JUAN MANUEL GARCÍA 

 

 

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 —A TRAVÉS DE LOS ESPEJOS—

 

Espejos: jamás, a sabiendas, todavía se ha dicho

lo que en vuestra esencia sois.

Vosotros, intervalos de tiempo que llega

a  colmarse de agujeros como un cedazo.

 

Rainer Maria Rilke


 

I

 

Este no es un relato onírico, pero la narración ha de iniciarse desde el principio, y el origen de este cuento se encuentra en una semilla que germinó en un sueño que tuve mientras viajaba rumbo a Bucarest. El avión había despegado hacía rato, navegábamos a toda vela sobre un mar de nubes, y la tierra quedaba abajo, diminuta y hermosa, como si fuera vista a ojos de los dioses. Iba leyendo un libro de relatos de Eminescu, terminé “Cezara” y comencé con “El pobre Dionis”… pero… por delante quedaban miles de kilómetros, cerca de cuatro horas repletas de visiones y reflejos continuos de esta bella mota de polvo que es nuestro planeta. 

 

Miré por la ventanilla. El sol lo iluminaba todo, como si buscase algo perdido hace tiempo. Había nubes de algodón que se deshilachaban lentamente, otras formaban interminables tundras de nieve recién caída, grandiosos hongos, acantilados, islas, montañas. Y luego estaban las ciudades... urbes repletas de cúpulas nacaradas, minaretes de un mármol sin mácula, casas sobre casas, tejados sobre tejados, ventanas con arabescos de geometrías indescifrables, puertas de ébano talladas con enigmáticos fractales, querubines de marfil sobre los dinteles, fachadas con lechuzas y serpientes de leche en bajorrelieves, calles que subían y bajaban entre escaleras y puentes, jazmines y hiedras por todas partes, agua que corría y saltaba por canales, fuentes y abrevaderos... ciudades sin ruido de pasos ni voces, ciudades sin hombres.

 

Me desperté. Un pitido agudo dio paso al mensaje del piloto, informando que estábamos a punto de hacer un aterrizaje de emergencia, pues una tormenta inesperada se había formado unas millas por delante de la ruta que debíamos seguir. Y, efectivamente, segundos después, al mirar por la ventanilla, un murmullo incómodo se extendió por los pasajeros al contemplar las gruesas y negras nubes que, por un lado y otro, rodeaban la nave en la que viajábamos. La lluvia no se hizo esperar, y poco después el sol desapareció dando paso al viento y las turbulencias. 

 

El avión viró inusitadamente y luego ascendió casi en vertical. Hubo viajeros que tuvieron que hacer uso de esas bolsitas de papel que se encuentra bajo los asientos. Quienes están acostumbrados a volar, sea por el motivo que sea, están familiarizados con los diversos fenómenos meteorológicos que pueden acontecer mientras se viaja por aire. Pero las características de aquella tormenta no tenía una hermana gemela o menor con quien compararse. Subimos y subimos a toda velocidad, las capas de nubes se sucedieron unas tras otras, los fogonazos de los rayos iluminaban el interior del avión ininterrumpidamente. Las azafatas nos pidieron que bajásemos las cortinillas de las ventanas, pero resultó que el mecanismo de la mía no funcionaba, y por más que lo intenté no hubo manera de cerrarla, así que tuve que mantenerla bajada con mis manos. Un niño comenzó a llorar, y el resto, como por contagio, le acompañaron a coro.

 

Y tras una tremenda sacudida, todo pasó.  

 

El límpido cielo era de un azul muy oscuro, casi negro. Ante nosotros se encontraba una ciudad inabarcable, no muy ancha ni muy alta, sino más bien con fondo, con mucho fondo, como si toda ella estuviese dispuesta en un estrecho pero infinito pasillo. Aterrizamos sobre una nube lisa como un plato llano. 

