Portofolio

 Hector Gibanel

 Como hicieran los pintores antropocentristas del Cinquecento, mi atención recae, casi por completo, sobre el sujeto humano, pero exonerado de la desmesurada exaltación humanista, del fasto y dignidad espiritual con que lo dotaran los renacentistas. 

La completa gratuidad del absurdo, la contingencia de la pobre existencia humana, la fatalidad que rige esta gusanera a la que llamamos sociedad, la cual se encamina, sin apenas sospecharlo, hacia su término mientras agoniza y parlotea: todo ello es fuente de inspiración para mí. Donde antes podía contemplarse La schiavona, puede verse ahora un insignificante obrero, marginados empoderándose del primer plano, retratos de personas anónimas, transidas de tormentos y acuciadas por insegurida-des; la personificación de una enfermedad o autorretratos que propalan mis más profun-das obsesiones, surgidos de una necesidad interna, de una incesante búsqueda entre ge-midos, de un profundo y esencial malestar existencial. Lo que me llama la atención son los casos particulares, la angustia y las incertidumbres, en otras palabras, las historias de vastas soledades, ya que no somos más que eso; en el mejor de los casos, soledades abo-rregadas. 

Exomologesis sin esperanzas de hallar consuelo o salvación en las filípicas de un ser divino, kénosis atea que no aspira sino a elevar sobre la podre los jirones que quedan de nuestro ser; ésta es la única finalidad del arte: exorcismo y arte son indivisibles, uno no se entiende sin el otro. Incapaz de divisar un mundo futuro mejor, revolcándome en la hez de las cosas, me extralimito a mostrar ciertas facetas de nuestro mundo agónico y crepuscular de las que quisiéramos evadirnos furtivamente. El «no», la «negación», se opera sobre el ser de la realidad. Así, pues, la superabundancia matérica con la que están hechos mis óleos expresan ese hartazgo cósmico convertido en prurito y fiebre, ese empacho de realidad que produce este mundo medroso —cuyo rematado es harto discutible—, en otras palabras, el recalcitrante espesor del ser. Considero que el trazo, junto con la abstracción del color, es el vehículo para expresar las emociones. 

Como colofón, bastará hacer saber que nunca me satisfizo hacer «bien» las cosas, ceñirme a los cánones establecidos, ser un besamanos. Soy el «Espíritu que Niega». Lo que pretendo es quebrantar todas las reglas que impone el academicismo del que he sido víctima; tomar la realidad sólo para hacerla trizas, deconstruir, estragar mi lenguaje artístico. En una palabra: hacer lo que me dé la gana. Mezcla de necesidad y de capricho. 

 

 

 

 

 

 

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