que el pedagogo laico, que no se quiere quedar atrás, aporta toda la base teórica.


  De hecho, y aunque la mayoría de los ciudadanos lo ignore, las leyes españolas vigentes prescriben que la educación de los niños es responsabilidad absoluta del Estado -el sueño de toda sociedad totalitaria- así como que las creencias religiosas, idioma, etnia o lo que sea de la familia no deben ser tenidas en cuenta absolutamente para nada -salvo en calidad de lacras o escollos a salvar- en el marco educativo. Para redondear esta campaña de ingeniería social y en paralelo al antedicho proceso de reconstrucción y reivindicación cutre de una “identidad” poco más que imaginaria, encarnada en el energúmeno que se siente ninguneado en urgencias, ha venido desarrollándose desde hace años otro experimento de distorsión de la realidad no relacionado ya con la nacionalidad o la raza, sino con la identidad sexual. Sin que el ciudadano, repetimos, apenas se enterara, los juristas se pusieron ya en los días de gobierno del PP manos a la obra para declarar en las leyes poco menos que inexistente a la familia y proceder al aplauso y consagración social por la legislación española de los conceptos de “familia” y sexualidad sostenidos hasta entonces de modo monopolístico por el mundo de la prostitución, las saunas de chaperos, el cine equis y las sectas antaño llamadas destructivas, conjunto de ecosistemas sociales rebautizados con el nombre de una corriente -el feminismo- nacida en las sesiones espiritistas del siglo XIX. De hecho, ya los adeptos decimonónicos a esta secta sostenían la conveniencia de que los niños fueran enseñados desde pequeños a comunicarse sexualmente con entidades astrales catalogadas como íncubos y súcubos en los viejos grimorios o tratados de magia negra. Toda la legislación española, repetimos que sin apenas nadie cobrar conciencia de ello, ha sido pervertida por el espiritismo feminista y puesta al servicio de su pesadillesca distopía.


  Esto dio comienzo, decíamos, ya en los días de gobierno del PP, cuando, para preparar el terreno, empezaron a aparecer continuamente en las televisiones individuos de gesto agrio aleccionándonos en cosas como que uno no nace hombre ni mujer, sino que ser lo primero o lo segundo es decisión suya. O como que tú puedes ejercer legalmente como “padre” o “madre” con independencia de lo que digan las leyes de la naturaleza. La más reciente consecuencia de todo esto es el anuncio contra la violencia de género -de género masculino, se entiende- lanzada en vísperas de Navidad por no recuerdo que ministerio, un spot de estética sáfico-nazi en el que se adopta la técnica publicitaria tan querida a Hitler de “defender” derechos mediante el tono -al principio, siempre es sólo el tono- intimidatorio y en el que la mujer adopta una pose de matón barriobajero que habría encantado a Ilse Koch, María Mandel y demás lesboguardianas de los campos nazis, famosas por defender su derechos sexuales pateando el vientre a las prisioneras. 


  Estos procesos son los que en gran medida explican, pues se encuentran en su base, los -más que nada, aparentes- cambios sufridos por el mapa político, que podrían resumirse, más o menos, en el siguiente relato.


  Érase una vez unos antiguos activistas de izquierda radical que, deseosos de ganarse la vida con la política, blanquearon con ese fin su pasado de niños malos reciclándose en las filas de Izquierda Unida. Por desgracia, y pese a sus muchos y constantes esfuerzos, no habían logrado llegar a formar parte del grupo de los que, en la coalición, trincaban de verdad. Porque que te den un día cinco mil euros en Cuba esta muy bien, pero lo bonito de verdad es disponer tú de la caja. Así que se lo montaron por libre -Podemos- y dieron la sorpresa en las elecciones europeas de 2014 y en las generales de 2015 apoyándose en una parafernalia y un corifeo de gente rara y vociferante, dada al nudismo y en cuyas manifestaciones aparecían incluso pancartas defendiendo el incesto como “opción”... Todo valía, lo mismo la presentación de los etarras convictos por asesinato como presos de conciencia que la lucha contra el maltrato a las gallinas. Y bueno, claro, la cantinela de esa corrupción de la que no habían conseguido de momento ser partícipes. Ahora llegaba la hora de combatirla desde dentro, con conocimiento de causa, como esas revoluciones que ha habido siempre tanto rebelde haciendo desde los despachos de la banca. Fue la traslación al campo de la política de la estética, la ética y el pataleo Sálvame de Luxe. Los freaks, que ya dominaban la tele, dieron el salto hasta el Congreso, el Senado, los gobiernos autónomos, las alcaldías... convirtiendo a Pablo Iglesias en la Princesa del Pueblo de la política española.


