logo_blog_ensayo.jpg 


AQUÍ SE HUNDIÓ LA ATLÁNTIDA


Oscar Mariscal

La gran isla o continente de la Atlántida, que según Platón existió en el océano Atlántico “más allá de las columnas de Hércules”, era una tierra fecunda bendecida con una exuberante vegetación y ricos yacimientos de minerales y metales preciosos. Su poderío marítimo era enorme, y por canales que surcaban todo el país, eran las flotas conducidas hasta los puertos interiores de magníficas ciudades con palacios y templos sin parangón contemporáneo. En el centro mismo de la isla, sobre la cima de una pequeña colina, se elevaba un santuario consagrado a Clíto y a Neptuno: “lugar imponente rodeado de una muralla de oro”. Mas los atlantes, aun gozando de un alto nivel científico y cultural, se pervirtieron de tal modo que Júpiter, irritado con sus crímenes, resolvió castigarlos y una horrible convulsión abismó toda la isla –“en un día y una noche terriblemente penosa”– en el fondo del océano.


“Teniendo en cuenta que la Atlántida ha sido imaginada e interpretada de modo diferente por cada pueblo –escriben L. Sprague de Camp y Willy Ley–, no es extraño que sea enorme el número de libros y folletos que se han publicado sobre el tema. Según un cálculo verificado en 1938, una biblioteca dedicada sólo a obras sobre la Atlántida tendría alrededor de unos 1.700 títulos, y es de suponer que ese número haya aumentado desde entonces”.


Los autores de dichas obras –el 97% de las cuales fueron escritas en los siglos XIX y XX– han aportado diversas “evidencias” de la existencia de la isla de Platón en diferentes emplazamientos, incluyendo el testimonio de autores clásicos, las antiguas tradiciones de ciertos pueblos y las leyendas arcaicas sobre un diluvio universal, la distribución de la fauna y la flora a ambas orillas del Atlántico, las semejanzas de lenguaje y tipo etnográfico, similitudes arquitectónicas, de creencias y ritos religiosos entre las culturas egipcia y mesoamericana, y hasta sondeos de las profundidades oceánicas.

pedro_de_novo.jpg

De entre los muchos autores españoles e hispanoamericanos que han tratado esta cuestión: Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557), Bartolomé de las Casas (1484-1566), Francisco López de Gómara (1511-1566), Agustín de Zárate (1514-1560)… y ya en el siglo XX José de la Riva-Agüero y Osma (1885-1944), José Imbelloni (1885-1967) y Armando Vivante (1910-?), Ida Rodríguez Prampolini (nacida en 1925), etc., he ido a fijarme en el historiador, poeta y dramaturgo gaditano Pedro de Novo y Colson, teniente de navío y contralmirante de la Armada Española, académico de la Real de la Historia y numerario de la Real de la Lengua desde 1915, cuya insólita memoria sobre la Atlántida, leída en la reunión de la Sociedad Geográfica de Madrid el 15 de abril de 1879 –posteriormente editada como apéndice de su obra Sobre los viajes apócrifos de Juan de Fuca y de Lorenzo Ferrer Maldonado–, se reproduce en las páginas siguientes.


El autor de “Última teoría sobre la Atlántida”, empieza por confesar su deuda con la obra del historiador francés Paul Louis Jacques Gaffarel (1843-1920), Etude sur les rapports de l’Amérique et de l’ancien continent avant Christophe Colomb (1869) –“la más moderna y sin duda alguna la que con más erudición, profundidad, buen sentido y mejor sistema, ha disertado sobre todo lo que concierne a la Atlántida”–, para “luego que haya sembrado su atractivo poderoso en muchos ánimos, aventurar yo mis argumentos”.


Gaffarel explica las semejanzas existentes en materia lingüística, religiosa, arquitectónica, de costumbres, etc. entre americanos, íberos, etruscos y egipcios, por la existencia de la Atlántida, cuyo extremo occidental habría tocado el Nuevo Mundo y el oriental Europa y África. Por el contrario de Novo, apoyándose en sus vastos conocimientos de oceanografía geológica, se inclina a creer que estuvo donde se hallan hoy las Azores, y que su superficie no excedía de las 16.000 leguas cuadradas que mide el gran banco sobre el cual se asientan dichas islas: “esa inmensa superficie del océano que limitan las Azores, las Canarias y las Antillas (…) no es una planicie de poco fondo como supone P. Gaffarel (…); por el contrario, sitios abarca y muy extensos, donde se leen las mayores profundidades”.


El autor gaditano aventuró otra proposición original: “egipcios, íberos y etruscos fueron pueblos originarios de la Atlántida, y los atlantes a su vez, fueron originarios de la América”… Una afirmación que invierte el flujo de gentes planteado por los “atlantólogos” de la escuela difusionista que lo sucedieron, entre los que conviene citar a los siguientes:


Ignatius Donnelly (1831-1901), cuya obra Atlantis: The Antediluvian World (1882) ha tenido –a decir de Charles Berlitz–, una influencia enorme en los estudios realizados en esta materia a pesar de sus frecuentes errores y entusiastas exageraciones, sostiene con Gaffarel que la Atlántida “se extendía, a través de las islas contiguas, hasta una distancia de 390 Km de la costa de Europa por un lado y por el otro casi tocaba las islas de las Indias Occidentales, mientras que por intermedio de sus cadenas montañosas realizaba la unión de Brasil y África”.


Elena M. Whishaw (1857-1937), conocida en Huelva como “la inglesa de Niebla”, se opuso en su Atlantis in Spain (1928) a Adolf Schulten (1870-1960) y otros investigadores alemanes, que sostenían que la propia Tartessos fue el origen de la leyenda atlántica; la señora Whishaw creía que Tartessos era una colonia de la verdadera Atlántida: “Mi teoría es que el relato de Platón ha sido corroborado en todas sus partes por lo que hemos encontrado aquí, incluso el nombre atlántico de su hijo Gadir, que heredó aquella parte del reino de Poseidón que se encuentra más allá de las columnas de Hércules y que gobernó en Gades (Cádiz)”… “No la Gades fenicia –escribió Pedro de Novo cincuenta años antes–, sino la que conocemos desde niños los hijos de este pueblo por tradición, y porque al pié mismo de sus murallas se descubren aún rotas columnas y labradas ruinas”.

Drlewis.gif


Lewis Spence (1874-1955), periodista y folclorista escocés que escribió cinco libros sobre la Atlántida entre 1924 y 1942 –The problem of Atlantis, Atlantis in America, The History of Atlantis, The Occult Sciences in Atlantis y The Atlantis of Plato–, sostuvo que no existió una isla-continente sino dos: una en el lugar señalado por Platón (Atlantis) y otra en los alrededores del actual mar de los Sargazos (Antillia), que se hundieron tras una serie de cataclismos espaciados en el tiempo, tal y como afirmara William Scott-Elliot (18??-1930) en su Historia de los atlantes (1896)(2): “La destrucción de la Atlántida se realizó por una serie de catástrofes cuyo carácter varió desde los grandes cataclismos en que perecieron poblaciones y territorios enteras, hasta los hundimientos de terreno, relativamente sin importancia e iguales a los que hoy suceden en nuestras costas”… información que obtuvo por el método de la “clarividencia astral”, que según la teosofía no tiene límite en las investigaciones referentes a la historia pasada, siendo como es la “memoria de la Naturaleza” infaliblemente exacta y de una minuciosidad inagotable.