 

Las puertas se abrieron y la gente, pese al pánico acontecido minutos atrás, salió lentamente en fila y de forma ordenada. Cuando llegó mi turno descendí las escalinatas, unas puertas se abrieron delante de mí y las que tenía justo detrás se cerraron. Permanecí unos minutos atrapado en aquella minúscula cabina hasta que, para mi asombro, una puerta lateral se accionó y pude salir de allí antes de que la claustrofobia diera la cara.

 

Las calles, al igual que las casas, estaban vacías, pero todas y cada una de las puertas se encontraban entreabiertas, las cortinas de las ventanas medio corridas, como si tras ellas hubiese invisibles observadores. Caminé por una avenida interminable durante horas y horas; subí y bajé por anchas escalinatas y rampas cuyos desniveles eran prácticamente imperceptibles, puesto que eran dilatadas extensiones, infinitas, que siempre se dirigían a delante, siempre en línea recta, hacia un horizonte inalcanzable.  

 

Caminé sobre el tiempo durante años y lustros, sin detenerme, como si cada paso que daba me exigiese dar otro paso más, y así anduve hasta que en la cegadora lontananza descubrí una pequeña mota de polvo, una mota que, a medida que yo avanzaba, fue haciéndose más y más grande, hasta convertirse en un grano de café, y luego en un botón… 

 

Por un momento creí que aquello a lo que me acercaba debía ser una bola de billar, “¡la bola negra!”, pensé, “¡esa que está marcada con el símbolo del infinito”. Pero no, me equivoqué: ni era el símbolo del infinito, ni el número ocho, ni una bola de billar.

 

Al poco descubrí que aquello no era un ser inanimado sino uno vivo, un ser que cuando yo caminaba él caminaba, y cuando yo me detenía él también hacía lo mismo; no solo yo me acercaba hacia el ser, sino que el ser también lo hacía hacia mí.  Ambos, pues, nos acercábamos el uno al otro. 

 

Comencé a caminar con más celeridad, primero se apoderó de mí la curiosidad e inmediatamente después lo hizo la ansiedad. Aquello se convirtió en un ser; cierto es que al principio no supe distinguir si era un niño o un anciano, pero unos segundos más tarde, o quizás unos meses después, supe que era un hombre de unos treinta y pocos años que vestía unos vaqueros baratos y una camisa de cuello mao, como la que yo llevaba puesta en aquel momento… de hecho, también, como yo, tenía puesta una gorra de pana marrón. 

 

Pero luego…

 

 

II

 

Desperté.

 

Por las ventanillas del avión pude otear un cielo completamente despejado, un cielo azul e inabarcable, envolvente, un cielo azul, solo azul y todo cielo, sin horizonte alguno. Tardé un tiempo en comprender que bajo nosotros el cielo tan solo era un reflejo, el Levante en calma. 

 

Aquella visión hizo que el sueño quedase en un segundo plano. No obstante lo apunté en mi libreta aquella misma noche, en cuanto recuperé la maleta, maleta que la compañía perdió de vista y, por error, sin querer, mandaron en la panza de otro avión con destino a Turquía. Así que, entre aquel despiste y la cantidad de cosas que le suceden a uno mientras viaja, para cuando quise plasmar el sueño negro sobre blanco, para entonces más de la mitad de su contenido había desaparecido, se había esfumado, y la mayoría de los detalles perdidos resultaron ser del final. 

 

Y tal como sucedió con el desenlace de mi sueño, al día siguiente desperté con la extraña sensación de que me faltaba algo, como quien despierta en el lado de la cama que pertenece al otro, y el otro no está, ni estuvo ni estará. Esa sensación me persiguió prácticamente durante todo el día; no se hizo visible, se mantuvo latente, hasta que al entrar en un restaurante del centro -uno de esos lugares en los que la modernidad de los tiempos emerge en forma de muebles curvos fabricados con conglomerado-, en el baño, mientras me lavaba las manos, dio la cara justo en el momento en que vi mi reflejo proyectado en el espejo.