  Y érase una vez, al otro extremo del arco, unos antiguos activistas de la derecha radical que, deseosos de ganarse la vida con la política, blanquearon con ese fin su pasado de niños malos reciclándose en las filas del PP. Por desgracia, y pese a sus muchos y constantes esfuerzos, no habían logrado llegar a formar parte del grupo de los que, en el partido en el poder, trincaban de verdad. Así que, estimulados por el ejemplo de los anteriores, se lo montaron por libre -Vox- y aquí están, con doce diputados en el Parlamento andaluz en las elecciones autonómicas de 2018, cuando estas líneas escribo, gracias a los votos cosechados no sólo entre el electorado derechista, sino también entre los obreros y parados descontentos, nada raro dada la base proletaria de los fascismos y pseudofascismos que en el mundo han sido: ya Chaves Nogales pudo constatar en la Alemania de 1933 que allí no quedaba un solo obrero comunista o socialista que, tras ser eliminados sus líderes, no se hubiera convertido en un nazi entusiasta. Por descontado que aquí no ha hecho falta su eliminación, puesto que ni siquiera existían...


  Claro que tómese lo de derecha “radical”, en este caso, un poquito con alfileres, pues el mesías del que la militancia de Vox se siente huérfana es en realidad José María Aznar, bajo cuya presidencia -aunque en Vox no apetezca recordarlo- los códigos penal y civil españoles empezaron a transformarse en el Manual de Exorcismo para Femnistas Ejemplares, y no parece que la iconolatría del partido vaya mucho más allá de su figura ni de la foto de las Azores o la de la bandera patria ondeando en Perejil. 


  En fin: que quienes, en su día, no fueron juzgados por sus compañeros de partido como candidatos aptos para ser esposados y enchironados en el futuro junto a los grandes caciques en el caso Gürtel o en el de los ERES, no han aprendido la lección y, desoyendo las advertencias de la historia reciente, reclaman ahora su oportunidad, que siempre es bastante fácil que termine llegando a quien, en España, toca pelo en el festejo de las urnas. De hecho, Podemos necesitó apenas unos meses para poder presumir de contar en su cuadra con procesados por corrupción.


  Mientras adviene para ellos ese ansiado, pero aún hipotético momento de la consagración mediática gracias a su encausamiento por cuestiones pecuniarias, unos quieren convertir España en una gigantesca discoteca gay atendida por camellos de calidad y, los otros, reciclarla en un cuartel como el que vieron de jovencitos en La chaqueta metálica de Kubrick. Los primeros reniegan de la gente normal -en concreto, de la de aquí de toda la vida- por la mera razón de que es eso, normal y ya está. Los segundos, buscando su propia tajada, despotrican contra la gente normal que viene de fuera, mirando y calificando a los inmigrantes con los mismos ojos y argumentos casposos con que la intelligentsia independentista se dirige a los españoles de comunidades distintas de la catalana. Quizá la principal razón sea, no sé, que la gente normal, de aquí o de allende los mares, como no quiere problemas, no se dedica a la política -pues esta es, precisamente, el arte de crear tensiones- ni le presta atención alguna, lo cual va en contra de los intereses de quienes anhelan vivir de la misma. Esa gente normal, tan poco amiga de jaleos, no deja de ser, sin embargo y como la historia demuestra, muy proclive a caer víctima del envenenamiento intelectual en cuanto llega alguien susurrándole cuando ya lleva tres copas que es muy importante, que su puesto de pipas es vital para la economía española, en tanto los ladrillos que pone el albañil marroquí o ecuatoriano no están bien colocados y la argamasa la paga él, el pipero, de su bolsillo... Tanto los podemitas con su jerga de travesti puesto de coca y teñido de leninismo rosa como los voxitas con su tono de taxista prepotente, cabreado por haber bajado pocas veces la sagrada bandera del taxímetro, son dos variantes del mismo tipo de vampiro: el trincón de nueva generación.