Grosso modo, Spence continuó la tarea donde Donnelly la dejó, pero “rebajando” en cierta forma la Atlántida a una civilización de “la edad de piedra”:


“Debemos en primer lugar, imaginarnos la Atlántida, una isla del tamaño de Australia, como el asiento de una gran civilización prehistórica con aspiraciones muy ambiciosas. Una raza con unas cualidades físicas como el mundo no había visto hasta entonces. Ayudados de sus herramientas de sílex y de su genio peculiar lograron, en las condiciones de un entorno felizmente libre de los hielos del pleistoceno, desarrollar una notable cultura artística unos 23.000 años o más antes de nuestra era. Celebraron ceremonias religiosas en grandes cuevas decoradas con elaboradas representaciones pictóricas de sus dioses semihumanos, adicionalmente embellecidas con bajorrelieves e ídolos de piedra. Su vida pública se organizó alrededor de estas cuevas templo, en torno a las cuales construyeron chozas y pequeñas casas de piedra o de adobe.


Entonces, hace unos 22.000 años, su isla se ve afectada por una gran conmoción telúrica a resultas de la cual emergen diversas porciones de tierra; una masa de aterrorizados isleños se desplaza hacia el continente europeo a través de este puente de tierra. Unos 14.000 años antes de nuestra era, acaece un segundo cataclismo que empuja a un gran número de atlantes (magdalenienses) a huir a suelo europeo.


Aproximadamente unos 3.500 años más tarde, Poseidón y sus ‘protoíberos azilienses’ invaden la Atlántida procedentes del norte de África. Poseidón se hace con el señorío de la isla de la Atlántida y se casa con una mujer nativa. Excava grandes canales y erige un templo sobre una colina; educa a su progenie de gemelos, que posteriormente gobiernan la isla principal y las circundantes, y funda una casta sacerdotal y un sistema religioso basado en su persona y en el culto a los antepasados” (The History of Atlantis, 1927).


* * * *


Pedro de Novo y Colson nació en octubre de 1846 en Cádiz, la misma ciudad en la que fallecería ochenta y cinco años después; a los dieciséis años ingresó en el Colegio Naval Militar, lanzándose luego a la aventura oceánica e interviniendo en numerosas acciones en tierras del Nuevo Mundo y del extremo oriente. Entresaco los siguientes fragmentos de un artículo de Juan Egea Rodríguez, aparecido en la Hoja del Lunes de Cádiz el 23 de abril de 1979:
“Pedro de Novo era un escritor, pero más aún sentía a la Marina dentro de su alma. Por ello, esta interrelación entre su vida dedicada al cumplimiento del deber y su obra con fuentes en este mismo deber.


A Novo le subyuga el mar y le entusiasman las acciones de los héroes que escribieron páginas de gloria sirviendo a la navegación en todas sus facetas. Y a este respecto cabe reseñar algunos títulos famosos: Sobre los viajes apócrifos de Juan de Fuca y de Lorenzo Ferrer Maldonado (1881), Historia de la guerra de España en el Pacifico (1882), Historia de las exploraciones árticas hechas en busca del paso del Nordeste (1882), Estudio crítico sobre las escuadras europeas (1888). Y desempolva de los archivos, con un magnífico prólogo, una obra sensacional: Viaje político-científico alrededor del mundo de las corbetas Descubierta y Atrevida al mando de los capitanes de navío D. Alejandro Malaspina y D. José de Bustamante y Guerra, desde 1789 a 1794, de tan largo título como sustancioso contenido.


También escribe una novela histórica: Un marino del siglo XIX o Paseo científico por el océano (1882). Y como poeta lírico, su oda a Juan Sebastián Elcano es premiada por la Academia Española, por la rima y ritmo de las estrofas, por la profundidad de los conceptos y la humanidad del personaje. Recitada por Novo en el Paraninfo de la Universidad Complutense obtuvo un triunfo rotundo.


Destaca como autor dramático y presenta una nómina de títulos que representaron grandes éxitos: Vasco Núñez de Balboa, drama en verso; La bofetada, que estuvo más de treinta noches en cartel; La manta del caballo; Corazón de hombre, donde defiende el divorcio y Hombre de corazón, en la que aboga por la indisolubilidad del matrimonio, mostrándose como un sofista consumado. También: Un archimillonario, Altezas del honor, El pródigo, La presa del león. Cultivó asimismo la zarzuela: Todo para ella y Los garrochistas, con música de Chapí y de Viniegra respectivamente. Estado y marina y Una hora en la terraza”.


Óscar Mariscal


ÚLTIMA TEORÍA SOBRE LA ATLÁNTIDA
Teniente de Navío D. Pedro de Novo y Colson
Disertación leída en la reunión de la Sociedad Geográfica de Madrid el 15 de abril de 1879.


SEÑORES:
No puedo menos de asombrarme ante las conquistas que en muy breve período ha realizado la ciencia geográfica. La importancia de esta ciencia crece y se desarrolla con no menos impulso que sus hermanas, merced al sabio, al explorador y al mártir, que le consagran sus trabajos, sus investigadores espíritus y muchas veces hasta la vida. Igualmente las naciones ponen el sello a su cultura fomentando esta ciencia, y las Sociedades Geográficas revelan con arreglo a su esplendor y grandeza propias, el grado de ilustración y progreso de que gozan sus patrias respectivas. Porque, ¿quién ignora que la geografía de este siglo se extiende y abarca todas las ciencias? Ya no parte el explorador a través de los bosques y desiertos, ganoso de guerreros triunfos ni de ricos botines; ya el osado navegante no busca en lejanas playas el oro de sus arenas ni las perlas de sus rocas.


Hoy el viajero de mar y tierra, tan audaz como el de otros tiempos, pero mucho más humano y más profundo, penetra en las selvas vírgenes o en los círculos polares para rasgar nuevos velos a la naturaleza, para descubrir nuevos arcanos, para enriquecer, en fin, las páginas de la geografía. Y el geólogo, el físico, el botánico, el historiador, el arqueólogo y el estadista vivamente interesados, acuden a escuchar de boca del sabio explorador cuando vuelve de sus viajes, todo lo que a sus propias ciencias se refiere. Las Sociedades Geográficas son, pues, los centros donde se agrupan todos los hombres dedicados a muy diversos estudios, y por eso repito que deben ser consideradas como el mejor barómetro de la cultura y progreso de las naciones.