 

Le vi… o mejor dicho, me vi a mi mismo de esa extraña manera en que nadie puede verse. Me acerqué al cristal lentamente, le miré fijamente durante unos eternos segundos, en silencio; luego alcé mi brazo derecho y pude ver su envés en el reflejo. Toqué el espejo y su brazo hizo exactamente lo mismo que el mío. Cerré los ojos, sin saber si ciertamente él también los cerraría, y al abrirlos… 

 

Allí estaba: mi reflejo, guardándome fidelidad, cosido a mí, casi exacto. 

 

Entonces la luz del cuarto de baño se apagó y, un segundo después, se encendió.

 

 

La música de un cuarteto de cuerdas se oía a lo lejos; era una melodía alegre acompañada por rítmicas palmas. Las paredes, encaladas años atrás, estaban llenas de manchas de hollín, cerveza y besos de un rojo carmesí. La luz era tenue y arrítmica: dos cirios, uno a cada lado del espejo, iluminaban la habitación. Un hombre en harapos observaba su semblante en el espejo, intentado borrar con cierto esmero los restos de porquería de sus mejillas. Una y otra vez unía sus manos en forma de cuenco para recoger agua de una jofaina. Pero, de repente, al mirarse en el cristal, aquello que vio le aterrorizo tanto y de tal manera que sus manos se separaron al instante y el hombre pareció volverse mármol, su cuerpo quedó paralizado; luego la puerta se abrió y una multitud de seres enmascarados entró en el cuarto, las llamas de las velas se ahogaron poco a poco; el oxigeno fue consumido por diablos blancos de cuernos enroscados, quimeras de muecas tristes, rostros ciegos y mutilados… 

 

 

Y la luz del cuarto de baño volvió a apagarse, y al instante volvió a encenderse. 

 

Regresé al salón algo confundido, pero los escasos metros del pasillo fueron más que suficientes para recomponer mi gesto y no preocupar a quienes me esperaban.

 

—¡Eso es! —le dije a Geo, mientras aguardábamos a que nos trajesen la cuenta—, ¡quiero comprar un espejo!

 

—Vale —me contestó—, pero ¿y cómo nos lo llevamos? Ya sabes, has tenido más de una mala experiencia con objetos frágiles, ¿¡o a caso no recuerdas lo que le sucedió al plato que le regalaste a tus padres!? Llegó roto en mil pedazos.

 

—Tienes toda la razón—, contesté. 

 

Pero claro, ni Geo ni ninguno de nuestros amigos podían entenderlo. ¿Cómo, de qué forma, si ellos no habían estado en aquella ciudad de mi sueño, si ninguno había visto lo que yo vi en el reflejo de aquel espejo en el cuarto de baño? Ellos estaban ansiosos por ver la ciudad, visitar museos, iglesias, sinagogas, parques; yo, en cambio, solo deseaba encontrar un bazar, un pequeño mercadillo, un buhonero, ¡dónde o quién me lo vendiera daba igual!, tan solo necesitaba encontrar un lugar en el que poder comprar un espejo.

 

A veces, a uno le suceden cosas en la vida que no tienen nombre, que no se pueden explicar con palabras. En ese momento, la obsesión por adquirir un espejo no era un capricho, os lo aseguro: era una necesidad.

 

 

III

 

Permanecimos dos días en Bucarest, y durante ese tiempo recorrimos su casco antiguo repleto de grandiosos edificios, descubrimos El Ateneo rumano, en cuya cúpula se encontraban, entre otros, los nombres de Virgilio, Miguel Ángel, Pericles, Rafael, Shakespeare… y justo al otro lado del parque, sin buscarlo, por casualidad, se encontraba la estatua del literato Mihai Eminescu. Visitamos el monasterio de Stavropoleos, ese en el que en una de sus ábsides se encuentra un Jesús despeinado. Nos emborrachamos en Caru´cu Bere, contemplamos el descomunal Palacio del Parlamento, el cual el estadista Nicolae Ceaușescu se empeñó en construir, pero que jamás consiguió ver terminado. Sin duda alguna Bucarest posee la belleza de lo decadente, como Cărtărescu la describe en su poderosa e hipnótica literatura. Al tercer día nos dirigimos hacia los Cárpatos, subimos al castillo de Poenari, donde Vlad “el empalador” combatió a los turcos, nos bañamos en el el lago Vidraru, vimos una osa con sus oseznos junto a la carretera, cerca de camiones que pastoreaban enjambres de abejas… 

