Eroguro

 

 

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Horror y erotismo en la cultura popular japonesa

Jesús Palacios (Editor)

Satori Ediciones (Gijón. 2018)

 

   

    Pulpos violadores, lamidas de córneas, genitales pixelados, cuerpos amputados, torturas imposibles… son algunos de los ingredientes más insólitos del eroguro, ese género de géneros netamente japonés que nace de la combinación desenfrenada de tres elementos fundamentales: el erotismo, lo grotesco y lo absurdo.

 

   Ero-guro-nansensu, EROGURO para mejor entendernos, es una adaptación al japonés de palabras procedentes del idioma inglés: Erotic Grotesque Nonsense. Contrapunto sarcástico, brutal y despiadado de los valores establecidos encarnado en una producción cultural bastarda, vinculada al manga, la literatura y el cine de una época y lugar concretos: Japón años 20/30 y, reformateado tras la Segunda Guerra Mundial, hasta hoy; se supone que vehicula una sexualidad desenfrenada y polimorfa. Por descontado que en un noventa por ciento, conforme nos alejamos del intervalo   cronológico citado y nos adentramos en la conversión de la modulación originaria en producto comercial, no importa demasiado si en la frecuencia underground o industrial masiva, sólo en la imaginación. 

   Jesús Palacios nos introduce, con un largo y minucioso estudio, a los inicios de la era del ero haciendo hincapié en los aspectos literarios; especialmente interesantes son los paralelismos que encuentra entre los respectivos zeitgeist de Oriente y Occidente en época de crisis, en aquellos tiempos sólo se podía ser con ventaja ciudadano argentino...La recepción de Poe en el archipiélago y la visión del arte como única religión verdadera contrapesaron las tendencias naturalistas y cientifistas de los occidentalizadores hegemónicos. La llegada de la cultura de masas a Japón de la mano de una potente industria editorial y de una cinematografía única es exhaustivamente expuesta en este trabajo. Romanticismo negro, erotismo, censura, combinación de Modernidad y Tradición y un sentimiento de nihilismo, decadencia y absurdo existencial compartido con Europa que preludiaba el apocalipsis bélico que luego se desencadenó. El eroguro retornará, tras la devastación y la derrota, en el marco del gobierno de ocupación con claves distintas. Somos poco más que nada,  siempre como lombrices fundidas con el aluvión de la circunstancia.

   Todo esto comenzó en el Japón durante la primera mitad del siglo XX; un país que había sido entregado por una parte de su clase dirigente, la que triunfó en una guerra civil ad hoc, al huracán modernizador y occidentalizador provocado por la presencia amenazadora del comodoro Perry en 1853. A partir de 1868 comienza la era Meiji (1868-1912) que dará origen al Japón moderno. El fenómeno que nos ocupa empieza durante la era Taisho (1912-1926) y se prolonga en la era Showa (1926-1989) hasta llegar a la actualidad, cuando este movimiento ya no es otra cosa que un fenómeno más de la cultura de masas absolutamente inserto en el engranaje de producción de espejismos que caracteriza una sociedad que ha entregado de manera definitiva el Imaginario a la deriva de lo Inconsciente. Como corresponde a las termitas humanas (usuarios) que habitan en el final del Kali Yuga; Lovecraft imaginó unos escarabajos gigantes poseídos por la Gran Raza de Yith. 

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   El libro, una autentica enciclopedia llena de erudición y buen sentido en todas y cada una de sus  muy variadas aportaciones, da una visión caleidoscópica, nutrida y plural, de esta, vamos a llamarla así, corriente cultural. Su punto de origen es la nueva etapa en la occidentalización y modernización del país que tras la Primera Guerra Mundial (donde participó Japón como potencia victoriosa) implicaría la llegada al país de las modas e innovaciones de las vanguardias europeas y de la cultura de masas euro-americana (cine, radio, música, etc) 

   Como en el caso de la Revolución Francesa, me refiero al terremoto de Lisboa de 1755, una catástrofe terrible: el terremoto de Kanto que arrasó Tokio en 1923, daría un indicio a los avisados de la falta de aquiescencia de los númenes (en Japón: kamis) con las derivas societarias, también como aviso de futuros desastres; la Revolución Francesa, seguida por las guerras napoleónicas, o la derrota con dos pepinazos atómicos incluidos, respectivamente. ¿De qué horror cada día más cercano, será no me cabe duda aviso el maremoto del Boxing Day Tsunami (2004)? ¿del escape radiactivo cuidadosamente tergiversado por las autoridades niponas en Fukushima en el 2011? ¿de algo que llegará como un ladrón en la noche en el 2020? 