He dicho que causan admiración las conquistas que en muy breve tiempo ha realizado la geografía, pero también asombra el gran número de problemas que quedan por resolver. Estos problemas pueden dividirse en dos géneros enteramente distintos. Los unos de segura solución para el porvenir más o menos lejano, y los otros de solución quizás eternamente dudosa. Con los primeros me refiero a los descubrimientos emprendidos, pero no terminados del centro de África, del paso del N.O. del mar libre Boreal, etc., y con los segundos hago indicación de sucesos importantísimos (no menos para la geografía que para la historia), los cuales acaecidos en épocas muy remotas, han llegado a nuestra noticia envueltos en la oscuridad de las tradiciones, y muy debatidos hasta hoy, pero sin solución alguna positiva. El más debatido, curioso é importante de estos problemas, es el que trata de la real o fabulosa existencia de la isla llamada Atlántida. No hay ejemplo en la geografía de más encontrados pareceres y opuestas hipótesis.


Así es que después de estudiarlas todas, queda la duda en pié y el ánimo perplejo, aunque poseído de una inexplicable tristeza o agitación extraña, no muy distinta que la del juez obligado a fallar, oídas ambas partes, y sin exacto convencimiento de cuál tiene razón.


El geógrafo de este siglo, acostumbrado a grandes investigaciones, no debía conformarse con añadir a tan bello asunto una hipótesis más; esto fuera poco honroso, hoy que la geología y la física le ofrecen poderosa ayuda para estudios suficientemente amplios y profundos que le podían conducir a una solución definitiva de este problema. ¿Existió la Atlántida o no? Si existió, ¿qué parte del globo ocupaba? ¿Cuál era su superficie? ¿Cuál la raza de sus habitantes? ¿Cuáles, en fin, su civilización, costumbres, etc.?


Pero, ¿acaso es digno de tan grande interés el conocimiento exacto de lo que fue la famosa Atlántida? Conviene recordar aquí al ilustrado auditorio, las versiones y noticias que tenemos sobre esta isla o continente, desaparecido bajo las aguas desde hace miles de años, y no dudo que entonces los menos predispuestos a retrospectivas indagaciones, ambicionaran para su patria la gloria de descifrar este misterio geográfico. Según el filósofo griego llamado Aristocles, y universalmente conocido por Platón, no muy lejos y enfrente del estrecho de Hércules, se hallaba en tiempos remotísimos una gran isla mayor tal vez que el África y Europa, cuyo fértil suelo, templado clima, frondosos bosques y ricos metales, preciosos dones todos de la Providencia, hermanaban con los menos preciosos que el espíritu humano había sabido derramar sobre aquel país; tales eran su comercio floreciente, su patriarcal gobierno, su sabía organización y verdadero culto por las ciencias y las artes.


Hallábase la isla dividida en diez comarcas cuyos reyes gobernaban con independencia, pero sujetos a una estrecha alianza para hacer la guerra contra extranjeras naciones, así como también estaban coaligados para mantener entre ellos una paz inquebrantable. Gracias a ésta y a otras muchas cláusulas juiciosas, lograron alcanzar los atlantes –que así se llamaban– la más firme riqueza y alto prestigio en lo interior de sus reinos, y en lo exterior consiguieron dominar con sus ejércitos y escuadras, las islas circunvecinas, todo el Sur de Europa hasta Tirrenia y la Libia y el Egipto; pero fueron rechazados por los atenienses, único pueblo que con su valor opuso un dique a las invasiones de aquellos guerreros. Platón añade, detallando el grado de civilización que habían alcanzado en Atlántida, que esta comarca estaba surcada por profundos canales que conducían fácilmente las flotas a través de las selvas y campiñas hasta la falda de suntuosas poblaciones, cuyos palacios y monumentos eran modelos de arquitectura, y cuyos gimnasios, hipódromos, templos y almacenes, no tenían rivales en el mundo. Durante muchos siglos, este dichoso país supo gozar de su fortuna, pero al cabo se entregó a los vicios, y quizás por castigo de los dioses sufrió un horrible terremoto que en una sola noche le sumergió entero bajo las aguas del Océano.


Doscientos años antes que Platón escribiese el Critias(1) y el Timeo, el legislador de Grecia, el sabio Solón, había comenzado un poema épico sobre las guerras que mantuvo su patria contra los atlantes, formidables enemigos llegados del Occidente; pero desde muchos siglos antes que naciera Solón, ya celebraban los atenienses, en una de sus fiestas, el recuerdo de las victorias obtenidas contra aquel gran imperio; y, en fin, hasta los sacerdotes egipcios de remotísima época, mencionaban a Atlántida, coincidiendo en el fondo sus noticias con las que Platón hizo públicas en sus célebres diálogos.


Además de los ligeramente expresados, son innumerables los geógrafos, historiadores y eruditos, que han discurrido sobre el mismo tema, suponiendo algunos fabuloso cuento todo lo que a los atlantes se refiere, indecisos otros en admitirlo o no como cosa verdadera, y otros, en fin, que son los más, convencidos de que una tradición tan bien conservada en diferentes países, y sostenida por tan varias autoridades, debe tener su fundamento en la realidad.

 

 

Entre los incrédulos o detractores más antiguos, citaré a Numenio y a Jámblico, de los cuales el primero era cristiano, y el segundo temible enemigo del cristianismo, lo que no impedía que fuesen ambos neoplatónicos, y que, con arreglo a las tendencias bien conocidas de esta secta filosófica, no viesen en la Atlántida de Platón sino parabólicas o místicas ficciones. Lo mismo decimos de Proclo y demás discípulos de la dicha escuela alejandrina, excepto, sin embargo, del célebre Filón y alguno otro. En la Edad Media no puedo hacer mención de ninguno cuya autoridad sea bastante, o cuyas negativas aduzcan pruebas siquiera vagas; pero en la época presente, me es necesario consignar los respetables nombres de Malte Brun, Niklés, Gosselin y Letronne, que consideran de todo punto fabulosa la existencia de la Atlántida.


Pasaré en silencio los que ni la niegan ni la afirman, para citar en compensación algunos de los innumerables que no han dudado jamás de ella, o que han aducido en su favor pruebas muy convincentes y argumentos muy sólidos. Sin embargo, no todos han sido razonables al interpretar el texto de Platón, pues olvidando que este filósofo colocaba la isla frente al estrecho de Hércules y en medio de un inmenso mar, el noruego Rudbeck pretende que la famosa Atlántida era la misma Noruega; otro escandinavo la supone en Palestina; el etimologista Letreille la finge en Persia y el alemán Kirchmaier la imagina en el centro del Sahara, cuando este desierto era un dilatado golfo: hipótesis que han logrado todas poca fortuna.


Pero me resta mencionar la más osada, emitida primero por Francisco López de Gomara, para quien la Atlántida no era sino el Nuevo Mundo. Con posterioridad a este español han afirmado lo mismo muy notables eruditos y geógrafos, y más adelante se verá que dichas hipótesis sobre América, sin embargo de ser inadmisibles, estaban basadas en lógicas razones y vehementes indicios de difícil refutación; indicios que sólo sirven hoy para robustecer la última de las teorías que conocemos sobre la Atlántida, y que cual digna hija del siglo XIX, se presenta al combate escudada, no con la fe y la tradición, sino con las luces de la ciencia; no con las galas de la fantasía, sino con el ropaje severo y majestuoso de la crítica moderna. Ya no se invoca la autoridad de los antiguos como argumento, ni como tales se aplican las vagas conjeturas.