 

No habiendo encontrado aquello que buscaba, durante los cinco días siguientes anduve sin descanso tras un espejo que pudiera llevarme a casa, pero no fue posible; en cambio me topé, por aquí y por allá, con muchos de estos objetos; me los encontré en escaparates y cafeterías, por pasillos, salones y habitaciones de hotel, en ciertos cruces de calles sin visibilidad… Al principio, y tras aquella extraña visión en el cuarto de baño del restaurante, era tal la atracción que sentía por ellos que me daba miedo mirarlos, y por eso lo hacía con disimulo, con el rabillo del ojo. Pero fue mientras iba conduciendo, al colocar uno de los retrovisores, cuando descubrí la primera anomalía, de pronto descubrí que mi reflejo… ¿¡cómo explicarlo!?, iba, por así decirlo, con unos segundos de retraso: mientras yo miraba -me miraba- él seguía conduciendo.

 

Mentiría si dijese que la escena no me asustó, pero aun así no quise decir nada a nadie. Aquel era un asunto que solo me concernía a mí, y nadie más que yo tenía que bregar con el misterio, puesto que si aquellos reflejos hubieran sido vistos por los demás ellos también se habría vistos involucrados en el enigma. La realidad de quienes me acompañaban no había sido alterada, y siguió -y aún sigue- siendo así.

 

A partir de ese momento las “visiones” fueron acrecentándose de forma exponencial, puesto que toda superficie reflectaste, por poco que fuera, me devolvía distintos tipos de reflejos…

 

 

En el esférico cristal de su reloj de pulsera, ni delante ni detrás del segundero y el minutero: un hombre portando unas curiosas gafas parecía manipular, con el rostro serio y la punta de su lengua ligeramente inclinada hacia arriba, asomando entre los labios, pequeños objetos delicados, con pulso de cirujano.

 

En esas bandejas plateadas que los camareros usaban para servir lo que los clientes piden, pero no en cualquier momento sino justo en el cual el camarero llevaba ese pedazo de metal pulido bajo el brazo, pegado al cuerpo, es entonces cuando se divisaba en su circular forma, como al mirar por un ojo de buey: unas veces sombras, veladas por el humo, de hombres uniformados que corrían sosteniendo todo tipo de armamento entre sus temblorosas manos; otras veces eran inmensos seres unicelulares llenos de apéndices que perseguían, rodeaban y engullían a pequeños organismos; a veces solo se divisaban interminables hileras de cruces junto a caminos o muros; otras se oteaban montañas donde el eco devolvía alaridos interminables, y otras veces, las que menos, era visible un espacio ilimitado, moteado de pequeñas y titilantes perlas, donde se oía algo así como un silencio oscuro, sideral. 

 

En los espejos de los cuartos de baño, en todos sin excepción, seguía viendo al mismo hombre de su primera visión, en el mismo lugar: solo que todo era oscuridad, y nada más se veía “del otro lado” que aquello que su habitante iluminaba con la luz de una vela.

 

En la superficie de ríos, pozas, lagunas y charcos: nada fuera de lo normal, puesto que todo reflejo de la Naturaleza es ya de por sí sorprendente, siempre, para todo aquel que se detiene a contemplarlo.

 

 

Las visiones me atraparon, me consumieron. No podía hacer otra cosa que prestarles toda mi atención. En una ocasión, Geo y nuestros amigos llegaron a preguntarme si me sucedía algo, a lo que yo respondí, con una mentira piadosa, que tenía un ligero dolor de cabeza. En las curvas de las botellas de cristal, en el fondo cóncavo de las cucharas, en los zarcillos de las mujeres, en las pantallas dormidas de los teléfonos móviles, fuese donde fuese, aunque el mirar fuera fugaz, cosa de una décima de segundo, todo reflejo era inaudito y las imágenes que las superficies me devolvían eran extrañas, inquietantes. Obsesionado, rozando el paroxismo, decidí tomar apuntes sobre las escenas que recordaba y las que estarían por venir.

