La CIA y su pecado manchú

 

 

 

 

 

 

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JOAQUÍN ALBAICÍN

 

  John Marks recuerda en su ensayo En busca del candidato de Manchuria -publicado por Valdemar y subtitulado La CIA y el control mental. Historia secreta de sus investigaciones con LSD para la modificación de la conducta- cómo, en una reunión de altos oficiales de la agencia de espionaje celebrada en 1953, uno de los participantes informó de que varios norteamericanos, tras lograr escapar del cautiverio en Corea, se habrían referido a la amnesia y otros desórdenes psicológicos padecidos por todos ellos mientras atravesaban determinada región de Manchuria. Este episodio inspiró la novela en que a su vez se basó la película de John Frankenheimer en que los Moscú envía a cometer un atentado a un militar americano a quien, tras haber hecho prisionero, mantiene mentalmente controlado a distancia.


  Queda, pues, claro que, como bien conviene a libro de tal título y en tono rabínico recuerda su prologuista, Frank G. Rubio, en el principio de todo fue Fu Manchú... Antes de escribirlo y sin necesidad de viajar al Extremo Oriente, John Marks ya se había interesado por el ecosistema de los agentes secretos y publicado en 1973 el ensayo resultante de su colaboración con un ex operativo de la CIA, Victor Marchetti: La CIA y el culto del espionaje. En este otro, salido de imprenta en 1979, después del escándalo Watergate y luego de haber logrado su autor, gracias a la Freedom Information Act, acceso a unos 160.000 páginas de documentos de la Agencia, Marks pone de manifiesto -hasta donde las evidencias se lo permiten- cómo, motivados por la ambición de conseguir en especial una “droga de la verdad” capaz de romper cualquier defensa psíquica en un interrogatorio y, en general, cualquier sustancia o procedimiento que posibilitaran el control mental y de la conducta no sólo de espías propios y ajenos, sino también del ciudadano medio, tanto la CIA como su predecesora -la OSS- o la Oficina de Inteligencia Naval -en cuya base japonesa de Atsugi fue entrenado Lee Harvey Oswald- se destacaron muy pronto en la puesta en práctica, con cobayas humanos no informados de su condición, de experimentos amparados desde el primer día por el secretismo y con los que se situaron con total impunidad más allá de la ley.


  Habrá quien se sorprenda de que aquellas investigaciones coincidieran en el tiempo con -y, además, extrajeran inspiración de- los sádicos experimentos que perseguían “eliminar la voluntad de cualquiera” llevados a cabo con prisioneros gitanos, judíos, rusos y polacos en el campo de concentración de Dachau por los médicos de la SS, toda vez que muchos de los alemanes implicados en ellos fueron condenados a muerte en Nüremberg por los propios americanos y, precisamente, por haberlos practicado. Pese a ello, documentos estudiados por Marks sugieren que en 1951 la CIA realizó pruebas, por ejemplo, con el electroshock de Reiter, médico nazi responsable de muchas muertes con esta práctica, que reducía a menudo a los “pacientes” al estado vegetal. La sorpresa, de cualquier modo, es del todo improcedente si se recuerda que los americanos también mandaron a la horca a otros nazis por haber promulgado las Leyes Raciales, no otra cosa que una copia de las vigentes en la época en la mitad de Estados Unidos, donde hasta 1965 un negro podía ser linchado legalmente por el terrible delito de piropear a una mujer blanca. De hecho, Malcolm X fue asesinado por haber logrado convencer a varios estadistas africanos de presentar contra Estados Unidos la acusación conjunta y pública ante la ONU de mantener en el país un sistema de apartheid idéntico al de Sudáfrica.


  Como evoca en su prólogo el ex agente Thomas Powers, uno de los científicos reclutados por la CIA, Maitland Baldwin, “había hecho hasta entonces lobotomías a chimpancés, y en una ocasión intentó el trasplante de la cabeza de un chimpancé al cuerpo de otro. A buen seguro que, quien tachó su nombre [de los documentos consultador por Marks], lo hizo para que nadie pudiera sospechar si habría participado en experimentos semejantes con humanos”. Y existe profusa constancia documental de que, como subraya Marks, la CIA escogió como cobayas, “igual que los alemanes, a grupos de gente cuya existencia consideraba poco menos que innecesaria … gente hacia la que mostraban el mismo desprecio que los nazis por los judíos y los gitanos. Utilizaron a enfermos mentales, a prostitutas, a inmigrantes, a adictos a las drogas y a presos … pertenecientes todos, a menudo, a grupos étnicos minoritarios”.


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  La tentativa de Marks de reconstruir en lo posible los principales episodios de la puesta en marcha de programas secretos como ARTICHOKE, MKULTRA o BLUEBIRD -propulsados en especial por Richard Helms- despierta de su sueño en los desvanes de la historia la obsesión americana por la conjura comunista -réplica de la rampante al otro lado del Muro por la conjura americana- y procede a la literaria puesta en pie de un escenario de pisos francos en el Berlín ocupado, prestigiosos científicos transmutados en fríos didactas del horror, patriotismo inoculado a base de chutes, “pacientes” que se tiran por la ventana de un quinto piso o quedan durante meses con la mente en blanco, diarreas esparcidas por las montañas de Oaxaca, trastornos mentales inducidos por gente que oficialmente gozaba de buena salud psíquica -con el doctor Sidney Gottlieb a la cabeza- y operaciones conjuntas de la CIA con la Mafia (“Durante dos horas enteras estuvo el gangster aportando información muy explícita … acerca del tráfico de drogas, tan explícita y, acaso, tan comprometedora que la CIA la eliminó de los documentos recibidos de la OSS”)...