Edme Mentelle, miembro fundador del Instituto de París, y poco más tarde Bory de Saint-Vincent, han deducido que la Atlántida ocupaba toda la extensión del Océano en que se hallan comprendidas las islas Azores, la Madeira, las Canarias y las de Cabo Verde, superficie tan considerable por lo menos como la mitad de Europa; pero esta teoría, la última que se ha emitido y la primera que, como he dicho antes, acude a la lucha sostenida por la ciencia y sancionada ya por muchos votos, con rubor lo confieso, señores, a la vez que me aclaraba mil dudas, abría en mi humilde pero libre criterio, el campo de otra teoría semejante en su principio, pero muy diferente en puntos capitales y relacionados con problemas muy debatidos de la historia geográfica.


Indeciso estaba y temeroso de mí mismo, cuando llegó a mis manos, gracias a la amabilidad del sabio geógrafo español Sr. Coello, una obra de Paul Gaffarel titulada Estudios sobre las relaciones de América y el antiguo Continente (1869), que es quizás la más moderna y sin duda alguna la que con más erudición, profundidad, buen sentido y mejor sistema, ha disertado sobre todo lo que concierne a la Atlántida. Es la teoría de P. Gaffarel muy semejante a la de Bory de Saint-Vincent, pero más perfecta, y reúne tal arte y brillantez, tanta gala de argumentación, tal tesoro de datos y tan irrebatibles testimonios, que después de estudiada su teoría, apenas quedan fuerzas para negarla ni aun para rebatirla. Esta será, sin embargo, la teoría, y éste el distinguido autor a quien con más fe que nunca me decido a refutar en ciertos puntos capitales. Séame, pues, permitido acometer la empresa, rogando antes a los señores que me escuchan, que no la consideren como un alarde de osadía, sino como el buen deseo de un humilde que contribuye con su óbolo, infinitesimal donativo, al engrandecimiento de la riqueza geográfica.


Creo que la forma más justa, leal y conveniente para conseguir mi objeto, debe ser la de desarrollar a grandes rasgos la teoría de P. Gaffarel, conservando su vigor científico, y luego que haya sembrado su atractivo poderoso en muchos ánimos, aventurar yo mis argumentos, que si entonces logran pareceros acertados, será indudable prueba de su verosimilitud.


Paul Gaffarel, después de copiar el texto de Platón y darnos una detallada noticia de todas las celebridades que se han ocupado de la Atlántida, comienza por aseverar que la desaparición bajo las aguas de una isla extensísima, es muy factible aun dentro de la época histórica: “en efecto, pueden citarse en la antigüedad”, dice el autor, “cataclismos que ofrecen grande analogía con el que sufrió la Atlántida. Prueba de ello cuando la Propóntide y el Ponto Euxino se enseñorearon sobre vastos llanos de la Europa y el Asia, y el mar se abrió una senda a través del Helesponto y del Quersoneso Címbrico; así como cuando separó la Sicilia de la Italia, Chipre de la Siria, Eubea de la Beocia, o bien sumergió a Hélice y Bura en el golfo de Corinto, la mayor parte de la isla de Cos y la mitad de Tindaris cercano a Mileto. El mar Negro se abrió comunicación con el Bósforo de Tracia, y el Caspio y el lago Aral también se comunicaron. Y en fin, en medio del mar Egeo se sumergió un Continente llamado Letonia”.


Todos estos fenómenos han ocurrido en la época histórica; pero aun en la época moderna cita el autor algunos otros que no reproduzco por ser de menos notoriedad que el ocurrido en la isla de Sumbawa, por ejemplo, cuando en 1815, a causa de un terremoto, sufrió alteración tan grande en un radio de trescientas leguas, que el suelo quedó cubierto por más de diez metros de agua, dejando en cambio completamente en seco los buques de alto bordo que estaban anclados en sus bahías; pereciendo, como era lógico, cerca de los ochenta mil habitantes que contenía aquella comarca. “No está, por tanto, en contradicción con las reglas de la crítica, que un cataclismo semejante pudo haber hecho desaparecer una isla o por lo menos una parte de ella, cuyas dimensiones quizá hayan sido exageradas. Varios sabios como Brosses, Forster, Dumont d’Urville, Broca, Moussy, etc., piensan que en otro tiempo existía un gran Continente en el mar Pacífico, determinado por los numerosos archipiélagos que hoy lo pueblan. Esta no es más que una hipótesis, pero muy legítima. Con mayor razón podía haber existido en el Océano Atlántico una gran isla, de la cual las Antillas y las Azores fueran hoy como los últimos testimonios. Un trastorno de tal magnitud, tal vez no pertenezca a la época histórica”, dice P. Gaffarel. Platón mismo lo fija como ocurrido nueve mil años antes que él naciera, pero esta no es una razón para negarlo.


El hombre antes del diluvio había logrado seguramente una civilización muy avanzada. Sin recurrir a los millares de siglos de la cronología india o china, los descubrimientos de J. Boucher de Perthes, los recientes trabajos de Lubbock, Morlot, Thunsen, Merillet, Lehon y los productos de la industria antediluviana expuestos en el palacio del Campo de Marte el año 1867, prueban que el hombre conocía las artes y había llegado ya a un grado de civilización muy notable antes del gran cataclismo que renovó su historia hace ya seis mil años.


Fundándose luego el autor en los testimonios geológicos que prueban que debió existir una fácil comunicación entre Europa y América después del nacimiento del hombre, anota la probabilidad de que aquella comunicación se realizase a través de un continente formado por las Azores, las Canarias y las Antillas, cuyo continente parece estar indicado en las mejores cartas de la cuenca o fondo del mar por una vasta llanura apenas cubierta de agua, dice P. Gaffarel, y la cual se halla circunscrita por el triángulo que forman los tres archipiélagos. “Este continente se ve contorneado por un rio marítimo, el ‘Gulf Stream’, que baña sus costas. ¿No estaría, pues, allí el sitio de la Atlántida?” Cita también en su apoyo el hecho bien sabido de que el mar de las Antillas y las vecinas tierras conservan la huella de un gigantesco trastorno que cambió el aspecto de esta parte del Nuevo Mundo en una época relativamente moderna; y no sólo por los estudios geológicos, sino por las tradiciones locales, se sabe que todo el archipiélago que en forma de semicírculo se extiende desde el Orinoco al Yucatán, esto es, desde la Trinidad a Cuba, son los restos de tierras sumergidas que componían parte del continente. Pasando después a las otras islas que subsisten aún en medio del Océano, como los últimos vestigios de la destruida Atlántida, indica las convulsiones volcánicas que se han manifestado en sus recintos o en sus límites, ocurriendo la más reciente el año 1867, cuando entre las islas Graciosa y Tercera de las Azores apareció un inmenso cráter, arrojando piedras y enormes masas de lava.