 

 

En la noche, desde la cama del hotel, la luz de la luna, esa luz que baña en tonos azuces los cristales de las ventanas, proyectaba un reflejo lechoso que siempre repetía la misma imagen, sobre cualquier cristal de cualquier ventana, en cualquier perspectiva: siempre el instante atrapado de una mujer atrapada en un inmenso cráter rodeado por cuestas de arena finísima.

 

De día, en el reflejo producido por el sol, en esas mismas ventanas: otra vez la duna, solo que la mujer ya no estaba.

 

En los espejos de los cuartos de baño, en todos, seguía aquel hombre con su vela: se acercaba al cristal e iluminaba, aquí y allá, palabros que no tenían sentido alguno, “aritnem, odadiuc, sojepse…”

 

Sobre las hebillas metálicas de cinturones y bolsos: estómagos llenos de sensores, chispas, luces LEDs y ramilletes de cables. 

 

En los cristales de las gafas de Geo, y en las gafas de los demás: por las lentes del lado derecho se veían caritas de niños recién nacidos, con la piel purpúrea y los ojos completamente negros, y por las del lado izquierdo se observaban rostros de ancianos recién dormidos.

 

En el mármol de las estatuas, sobre estómagos, codos, hombros, glúteos u ombligos, en las crestas iliacas, rodillas, tobillos: barras de hierro, mendrugos de pan, manchas, arañazos y pequeñas ventanas con barras de hierro y mendrugos de pan y manchas y arañazos…

 

 

Durante los cinco días que duró nuestro recorrido por los Cárpatos, mi libreta se llenó de notas, ¡llegué a completar hasta los márgenes de las hojas, e incluso las solapas, la portada y la contraportada! Fueron cientos de visiones las que mis ojos contemplaron, pero, ¿qué sentido tenían?, ¿qué querían decirme esos reflejos? ¿Me estaba volviendo loco? ¿Me estaban volviendo loco?

 

De regreso a Bucarest, mientras Geo conducía y el resto dormitaba -con la astuta intención de hacer el trayecto más corto- yo anduve poniendo en orden las notas de mi libreta. Hasta que, de pronto, descubrí un patrón que se repetía una y otra vez, dependiendo del tipo de superficie y su poder reflectante…

 

Estaba claro que las visiones se agrupaban en función de los objetos, y que lo que estos reproducían tenía una clara relación, pero nada más pude deducir.

 

 

IV

 

El último día de nuestra estancia en Rumanía lo pasamos nuevamente en Bucarest, ya que el avión salía del aeropuerto de la ciudad esa misma noche. Con todo preparado para nuestra vuelta a casa, decidimos regresar al centro de la ciudad, visitar algunos lugares que nos habían quedado pendientes y, de paso, cenar algo antes de ir hacia el aeropuerto. 

 

Para cerrar el círculo, y no por casualidad -pues fui yo quien lo propuso- volvimos al mismo restaurante del primer día. Poco después de que un camarero nos proporcionase mesa para cuatro, tras pedir la bebida, quise ausentarme para ir al baño. Pero justo en ese momento la huesuda mano de un anciano me agarró del hombro, tímidamente, y con su otra mano puso ante mí tres libritos idénticos, de portadas azules, en las que estaba bordado, con hilos dorados, el mismo nombre en los tres volúmenes: Ovidio.

 

Fue Geo la que tradujo las palabras del anciano. Resultó que el hombre iba vendiendo aquellos libritos con la intención de ganar unas monedas, las cuales emplearían su mujer y él para llenar el estómago esa misma noche.