   El rebaño ciego sigue a lo suyo, conectado y asumiendo Netflix, el feminismo o las imbecilidades transhumanistas como parte de su inmunda e insectoidal irrealidad consensuada. 

   ¡Viene, aunque no LO esperéis!

   Las catástrofes intensifican los sentidos y las pasiones. Tras el terremoto un cierto erotismo de ribetes grotescos y obsesivos se extendió como una epidemia por las grandes ciudades del país. La sociedad nipona pos terremoto cambió y se dirigió, como lo había hecho la europea continental con la guerra, en direcciones nihilistas que alcanzarían su apoteosis en el brutal conflicto denominado Segunda Guerra Mundial que para Japón comenzó bastante antes con la invasión de Manchuria, incluso con la guerra ruso-japonesa de 1905. El arte siempre refleja en sí la imagen general del mundo de los fenómenos. 

   La síntesis entre las vanguardias europeas y las tradiciones estéticas autónomas da cuenta del fenómeno a grandes rasgos, la existencia de una mueva y pujante clase media lo hizo sociológicamente posible. La cultura de masas y el desbordamiento de las convenciones se solaparon con una innovación desbordante vehiculada mayoritariamente por un estilo modernista.

Iria Barro Vale, cuyas incisivas reflexiones sobre arquitectura y psicología ayudan a entender en profundidad el fenómeno, Rubén Lardín y Germán Menéndez ,se ocupan, respectivamente, del eroguro en el manga, el cine y el porno. 

   Del “mundo flotante” a la “nueva carne”, de los pulpos libidinosos a las espirales apocalípticas. 

   Tres relatos excelentes y significativos de Junichiro Tanizaki, Edogawa Rampo y Unno Juzo, traducidos y prologados por Daniel Aguilar, dan cuenta de la peculiar visión de la mujer que va insertándose en la Tierra del Sol Naciente. Especialmente significativa esta mutación por ser el sol en Japón personificado por un numen femenino: la diosa Amaterasu. 

   Recordar al lector y con esto termino, no sin olvidar antes felicitar a los editores por su impecable edición, de la cual la perfecta reproducción de numerosas ilustraciones en color es uno de muchos y loables logros, que el espíritu del eroguro en cierto modo está previsto y definido en la más antigua mitología nipona. Susanoo, hermano de Amaterasu y divinidad de las tormentas y el mar, destruye el taller de hilandería de esta (donde se elabora el tejido de lo real) y descuartiza al caballo sagrado. La diosa, aterrorizada por las profanaciones, se refugia en una cueva y los demás dioses sólo la consiguen sacar de nuevo a la luz (y con ello la vida misma) engatusándola con una danza. El arisco y divertido trickster es expulsado del cielo por una temporada hasta que se gana de nuevo su lugar mediante una acción heroica característica. La destrucción de un peligroso dragón.

   De la misma manera que la decadencia o la supresión de lo divino preludia lo demoníaco, la consideración de la vida como obra de arte, pensada antes en el devenir del arte como única religión verdadera, presagia la muerte del arte. En cierto modo los yokais son dioses caídos en la miseria del mismo modo que el hombre queda pulverizado como ciudadano global, como votante complaciente en referendos cotidianos municipales o como usuario empoderado y goloso de servicios médicos públicos. La cornea nos la lame la tele.

 

 

   El eroguro será un cine que le abrirá la jaula a la bestia aterida y peligrosa que somos. 

Rubén Lardín

 

 

 

 

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