“Fenómenos parecidos deben reproducirse con frecuencia; pero no son observados, porque los marinos siguen rumbos fijos en sus navegaciones y por rareza cruzan inmensos espacios del mar, vírgenes de toda sonda y todo estudio. Dios sabe si en esas inexploradas inmensidades se encontraría el secreto de la Atlántida. Esto acontece con el mar de los Sargazos, que imperfectamente se conoce y cuya superficie, equivalente a la de Francia, se halla cubierta de hierbas marinas que jamás alteran su situación, lo que parece indicar la presencia de terrenos sumergidos. Así, pues, tanto el Océano como las costas americanas y los archipiélagos, han conservado las huellas del cataclismo que hizo desaparecer el famoso continente”.


Pretende P. Gaffarel que donde mejor se puede estudiar a los antiguos atlantes es en las Canarias; pero añade él mismo: “Por desgracia todos los aventureros que sucesivamente han ocupado estas islas modificaron los caracteres distintivos de sus habitantes al punto de que hoy quedan muy pocos tipos primitivos aun entre los guanches; pero, sin embargo, son suficientes para convencernos de su originalidad. Así su color oscuro, su carencia de barbas, su idioma, no parecido a ningún otro, y el uso de los jeroglíficos y de los signos astronómicos, la forma piramidal empleada para las tumbas y los monumentos públicos; la institución de las vírgenes sacerdotisas, los honores tributados a la agricultura, su pasión por la música y el canto, su placer por la danza y los ejercicios corporales, todo induce a afirmar que los guanches eran los restos de una nación más instruida, de un pueblo más numeroso y más civilizado; y según dice Bory de Saint-Vincent, reunidos como por milagro alrededor de los cráteres destructores, después de la sumersión de la Atlántida, se trasmitieron largo tiempo la historia de sus infortunios, llegando a creer que todo el universo había desaparecido del mismo modo que su isla, salvándose ellos solos de una destrucción general. Así es que, temerosos de otro inmediato cataclismo, abandonaron el cultivo de las artes y de las ciencias”.


He terminado la exposición de la teoría de P. Gaffarel, y debo entrar ahora en lo que mayor interés encierra, pues fundándose en las innegables analogías y semejanzas de lenguas, religiones, monumentos, costumbres, formas de escritura o ideas astronómicas que existían entre los americanos, íberos, etruscos y egipcios, llega a explicarnos estas misteriosas analogías por la presencia del Continente Atlántico, cuya costa occidental llegaba al Nuevo Mundo y la oriental a Europa y África. Estoy enteramente de acuerdo con todos los testimonios que P. Gaffarel aduce en su favor valiéndose de estas analogías, aunque parezca que pueden combatir la hipótesis que luego os presentaré; pero lejos de temerlo, deseo ampliar con mayores datos de los que a continuación expresa el citado autor, las pruebas de que efectivamente las razas del nuevo y antiguo mundo tuvieron comunicación más fácil o más cómoda que la del estrecho de Bering:


“Cuando los europeos abordaron América”, dice P. Gaffarel, “solamente los imperios de México y Perú estaban florecientes; el resto del país no presentaba sino una confusa aglomeración de poblaciones salvajes, indisciplinadas y sin nacionalidad; pero es indudable que a este estado de barbarie había precedido una civilización asombrosa. La época en que estos pueblos americanos llegaron a tal grado de esplendor, es imposible determinarla. En Yucatán, comarca muy árida donde la vegetación escasea, una capa de humus de cuarenta centímetros tapiza un viejo camino que conduce a Izamal. ¡Qué serie de siglos han sido necesarios para producir estos detritus! Alguno de los numerosos túmulos que se han encontrado en la América del Norte son tan antiguos, que los ríos han tenido tiempo de socavar sus terraplenes inferiores y de retirarse en seguida de nuevo a más de un kilómetro después de haber minado y destruido una parte de las obras. Indudablemente en una época desconocida, pero antiquísima, vivía en América una raza fuerte, enérgica, industriosa, que ya los españoles no alcanzaron, y de la que ni aun los mismos indígenas tenían exacta idea: creemos, pues, que un fenómeno análogo al de Europa se operó en la América, pues así como en aquella, a los días de esplendor de la civilización antigua sucedió la barbarie de los siglos de hierro. En fin, cuando podamos descifrar los ilegibles jeroglíficos de Yucatán y de Méjico, esos manuscritos misteriosos que desafían aún nuestra curiosidad, quizá entonces conozcamos la historia de la vieja América, y este pretendido Nuevo Mundo merecerá llamarse antiguo, pues sus habitantes habrían mantenido frecuentes relaciones con nuestros más remotos antepasados”.


Una de sus tradiciones, referida por Brasseur de Bourbourg, me ha asombrado ‒dice el autor‒, a causa de la extraña analogía que ofrece con la Atlántida. En otro tiempo, un imperio situado en la América central, estaba gobernado por dos reyes, jueces supremos que tenían bajo sus órdenes a otros diez, soberanos cada uno de un gran reino, y formaban entre ellos una especie de consejo que decidía en los negocios comunes; poco a poco extendieron su dominación por el mundo, pero acaeció un terremoto y todos desaparecieron. “Si ahora cambiásemos los nombres, encontraríamos el mito platónico... Esta coincidencia puede ser fortuita, pero es muy singular; parece, pues, probable, que los atlantes ocuparon la América, que fundaron allí grandes imperios, y que sus descendientes, aunque degenerados, son todos los indígenas que forman, como se sabe, una raza especial, la raza roja, cuyos congéneres se encuentran también en nuestro continente. Vamos a intentar el probarlo comparando las costumbres, las religiones, las lenguas, los monumentos y las tradiciones de los pueblos americanos, y la de ciertos pueblos, cuyo origen misterioso es uno de los problemas más arduos de la antropología y de la historia”.


Señores: temo extenderme demasiado, y puesto que por otra parte están suficientemente demostradas en el mundo científico estas analogías, cuya clave nos ofrecen Bory de Saint-Vincent y P. Gaffarel, me permitiré preguntaros si no revisten verdadera importancia para la geografía, todos los pasos y todos los esfuerzos que se dirijan a comprobar la existencia de esa isla o continente de cuyo suelo tal vez son originarios pueblos antiquísimos, y de donde, según Bailly, se derivaron todas las ciencias.