  Varios documentos del programa ARTICHOKE se refieren de modo expreso a experimentos terminales, sin posible vuelta atrás y practicados sobre auténticos prisioneros de facto, como los “pacientes” a los que el doctor Ewen Cameron -presidente de la Asociación Mundial de Psiquiatría- usó como cobayas, con riesgo de convertirlos a todos en vegetales, en programas de deconstrucción de la personalidad en el Allan Memorial Institute de Montreal. Fueron bastantes los médicos, psiquiatras, químicos o neurólogos que, por razones de ética profesional, rehusaron colaborar con la CIA, lo que les supondría encajar luego bastantes zancadillas y boicots en sus carreras. Muchos otros, sin embargo, generosamente retribuidos, aceptaron sin problemas e, incluso, con entusiasmo sumarse al equipo liderado por Gottlieb, que, a la luz de este libro, apenas -lo mismo que Cameron o Harold Wolff, que ofreció a la Agencia probar técnicas de lavado de cerebro con sus enfermos- superaba en la escala humana la gradación de la bazofia. Uno de ellos recordó emocionado ante Marks cómo aquellos experimentos supusieron para él “la práctica de la psiquiatría de manera ideal, lo que quiere decir que no necesitas implicarte en la suerte posterior de tus pacientes, nadie te pedía que lo hicieras”...


  Así pues, todos aquellos proyectos contaron con las instalaciones y la aquiescencia y participación activa de los dirigentes de prestigiosas instituciones académicas como el Boston Psychopathic Hospital, el Mount Sinai Hospital, la Universidad de Columbia, la Facultad de Medicina de la Universidad de Illinois, la de la Universidad de Cornell... Y con la ayuda de una red de “fundaciones” -como la Fundación Geschikter o la Sociedad de Investigación de la Ecología Humana, presidida por Wolff- dispensadoras de fondos a científicos con ganas de “trabajar en equipo” y organizadoras de simposios a modo de cobertura. Se trataba de investigaciones que perseguían provocar a los “pacientes” la misma clase de trastornos de conducta causados a sus adeptos por los gurúes de las sectas destructivas: confusión, inseguridad, mutaciones en la identidad sexual, obediencia ciega... Y procede subrayar su conexión con otros programas que contemplaban específicamente el asesinato de dirigentes políticos extranjeros (y también locales, añadiríamos, si se tiene en cuenta a los hermanos John y Robert F. Kennedy, Martin Luther King y Malcolm X).


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  Los cobayas humanos no recibían atención médica que supervisara su estado de salud ni antes ni después de los “tratamientos”, y en los varios informes internos redactados a lo largo de los años transparece tanto la nula preocupación por la seguridad de los “pacientes” como la certeza del irreparable daño que causaría a la Agencia el conocimiento de esos hechos por el público. ¿Se recomendaba, entonces, la suspensión de dichos programas? No. Simplemente, se urgía a extremar aún más las medidas de discreción. De hecho, cuando un funcionario utilizado sin su conocimiento para las pruebas se suicidó debido a lo insoportable de las secuelas psíquicas, se echó tierra sobre el asunto, se mintió a la familia y la única medida tomada fue la disposición de, en adelante, usar siempre -a fin de borrar huellas- a gente sin vínculos con la Agencia. A menudo se usaron también drogas para provocar trastornos mentales temporales a personalidades cuya disidencia resultaba inconveniente y que quedaban así desprestigiadas y con la pegatina de majareta adosada al pecho para siempre.


  “La CIA, en efecto, llegó a desarrollar”, leemos, “venenos que aniquilaban al ganado, que mataban peces; y en lo que a los humanos se refiere, sustancias que causaban la caída rápida del cabello, o que provocaban una ceguera temporal, y otros que alteraban la consciencia, o causaban cambios de humor, o que paralizaban o estimulaban el sistema nervioso, y, en general, cosas tendentes a la alteración, a la distorsión de las capacidades humanas”. Legítimo es preguntarse qué sentido tiene la dedicación de un solo minuto y dólar a asuntos de esta índole por una entidad perteneciente al organigrama administrativo de un gobierno y un país que se dicen consagrados a la defensa de la libertad, los derechos humanos, la cultura y no sé cuántas gilipolleces más, y cuando el libro habla de miles de víctimas, protagonistas involuntarias de una política del horror cuya puesta en marcha no llegó a más conclusión que la de que el éxito soviético y chino en el lavado de cerebro de un individuo no residía en métodos científicos, sino en algo tan sencillo y pedestre como la tortura y la presión psicológica ininterrumpida.


  ¿Algún alto o bajo responsable de tales desmanes pisó la cárcel por aquello? No. Nadie. Lo mismo que en Guantánamo o Abu Ghraib, donde la sodomización de prisioneros era el espectáculo científico y el entretenimiento estrella más caros al personal militar y de inteligencia americano. “Vamos a pasar página”, decidió Obama. En la edición de Valdemar, este libro tiene cuatrocientas veintiuna. No dejen de leerlas con atención, millennials incluidos.

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