 

El anciano, con su larguísimo dedo indice, dirigió nuestra atención al otro lado de la calle, donde una señora muy delgada, de rostro arrugado y ancha sonrisa, esperaba sentada sobre la acera, acariciando con ternura los frágiles pétalos de una margarita que llevaba prendida en su gorrito granate. 

 

Ninguno de los presentes, pues, dudamos en sacar nuestras carteras, solo que a ninguno nos quedaba dinero en metálico. Aunque yo, ¡casualidades de la vida!, en un compartimento que nunca suelo utilizar para el dinero, encontré un par de billetes de valor irrisorio. Pero Geo me dijo que el anciano vendía los tres volúmenes juntos, no por separado, pues, según el octogenario, las obras completas de un poeta no pueden ser desmembrados como si fuese ganado, y el hombre no podía cometer semejante oprobio hacia el escritor romano. Veinte leus era todo el dinero que teníamos en ese momento, y esa suma apenas alcanzaba para adquirir ni un solo volumen.

 

El hombre entendió nuestra situación, nos regaló una sonrisa y se despidió de nosotros agachando ligeramente la cabeza. Luego siguió, mesa por mesa, ofreciendo los escritos de Virgilio al resto de comensales. 

 

¿Qué fue lo que me hizo levantarme e ir en su busca? Supongo que aquello que nos conmueve a todos ante semejantes situaciones. El anciano no consiguió vender los libros y salió del restaurante, cruzó la calle, como buenamente pudo ayudó a su esposa a levantarse y, lentamente, ambos, de la mano, pusieron rumbo a otra parte. No me costó alcanzarlos. Geo me acompañó y volvió a ejercer de intérprete:

 

—¡Espere, buen hombre! Tome —y coloqué sobre sus manos los dos billetes.

—¡Muchas gracias! — respondió efusivamente el anciano—. Haga el favor, llévese el primer tomo, es usted una buena persona, lléveselo, estoy seguro de que Ovidio lo hubiese entendido.

 

Yo decliné el regalo. El hombre insistió. Su esposa no dijo nada, solo sonreía. Geo tradujo. Yo volví a rechazar el libro y el anciano volvió a insistir. A su lado una sonrisa. Geo continuó traduciendo y mediando, y así anduvimos durante un tiempo, hasta que la anciana interpuso su sonrisa entre su marido y mi persona, abrió su hatillo, hurgó a tientas, y sacó del interior un pequeño icono donde se encontraba representada la Virgen María con su hijo en brazos.

 

—Al menos llévese este obsequio —me dijo—. No es gran cosa, ya lo sé, pero me entretengo mucho pintándolos.

 

Geo me miró a los ojos; ni siquiera tuvo que traducir las palabras de la mujer para que yo entendiese. Aceptamos, dimos las gracias y volvimos al restaurante.

 

Luego, tras aquella situación del todo inesperada, después de contarles a nuestros amigos lo sucedido con la adorable pareja de ancianos… Recuperé —he de confesar que con algo menos de  interés— la idea que me había llevado a elegir el mismo restaurante del primera día.

 

Fui al baño.

 

Entré despacio, como si temiera el encuentro con aquel hombre “del otro lado”. Un chico joven, vestido completamente de blanco -era uno de los cocineros-, me saludó mientras se lavaba las manos; luego se marchó y me quedé solo. No pude resistir la tentación y, en cuanto la puerta de salida se cerró, clavé mis ojos sobre el espejo. 

 

A estas alturas del cuento, si este fuera un cuento de verdad, cualquiera diría que en el espejo del cuarto de baño debería estar la clave de la historia, un desenlace más o menos trabajado, sorprendente… Pero no. 

 

La verdad es que no sucedió nada extraordinario, salvo que, como sucedió la primera vez, la luz se apagó y, un segundo después, volvió a encenderse.