Hoy que la geología nos ha dado a conocer con visos de acierto los trastornos de nuestro mundo, desde las épocas primitiva a la cuaternaria, reconstruyendo toda la fauna y la flora que correspondió a esta última; hoy que casi con exactitud nos ha revelado la edad de las montañas y las huellas del hombre antediluviano, ¿no os entristece que todavía permanezca envuelto en el misterio esa hermosa fantasma demasiado entrevista para no ser real, y cuyo sepulcro debe hallarse en el fondo del Océano y al alcance tal vez de nuestro examen? ¿Será que la geología y la física se muestran sordas a toda excitación, porque después de una simple ojeada a las hipótesis que existen sobre la Atlántida, las juzgan desmentidas por los positivos conocimientos? Si en esto consiste y es necesario formular una nueva hipótesis que se atenga a lo más verosímil y a la que sirva de base lo ya sancionado, entonces yo me atrevería humildemente a aventurar como principio, que la situación de la Atlántida no ocupaba esa inmensa superficie del Océano que limitan las Azores, las Canarias y las Antillas, porque cualquiera que hubiese sido la causa del cataclismo, sus efectos aparecerían hoy retratados más de relieve en la cuenca del mar donde se cree sumergida. No es una planicie de poco fondo, como supone P. Gaffarel, la que allí se dibuja; por el contrario, sitios abarca y muy extensos, donde se leen las mayores profundidades que ha conseguido el aparato de Brooke. Fijándose en esta objeción, se apresura a explicarla P. Gaffarel diciendo, que en el fondo del mar como sobre la superficie de los continentes, se operan perpetuos cambios. Prescindo de lo elástico y socorrido que es este argumento para admitirlo, pero no así la suposición de Bory de Saint-Vincent de que los fragmentos menos compactos de la tierra sumergida, fueran arrastrados por las corrientes, pues es sabido que las corrientes y contracorrientes más hondas no exceden de 1.000 metros, y que entre ellas y el lecho del mar existe siempre una masa de agua tranquila. ¿Pero cómo han de efectuarse acarreos en las grandes profundidades, si allí domina la calma e inmovilidad absolutas? Si allí, como ha demostrado Maury, ¡es tan completo el reposo de las aguas que no pueden mover una sola partícula de arena de los lechos de piedra esparcidos por el fondo del mar! A la vista tengo las excelentes cartas de Maury y de Stieler sobre las cuales una simple inspección nos demuestra que entre las Canarias y las Antillas tiene el Océano mayor fondo que entre Inglaterra y Terranova; pues siguiendo la sección vertical menos ventajosa para nuestro aserto, hallamos que entre estas dos últimas regiones su braceaje fluctúa de 4.000 metros a 4.200 y 4.900; en cambio una sección semejante entre Canarias y las Antillas, varía desde 4.000 a 5.000, 3.000, 5.000 y 6.000 metros.


Preciso sería convenir por estos datos, en que para la desaparición de la Atlántida no fue suficiente un terremoto general, sino que fue necesario un desquiciamiento horrible en la corteza sólida, que abriendo inmenso abismo, sepultara al continente desde sus bases hasta su superficie, y a tal profundidad, que quedara hoy esta superficie cubierta por 6.000 metros de agua. Un cataclismo semejante hubiera tenido consecuencias espantosas para el resto del mundo, y lo menos que podemos preguntar, es hasta qué punto alteraría el nivel del Océano esa masa de agua equivalente al volumen de la tierra sumergida, no ya bajo el mar, sino bajo su profundo lecho. ¿Cómo hubiera pasado desapercibido un trastorno digno por su magnitud de la época terciaria, sino suponiéndolo causa y origen de uno de esos muchos diluvios parciales que la tradición engloba en uno sólo llamado universal? Pero esta hipótesis no puede ser admisible tratándose de la Atlántida, cuyas relaciones con los demás pueblos son de época posterior a la de los últimos cataclismos que afligieron a la humanidad.


Respecto a esa gran superficie cubierta de hierbas marinas llamada el mar de los Sargazos, y de cuya agrupación eterna deducen los citados autores, posibles misterios y nuevos indicios, podemos asegurarles que dicho mar no es menos conocido que cualquiera otro. Se sabe que su profundidad es de las mayores, y que sus hierbas provienen de la vegetación de su fondo, las cuales desprendidas por sí solas y menos densas que el agua, suben hasta la superficie y la tapizan semejando una pradera. Pero, ¿por qué no cambian jamás de situación? ¿Por qué desde remotos tiempos ocupan estas hierbas el mismo espacio? ¿Cómo los vientos y huracanes no las arrastran y diseminan? Es muy sencillo; porque el mar de los Sargazos se halla encerrado dentro del circuito continuo que forma la gran corriente ecuatorial y la corriente de golfo o Gulf Stream.

¿Dónde, pues, debemos colocar a la famosa Atlántida? Respondan por mí las citadas cartas de Maury y Stieler. Su inspección nos indica que no muy lejos y enfrente del estrecho de Hércules, existe un gran banco sobre el cual se asientan las Azores. Su superficie excede de 16.000 leguas cuadradas, o sea, poco menos que la península ibérica, y toda esa superficie podría compararse con una roca depositada en arenosa playa, sobre cuyas ondas tranquilas asomaran algunos picachos. En efecto, si con las sondas recorremos todo su contorno, hallamos cortado a cantil el peñascoso banco, y si medimos la elevación de sus bordes sobre el lecho del mar que la rodea, nos acusa una cifra variable de 400 a 1.000 metros; es decir, que si el nivel del mar descendiese hasta dejar descubierta dicha superficie, veríamos que formaba una gran isla, cuyas costas bañaría el Océano con aquellos 1.000 metros de profundidad. Verdaderamente es extraña esta condición, pero más extraña sin duda que la superficie del citado banco lejos de ser plana, sea tan quebrada y desigual, que deba compararse mejor que a la aislada roca, a una roca partida en cien fragmentos, o a una aglomeración de enormes piedras como las que suelen verse al pié de un ruinoso paredón. Por eso el escandallo sumergido a distancias de legua en legua, acusa ora 100 brazas, ora 600, según que tropiece o descanse sobre la cumbre de un peñasco o en la vecina ladera. Todo parece acreditar que allí se ha operado un quebrantamiento cuyo origen no es difícil suponer en vista de los testimonios que periódicamente vienen a revelarlo. Parece que para aquella volcánica región no han cesado las amenazas ni aun después de su exterminio. Citaremos en su prueba el violento terremoto que en 1638 conmovió el archipiélago, surgiendo del mar una isla inmediata a la de San Miguel, cuya extensión pasaba de dos leguas, y su altitud de 150 metros. Por efecto de igual convulsión en 1719, surgió cercana a la Terceira, otra isla o volcán de tan considerable altura, que los buques la divisaban desde ocho leguas de distancia. Tres años estuvo esta isla en erupción constante, luego bajó hasta el nivel del Océano, donde se mantuvo algunos meses y desapareció por último en el abismo. En 1811, después de un fuerte sacudimiento, apareció no lejos de San Miguel otro nuevo volcán a flor de agua que arrojaba piedras a centenares de metros; desapareció a los pocos días, pero en el mismo año se reprodujo más cercano a la costa, dando origen a un islote que después de mucho tiempo desapareció igualmente.