  Fuera de ello, todo son bombas de humo. Si Podemos anhela convencernos de que España debería ser un parque temático consagrado a ilustrarnos sobre las maravillas de la transexualidad, Vox aspira a movilizar voluntades anunciando que, esta vez, la Reconquista comenzará en Granada y acabará en Asturias, consigna ciertamente exótica, por cuanto no se tiene noticia de que ninguna comunidad autónoma española esté actualmente gobernada por un ejército de ocupación extranjero que haya impuesto en ella la ley islámica... Vamos, que uno sepa. Y, junto a esta leva de airgam-boys para las Cruzadas, salta a la prensa la “revelación” de que Vox -lo mismo que, curiosamente, se dijo en su día de Podemos- fue en su momento financiado “por Irán”, en concreto por el Consejo Nacional de la Resistencia Iraní. Los periodistas olvidan, empero, matizar -sin duda porque lo ignoran, limitándose a transcribir los textos que les llegan escritos de otra parte- que tal conciliábulo de exiliados no tiene nada que ver con el régimen de Irán, del que son enemigos, así como que la fuerza dominante en él no es otra que Muyahidines del Pueblo, es decir, el Partido Comunista de Irán, que no se sabe bien qué interés tendría en contribuir a la buena salud económica de los hosteleros algecireños o sevillanos nostálgicos del desarrollismo franquista. Se habla, pues, de un “Irán” muy parecido al “Laos” al que se fue Roldán... De cualquier modo, esta información, por cuanto asocia a Vox con iraníes que son, en realidad, anti-iraníes y cuya tesorería depende de los servicios que presten a tal o cual agencia de inteligencia occidental, viene a situar al anti-islámico partido español en una inesperada órbita pro-saudí.


  ¿Culpables de su llegada, de la de los paladines del “populismo”? Pues sus homólogos de la generación previa, dimitidos hace tiempo del ejercicio de toda función de servicio público y culpables de la conversión de la misma en un reality show donde la política consiste no más que en si se ha salido del armario -Ciudadanos- o si -como PP y PSOE- no se ha salido del todo, y en adoctrinarnos a todos sin descanso en que hay que salir, y tal, y cual y Pascual. Les está bien empleada la ruidosa irrupción de los que ajustan, lijan y atornillan por cuatro perras las piezas del armario y quieren ahora también disfrutarlo. Las consecuencias no serán graves, o eso es de esperar, pues a la postre todos son peones bien distribuidos sobre el tablero por la misma empresa de mobiliario. Pero está claro que los partidos normales han convertido España en un país donde la televisión sólo habla sobre transexuales, asexuales, violadores, corruptos, maltratadores, mascotas mimadas, mascotas torturadas, “hombres” nacidos en un cuerpo de mujer, “mujeres” nacidas en un cuerpo de hombre, traficantes, broncas en discotecas, psicópatas que se pasean desnudos y dando gritos por las calles, apaleamientos, desahucios y fauna de puticlub que se hace de oro contando en los platós sus banales miserias. Es casi imposible zapear y dar con una noticia que guarde una mínima relación con el arte, no digamos ya con la existencia de una dirección política y económica aspirante a ganar para todos un cierto estado de prosperidad... El asunto se les ha ido de las manos, y la irrupción en el escenario de los “comunistas” y “fascistas” era sólo cuestión de tiempo y oportunidad (y de impulso institucional, claro). Significativamente, y ello no debería a estas alturas suponer una sorpresa para nadie, unos y otros llegan para calentar aún más el debate... en torno a los mismos temas antedichos, que a tantos nos tienen ya sobresaturados y asqueados en grado sumo. Así que... ¿Interés? Cero.


  En cuanto a mí, y para quien no entienda nada de esto, decir sólo lo que ya en 1982 observaba Saul Bellow: “Ni izquierda, ni derecha, ni centro. Son categorías propias de la Revolución Francesa. Digamos, pues, que soy novelista”. También lo era Manuel Chaves Nogales, la lectura de cuyas crónicas para Ahora sobre las convulsiones que en 1933 amenazaban a Europa resulta hoy -en nuestro ahora- de los más ilustrativa y, por tanto, conveniente. No en vano esta fauna televisiva De Luxe, el tufo racista que invade las redes sociales y la inanidad de esta clase política fláccida a la que la obsesión por eso del armario termina por hacer renunciar al deber de gobernar recuerdan bastante a los perfiles sociales e intelectuales rampantes en su día en la República de Weimar. Y es que, aunque la historia no se repita, el hombre no cesa de hacer girar la moviola con tozudez de cabestro.


 

 

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