 

Luego regresé a la mesa, terminamos de comer, cogimos un taxi hasta el aeropuerto y tomamos el avión con una hora de retraso. Durante el vuelo intenté con todas mis fuerzas no quedarme dormido para no soñar… pero no lo conseguí. Y soñé, soñé que por uno de mis cientos de lunares asomaban las antenas de una hormiga pequeñísima, después sacaba la cabeza y el resto del cuerpo; tras ella apareció otra hormiga, y luego otra y otra más; una fila de insectos transitaba la topografía de mi cuerpo, desde el antebrazo derecho hasta  el hombro izquierdo; finalmente, la hormiga que encabezaba la marcha se introdujo por otro lunar y, como si tuviese el poder de teletransportarse, reapareció muy cerca de mi ombligo.

 

Llegamos a casa muy tarde.

—Pobre —me dijo Geo, ya metidos en la cama, con las luces apagadas, justo antes de darme las buenas noches—, al final no has conseguido el espejo que buscabas.

—No —respondí—, pero no pasa nada, ya no tengo esa necesidad. Se fue…

—Hasta mañana.

—Buenas noches.

 

V

Han pasado más de veinte años de aquel viaje a Rumanía. He conservado con asombrosa exactitud         -gracias quizás a mis libretas de viaje- todos y cada uno de los recuerdos narrados más arriba. De vez en cuando me da por revisar apuntes de hace tiempo, y siempre que releo los recogidos en aquella ocasión me parecen de sumo interes como para construir una buena historia, pero, por alguna razón, nunca he llegado a recuperarlos. 

 

Hoy ha llegado ese momento, ahora sí puedo colocar la pieza que faltaba: he encontrado el final de la historia; sí, por suerte para mí -y para ti también, lector- esta misma mañana me ha sucedido algo completamente inesperado, y gracias a semejante suceso he podido poner punto y final a este relato, y por ende ahora usted lo tiene ante sus ojos, si es que he conseguido mantener su interés hasta esta línea. 

 

El caso es que ayer por la noche comencé a leer una antología de relatos en la cual el tema central gira en torno al espejo. Y esta misma mañana he vuelto a revisar mi libreta de notas, he comenzado a revivir aquel viaje inolvidable, recordando el sueño del avión, el primer encuentro con el hombre “del otro lado” en al baño del restaurante, la necesidad de encontrar y comprar un espejo, las visiones en los relojes, las bandejas, los cristales. Y ha sido al rememorar la escena de la pareja de ancianos, cuando he recordado aquel icono de la virgen María y su hijo que la mujer de sonrisa lunada me regaló. He dejado el cuaderno de notas sobre la mesa y he dedicado buena parte de la mañana a buscar el cuadrito por todas partes. ¡Han pasado tantos años que no recordaba dónde lo había colgado! He mirado en mi estudio, en el salón, por los pasillos, en el dormitorio, la biblioteca, el taller de Geo. No lo he encontrado. 

 

Antes de salir a dar un paseo con los perros por el parque he decidido darme una ducha, y ha sido en el cuarto de baño, mientras observaba mi cuello en el espejo para no cortarme con la cuchilla, colgado en un rinconcito de la pared, donde he hallado el icono. 

 

Una pátina negruzca había cubierto su superficie casi por completo; tan solo eran visibles los ojos azules de la madre de Dios, unos ojos de mirada intensa, desgarradora y profunda. Al limpiar la superficie con una toalla, bajo la capa de hongos, no ha aparecido el resto del icono, sino un espejo. 

 

Se me ha erizado el vello de todo el cuerpo, las hormigas de mi sueño han despertado de su letargo y han corrido por todos los túneles que conforman mi cuerpo. He sostenido el espejito entre mis temblorosas manos y he mirado sobre su superficie, he contemplado mi imagen durante unos segundos, mi cuerpo empapado, el pelo despeinado, mis facciones algo arrugadas… Entonces, al enfrentar los reflejos, a través de los espejos he vislumbrado mi espalda llena de lunares, mi nuca, mis caderas, ¡qué extraña sensación!, mi propio envés se proyectaba en una habitación paralela. Pero luego he descubierto que no solo existía otro yo en otro cuarto, sino que mis yoes y las habitaciones en las que estos se encontraban eran infinitos, se multiplicaban y se distanciaban los unos de los otros en oposición, duplicándose en un pasillo interminable. He cerrado los ojos durante unos segundos…