Con lo expuesto basta para deducir que hace muchos siglos, cuando la corteza terrestre era menos sólida, pudo un terremoto desquiciar a la famosa Atlántida, cuya superficie no excedía de las 16.000 leguas cuadradas que mide el banco de las Azores. ¿Fue posible este trastorno, sin que produjera alteración general en la vecina Europa? Creemos que sí, porque no se trata ya de un continente que se abisma en inmensas profundidades, sino de una isla que se resquebraja o rompe y se derrumba a los terrenos inferiores, quedando en su lugar un archipiélago que palpita o late y todas sus enormes ruinas aglomeradas que de tiempo en tiempo asoman, rugen y desaparecen, como diciéndole al mundo: ¡mírame y cree; aquí se hundió la Atlántida!


Pero si la Atlántida no llegaba a América ni aun a las Canarias, ¿cómo explicarnos las tradiciones de estos últimos isleños y los positivos lazos que existían entre el nuevo y antiguo mundo? Para responder a estas objeciones, séame permitida una hipótesis verosímil. Se sabe que la dirección de los terremotos es muy varia, pero ocurre con harta frecuencia ‒dice Malte-Brun‒, que la esfera de su revolución abarca al parecer una cuarta parte del globo, como por ejemplo, el terremoto de Lisboa, que se sintió en Groenlandia, en Noruega y en África, ¿qué extraño fuera, pues, que el que arruinó a la Atlántida, se extendiera a las Canarias, separándolas entonces del Continente africano y hasta América quizás, sumergiendo sus valles más profundos? ¿No sería entonces también cuando la primitiva Gades quedó sepultada bajo el mar? No la Gades fenicia, sino la que conocemos desde niños los hijos de este pueblo por tradición, y porque al pié mismo de sus murallas se descubren aún rotas columnas y labradas ruinas. Y, ¿cómo pudieran dudarlo los que en el pasado siglo vieron aparecer ante sus ojos la ciudad antigua, cuando refluyendo las aguas que inundaron la cortadura, dejaron en seco una parte de la bahía? Por recientes estudios geológicos, se sabe que en efecto las Canarias estaban unidas al África; así se explican esas afinidades que existen entre sus habitantes primitivos y los del vecino continente, y del mismo modo queda explicado que dichos isleños se creyeran los únicos hombres salvados de un cataclismo universal.


Pero nos falta responder satisfactoriamente a esta pregunta. Siendo la Atlántida igual a la península ibérica y hallándose sus límites occidentales tan lejos del Nuevo Mundo, ¿cómo pudieron comunicarse con él? Ni los buques, ni los marinos de aquel tiempo, hubieran realizado tan grande empresa. Es indudable. Aquellos marinos, saliendo de la Atlántida, no hubieran arribado jamás a un puerto americano, pero, es casi seguro que una flota, salida de América, pudo arribar fácilmente a la Atlántida, y esto no por la fortaleza de sus buques, no por sus conocimientos náuticos, no por sus propias voluntades, sino arrastrados con velocidad horaria de cuatro millas por la gran corriente de golfo, por ese eterno vehículo que acorta en cinco días las navegaciones a Europa, por ese rico venero de calórico, por ese rio caudaloso que atraviesa el Océano y que cercano a las Azores se divide en tres ramales siguiendo dos hacia el Norte y continuando el otro hasta rodear como perfecto anillo los límites de este Archipiélago. Una flota de americanos, en sus tiempos más brillantes, se aventuró a cualquiera travesía, y presos en la cercana corriente, lucharon sin fruto por alcanzar la costa, pues sus remos eran ineficaces y no poseían el secreto de ceñir con sus velas. En pocos días llegaron a las playas de una gran isla que quizás estaba desierta, y la poblaron, estableciendo en ella las costumbres, gobierno, lengua y civilización de su perdida patria. Inútiles tentativas les demostraron que era imposible navegar al Occidente y volvieron las proas hacia Europa, pisando el suelo turdetano ‒hoy andaluz‒, y derramándose por la costa septentrional del África. Allí fundaron imperios y multiplicaron su raza, que con el trascurso de los siglos fue modificándose bajo los diversos climas y con las extrañas mezclas, pero conservando esas afinidades y analogías que son hoy la confusión de los antropólogos.


¿Habré ido demasiado lejos? Veamos, ¿qué se sabe del origen de los egipcios? El más conocido de los historiadores, dice: “Á pesar de la pretendida antigüedad de los egipcios, todo demuestra que recibieron de otro país la población y la cultura...” y más adelante añade, refiriéndose a los testimonios de su remota magnificencia: “Aquellos montes de piedras labradas; aquellas inmensas figuras de animales y de hombres; aquellos palacios de gigantes, erigidos al descubierto o edificados debajo de tierra; aquellas páginas de historia escritas para la eternidad en caracteres misteriosos, detienen al hombre y lo inducen a preguntar de dónde vino este pueblo extraordinario, de dónde proceden sus artes, cuáles fueron las creaciones debidas a la íntima inteligencia y al profundo amor de la ciencia que le eran característicos, de dónde, en fin, tomó su estabilidad política”.


Hasta hoy es un misterio el origen de los egipcios. Oigamos ahora lo que dice D. Modesto Lafuente sobre el origen de los íberos, nuestros primeros padres: “Confesamos ingenuamente que después de haber consultado con el interés de quien busca de buena fe la verdad, cuantos autores antiguos hemos podido haber, que supiéramos hubiesen tratado las cosas de España, después de haber evacuado muchas citas con gran escrupulosidad y consumo de tiempo, no nos ha sido posible encontrar segura brújula y norte cierto por donde guiarnos en las oscuras investigaciones acerca de los pobladores primitivos de nuestra nación; antes bien, hemos tenido momentos de turbarse nuestra imaginación, cuando la hemos engolfado en este laberinto de dudas sin salida razonable, tropezando siempre, o con relaciones que llevan marcado el sello de la fábula, o con noticias que por confesión de los mismos autores se asientan en livianos y flacos fundamentos... Un pasaje del historiador de los judíos, Josefo, ha dado lugar a que algunos de nuestros historiadores hayan afirmado como cosa segura que Túbal, hijo de Jafet y nieto de Noé, fue el primer hombre que vino a España. En primer lugar, el historiador judío escribió más de mil años después del suceso; en segundo lugar no expresa el fundamento de su aserción; en tercer lugar no asegura que Túbal viniera a España, sino que señaló su asiento a los tubelinos o íberos; en cuarto lugar, es de suponer que se refería a los íberos asiáticos, situados al pié del Cáucaso, no a los íberos españoles. Creemos, por tanto, que está muy lejos de ser cierta la venida de Túbal a España”.


