Revueltas

J. Menéndez

Descubrir a José Revueltas (1914-1976) es un placer tardío; su obra reposaba en la biblioteca a la espera del momento oportuno, ese instante en que el libro acaba por seducir al lector y éste se decide a abrirlo, a explorarlo, a gozarlo. Por desgracia, la indiferencia se prolongó mucho. Más de una vez tuve el ejemplar en mis manos, pero lo volví a dejar en su sitio, atraído por otros títulos, hasta que, al fin, se produjo la demorada cita con el destino. Tal es el caso de esta lectura apasionada de Los días terrenales (1949), novela breve, intensa y hasta dolorosa, donde la condición humana abre sus llagas con menos frialdad, con menos distancia que en la famosa obra de Malraux. El asunto es, en cierta medida, idéntico: la situación existencial de unos militantes comunistas mexicanos, más o menos en la misma época en que Malraux sitúa a los suyos en China, Revueltas nos muestra a Fidel, a Gregorio y a Bautista en el México dominado por Calles y sus presidentes títere. Recordemos: la Revolución Mexicana ha devorado a Zapata y a Villa, pero aún espera a Cárdenas.


 Fidel es la encarnación del militante ortodoxo, estaliniano, implacable, que anula su humanidad para reforzar su militancia: nada le importa lo que sucede a su lado, aunque se dibuje con trazo indeleble en el dolor desgarrado de su esposa, Julia, que acaba de perder a su niña. El deber frente al partido le exime de tener sentimientos. Ese, sin duda, es el retrato que del revolucionario profesional tenemos todos. Una vida para la lucha de clases. Su fortaleza impasible le gana la admiración del resto de los militantes, le da un ascendiente sobre sus camaradas que —humanos, demasiado humanos— son incapaces de apreciar su vacío interior.


 Gregorio, un posible autorretrato de Revueltas, es humano hasta las heces, porque apura el cáliz de su condición con un ardor digno del santo que besa al leproso o del aristócrata que abandona el palacio para curar las llagas de los mendigos. En realidad, se pueden identificar en ambos personajes los dos elementos que constituyeron la base de los movimientos revolucionarios del siglo XX: el afán ilustrado de rehacer el mundo, de racionalizarlo, el optimismo de la Razón que representa Fidel, frente a la indignación moral, a la identificación con los oprimidos, de la que Gregorio es símbolo. El primero asume la inexorable fatalidad de la Historia. El otro, el pathos, el eterno dolor ante la irracionalidad del sufrimiento que lo convierte en un ecce homo ateo.


La lucha de los dos, aparentemente la misma, difiere en sus metas y en su concepción. Fidel, el hombre nuevo estaliniano, cree, incluso sabe, que una sociedad revolucionaria fabricará una humanidad depurada, feliz, porque vivirá en una sociedad sin contradicciones. Gregorio, hombre a secas, opina de otra manera: El mundo nuevo sobrevendría, sin duda alguna, y a su advenimiento Gregorio consagraba todas las fuerzas de su existencia. Pero la humanidad es su conjunto nunca aceptaría las que son las verdaderas tareas del hombre, más bien, la absoluta falta de tareas del hombre, su ninguna finalidad, su condición definidora que es el sufrimiento de ser, el sufrimiento de saberse infinito en el tiempo y finito en el espacio limitado de su vida y de su historia (…) La sociedad del porvenir, en todo caso, iba a ser insuficiente para borrar una distinción capital entre los individuos del género humano: la distinción que consiste en que una mayoría de los hombres carecerá siempre de inquietudes y preocupaciones metafísicas, en el mejor sentido de la palabra, en tanto una minoría —que es la que los representa— vivirá siempre torturada en el potro de la incertidumbre, de la duda, de los por qué y para qué. No era improbable —Gregorio sonrió ante tal idea— que la última revolución de la humanidad, una revolución de los hombres sin clases, dentro de un mundo comunista, fuese la revolución contra el remordimiento. Las grandes masas idiotamente felices, ebrias de la dicha conquistada, ajusticiarían a los filósofos, a los poetas, a los artistas, para que de una vez las dejaran en paz, tranquilas, prósperas, entregadas al deporte o a algún otro tóxico análogo. Se cerraría así el ciclo de la historia para recomenzar una fantástica prehistoria de mamuts técnicos y brontosaurios civilizados (p.147).
Fidel, evidentemente, triunfará sobre Gregorio, que asume voluntariamente el sacrificio y dirige una marcha de parados que terminará en la tortura y la cárcel.


Los días terrenales provocó el anatema del sumo sacerdote del sanedrín estaliniano de América Latina, Pablo Neruda, quien con su fatwa condenó a Revueltas a siete años de silencio. A diferencia de Koestler y Orwell, Revueltas, como Isaac Deutscher, nunca dejó de ser comunista y hasta padeció con entereza las cárceles mexicanas en fechas tan tardías como el período 1968-1971. Su autocrítica, la iniciativa de retirar sus novelas de las librerías, sus afiliaciones, prisiones y expulsiones, demuestran que nunca abandonó una creencia firme en el marxismo-leninismo. Pero, a diferencia de Althusser, de Neruda, de Brecht y de tantos otros, jamás dejó de ver las cosas con sus propios ojos. Ni de contarlo.

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