  

Solo eran visibles dos pupilas, y luego una, una sola pupila, un solo orificio, profundo, oscuro y absoluto; tiempo después una luz tibia y rosada ha iluminado las carnosas paredes del vacío; redonda, una hermosa esfera se ha dividido por su justo centro en dos mitades, la una idéntica a la otra; a continuación, las dos esferas han crecido hasta asemejarse en tamaño y forma a la original, e inmediatamente después se han vuelto a dividir. Gritos y quejidos, muchos y todos femeninos; seguidamente llantos agudos. Cientos, miles de criaturas recién llegadas a este mundo, provenientes de la Nada, todas iguales, pero todas distintas; diminutas, frágiles y desorientadas, seres que callan cuando son acunados, al sentirse a resguardo en el regazo de quienes les protegen. Pares de ojos que, bajo el abrigo de los párpados, tímidamente sienten la necesidad de reconocer aquello que está al otro lado de ellos mismos. Risa y sonrisa vienen juntas: dentro se imita lo que viene de fuera. Los sentidos se desarrollan con admirable celeridad. Miedo, frío, alegría, tristeza, amor, calor, amistad, dolor… Sentimientos. Empatía. Pero no hay candidez que diez años dure. Como aquella profunda oscuridad, las costuras del mundo se rasgan y la realidad, que solo constaba de familia, casa y jardín, ahora se expande y se descubre un cegador Universo hostil e inabarcable, a la par que hipnótico y asombroso. Como aquella esfera, miles, millones de seres salidos del mismo molde, pero aun así todos distintos; piezas que comparten el mismo tablero, almas anónimas que se cruzan y desconocen, o se encuentran, se descubren y se unen para un rato o para siempre, o al poco tiempo se cansan las unas de las otras y terminan separándose, o sin llegar a conocerse se repelen de por vida… hombres y mujeres que hacen el amor o la guerra, que se quieren o se odian, que se veneran o se desprecian, se salvan o se destruyen o se extinguen, se deforman, se transforman… Una extraña y lejana refracción, como venida de otro tiempo y otro espacio, trae consigo la voz de un poeta:“Viven en nosotros innúmeros”, versos a los que la voz de una poetísa añade: Nada sucede dos veces, no es el mismo ningún día, no hay dos besos que se repitan”. Un mundo, pues, lleno de mundos, una realidad que se deconstruye en pequeñas realidades, vidas que son todas iguales, pero todas distintas. Patrones, arquetipos, semejanzas… destellos, aquí y allá, de hombres que se parecen a otros hombres, por que tienen el mismo color y el mismo corte de pelo, las orejas igual de despegadas, exacto color de ojos, idéntica forma de andar; mujeres de facciones similares, igual de altas o bajas, con los mismos bolsos al hombro y las mismas sortijas; se perciben melodías semejantes en composiciones escritas con siglos de diferencia; se relatan los mismos mitos con héroes y diosas de nombres distintos; separados por miles de kilómetros, dos matemáticos descubre la misma fórmula a la vez… El hombre ve en el otro todo defecto que para sí mismo rechaza, y toda virtud que envidia por carecer de ella; de la alegría de los otros se hace partícipe, y en la muerte de estos ve su propia muerte… 

 

Un breve fulgor, como el sol que rige un sistema, se alza ahora sobre el apabullante mosaico de esta efímera existencia que es nuestra humanidad, y tú y yo, nosotros, teselas de vidrio, piedra o cerámica, todas iguales pero distintas, nos vemos reflejados en las otros, sin comprender que aquello que vemos no es otra cosa que una imagen distorsionada de nosotros mismos.

 

Mis ojos… los he abierto, me he contemplado fijamente, y como un pulso he mantenido mi mirada sobre el otro, y poco a poco he ido acercándome al espejo, lentamente, hasta que mi mirada se ha encontrado, se ha unido con su propia reflexión.

 

Julio de 2018

 

 

 

 

 

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