Vemos, pues, que según nuestro erudito historiador nada se sabe del origen de los íberos, pero Estrabón menciona, refiriéndose a los turdetanos, que hablaban un idioma desconocido y cultivado hacía seis mil años, y César Cantú, en su disertación etnográfica, nos cita a los dichos turdetanos, cuya civilización era asombrosa, poseyendo antiguos monumentos de poesía e historia, y un alfabeto particular, del que aún no se conocen todos los elementos, por más que muchos doctos se hayan dedicado a su estudio a fin de explicar las inscripciones ibéricas encontradas en piedras, planchas metálicas, vasos de barro y medallas que, con la lengua vasca, constituyen los únicos monumentos que nos han quedado de aquellos pueblos célebres. El mismo historiador en su filología comparada dice: “Lenguas puestas a la mayor distancia una de otra, manifiestan a veces la más singular uniformidad de gramática, y, sin embargo, no por eso están reputadas como afines entre sí. Por ejemplo, el vascuence presenta analogías muy curiosas con varias lenguas americanas, como la falta precisamente de las mismas letras, la tendencia a unir siempre las mismas consonantes, y una complicación semejante en el sistema de las conjugaciones por medio de sílabas que expresan varias modificaciones del verbo simple; en lo cual también se parece a los dialectos del Sudoeste de África”.


No quiero citar, por creerlo realmente sin fundamento, el largo catálogo y cronología de treinta reyes que refieren haberse sucedido en el gobierno de España en remotísimas épocas, nombrándose entre ellos a Gerion, Híspalo, Atlas, etc. El padre Mariana, aunque poco crédulo sobre este punto, se creyó en el deber de mencionarlo, y así nos dice en un capítulo de su libro primero: “Se puede recibir como cosa verdadera, que Sículo, hijo de Atlante, después que su padre partió de España, le sucedió en todo su reino”.
Señores: el temor de agotar vuestra indulgencia me obliga a ser lo más conciso posible en lo que me resta decir. Con mayor espacio de tiempo disponible hubiera aducido muchísimas citas en corroboración de que los egipcios, íberos y etruscos fueron pueblos originarios de la Atlántida, y los atlantes a su vez, fueron originarios de la América. ¿Pero de dónde vinieron los americanos? “Nada induce a creer”, dice César Cantú, “que América saliese del mar posteriormente, ni que posteriormente llegase allí la humana estirpe y quizás las comunicaciones de aquella raza con las otras, precedieron a los tiempos en que se separaron los mogoles, los indios y los tungusos”.


No se acierta a explicar este autor las portentosas semejanzas entre los etruscos, egipcios y americanos, sino por frecuentes emigraciones del Norte de Asia, pero confiesa que aquellos emigrantes debieron encontrar una gente anterior y que no bastaron para alterar la especie. Lo que más confusión le origina es lo inexplicable de que en aquel hemisferio hubiese animales particulares ‒la gran mayoría‒ no conocidos antes en el antiguo. Esta circunstancia me induciría a pensar que así como tales especies de animales no protegidos por Noé lograron salvarse del universal diluvio, también pudieron salvarse con ellos algunos hombres que habitaban en la apartada América.


De este modo podrían explicarse problemas infinitos y contestar a los historiadores que llenos de asombro exclaman: ¡Cómo creer que las naciones civilizadas de la primitiva América procediesen de las hordas salvajes del Nordeste de Asia, o que partiendo de los países meridionales de ésta, hayan atravesado las regiones heladas sin dejar tras sí ningún vestigio! ¿Cómo fijar sino en inconcebiblemente lejana época, la construcción de esos túmulos y monumentos gigantes y de esas ciudades enterradas bajo los bosques vírgenes que por dos veces han sido devastados y vueltos a enmarañarse? ¿Cómo explicarnos lo ignorantes que se hallaban del origen de estas ruinas los americanos que vivieron en los tiempos de Colon? ¿Cuántos centenares de siglos han permanecido sepultados esos vasos artísticos y enormes, esas efigies delicadamente modeladas, esas armas y medallas de piedra o cobre, esas tumbas que guardaban restos bien conservados de hombres y mujeres cuyos cráneos, según el doctor Warren, son diferentes de los nuestros, como también de los de los indios actuales y hasta de las demás naciones conocidas?


Mientras mejores luces no iluminen la oscuridad de aquellos tiempos, nada de lo establecido se opone a la hipótesis de que los americanos pasaran a la Atlántida y que los tripulantes de una sola flota que jamás hubieran podido regresar a su país, fueran suficientes para multiplicarse y trasplantar a Europa el sello de su raza y de sus costumbres, permaneciendo, sin embargo, en lo sucesivo sin comunicación frecuente los pueblos civilizados de ambos hemisferios.


Hemos tratado de probar lo inverosímil que era suponer a la Atlántida mayores dimensiones que las que parece indicarle la misma naturaleza en el estudio del Océano. No insistiré sobre la facilidad de una travesía efectuada casi por obra y gracia del Gulf Stream, porque todos los señores que me escuchan conocen muy bien las asombrosas propiedades de esta gran corriente, y seguro estoy que juzgarán dicho argumento como el más positivo de todos los que he expuesto en favor de mi teoría.


Réstame añadir, que si bien Platón supone a la Atlántida mayor que el África y el Asia, se desmiente poco después para fijarle 3.000 estadios de longitud con proporcionada anchura, cuyas dimensiones son casi iguales al banco de las Azores, y aunque poco importa este dato, valga, para aquellos que quieren atenerse a lo autorizado por Platón.


Una duda se ofrece todavía. El terremoto que desquició la Atlántida, hizo perecer forzosamente a todos los seres que la poblaban, así es, que el archipiélago de las Azores se halló deshabitado en absoluto; ¿pero es posible que si aquellas islas formaron parte de la citada comarca, no se encontrase en su recinto vestigio alguno de la presencia del hombre? En efecto, no es posible, y asombro grande fue para los portugueses hallar en la solitaria isla del Corvo ‒la más lejana de todas‒, sobre terraplenadas cimas, una estatua ecuestre, que con el brazo levantado y el dedo extendido, señalaba al Occidente. También hallaron monedas de indescifrable época, que algunos han creído fenicias o cirenáicas, sin embargo de ser positivo que estos pueblos no tuvieron jamás remoto conocimiento de dichas islas. Si coincidencias tan extrañas merecieran algún día la atención de los geógrafos, y si posteriores adelantos permitieran al hombre descender 300 brazas bajo el mar, acaso sus atónitos ojos registraran sobre las quebradas rocas que sustentan las Azores, y entre revueltos escombros, profundas grutas y selvas de madréporas, ya una pirámide partida cubierta de testáceos, ya una escultura envuelta en el verdoso limo, ya una columna horadada, ya un ídolo de basalto, ya un cono que sirvió de cúspide a los fragmentos del sagrado teocal, y entonces surgiría del seno de aquellos mares la historia de la famosa Atlántida, no tan castigada en su orgullo por verse sumergida, cuanto por hallarse olvidada del mundo moderno y desposeída de sus conquistados laureles, como fuente y origen que fue de la primitiva civilización.
HE DICHO.


-o0o-


FUENTE: Sobre los Viajes Apócrifos de Juan de Fuca y de Lorenzo Ferrer Maldonado. (Imprenta de Fortanet, Madrid, 1881).

1. Platón. Critias o la Atlántida.

2. La historia de los atlantes (W. Scott Elliot).

 

 



 

 

 

 

 

 

Buscar en el sitio