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cKalendarios = Espacio / Tiempo

 

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Desde donde se posan las águilas,
desde donde se yerguen los jaguares,
el sol es invocado.

El milenarismo apocalíptico actual, digámoslo ya, es el resultado de la colisión de nuestra cosmología contra algo que se nos presenta como enigma, el calendario maya, y las consecuentes repercusiones en nuestro dispositivo escatológico. La cultura tecno-científica propia de las sociedades contemporáneas maneja un calendario que podríamos calificar de herencia egipcia cristiano romanizado. Pero vayamos por partes.

Socorridos por la Wikipedia, descubrimos que nuestro calendario actual se llama gregoriano en honor al papa que, con el Concilio de Trento en 1.582, consiguió corregir el desfase que padecía el día de Pascua, desde que fuera implantado en el Concilio de Nicea el año 325. Esto se produce porque entonces empleaban el Calendario Juliano, establecido a partir de la fecha de la fundación de Roma. No es hasta el 607 cuando el sabio Dionisio el Exiguo calcula el nacimiento de Jesucristo, inaugurando el Anno Domini vigente a día de hoy. De lo anterior deducimos que el año cero no se ha determinado astronómicamente, sólo en relación a la mitología contenida en la literatura ortodoxa custodiada por el Vaticano.

El Calendario Juliano se adopta en el año 47 aC como resultado de la unificación de distintos calendarios luni-solares en uno de inspiración egipcia: un año de 365 días con sus bisiestos obtenidos por la repetición del último día, el 23 de Febrero, y dividido en 12 meses de 30 o 31 días denominados por su correspondiente ordinal, con dioses paganos o césares memorables. La finalidad de su elaboración fue fundamentalmente propagandística, para favorecer la integración de un imperio multicultural.

El Calendario Egipcio consta de un calendario solar civil complementado con otro lunar secundario. Basado en las propiedades de la circunferencia, divide el año de 365 días en 12 meses de 30 días más 5 extra, agrupando los meses en 3 estaciones que se corresponden con el ciclo de inundaciones del Nilo y de la estrella Sirio, determinando su inicio en el Solsticio de Verano. Semejante criterio se establece en la división de 30 grados que separan cada una de las 12 Eras Zodiacales que intervienen en la Precesión de los Equinoccios o en la distribución del día en horas, minutos y segundos, adoptada del cálculo en base sexagesimal babilonio. El año cero egipcio aún no se ha precisado porque coincide con el orto helíaco de Sirio, que se habría producido alrededor de al menos tres fechas, porque sucede cada 1.460 años: 1.321-1.317aC, 2.781-2.777aC, 4.241-4.237aC.

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Y por fin el Calendario Maya, desconocido para Occidente hasta varios siglos después de la llegada de Colón a América, se basa en la interrelación de dos calendarios: 1) Tzolkin o sagrado, relacionado con Venus y los ciclos naturales, es el resultado de la combinación de 20 ideogramas con 13 unidades, 260 días en total. 2) Haab o civil, empleado en los ritos colectivos y obtenido de dividir un año solar de 365 días en 20 por 18 meses y 5 restantes llamados Uayeb. La rueda calendárica, o Hunab, sería la combinación de Haab y Tzolkin en un ciclo total de 52 años, divididos en cuatro periodos de 13 años, para establecer el tiempo que se tarda en comenzar el año solar con el mismo día lunar.

La cuenta larga. De igual forma que nosotros agrupamos los años en base decimal contando décadas y siglos, los Mayas lo hacen en base vigesimal obteniendo (aprox.): Kin (día), Uinal (mes), Tun (año), Katún (20 años), Baktún (395 años), Piktún (7.890 años), Kalabaktún (157.810 años). De aquí procede su modo de anotar el paso del tiempo 0 Baktún, 0 Katún, 0 Tun, 0 Uinal, 0 Kin, escrito 0.0.0.0.0, estableciendo la fecha de su inicio en nuestro 3.114aC, como apunta el cálculo realizado por Eric S. Thompson. El ciclo que se cierra en 2.012 proviene de contar 13 Baktún o 13.0.0.0.0, completando un total de 5.125 años y según ciertas interpretaciones de las profecías mayas, indicaría una determinada posición de nuestro sistema solar con respecto al centro de la Vía Láctea (Hunab Ku), un intervalo repetido hasta cinco veces en un total de 25.625 años, inscrito en una órbita o precesión de un ciclo que se encontraría en su Equinoccio de Primavera.

Y aquí aparecen las similitudes. Los calendarios Egipcio-Juliano-Gregoriano y Maya coinciden en su representación de la Precesión de los Equinoccios y, aunque se diferencian en la división de las partes del ciclo completo (12 vs. 5), también comparten la noción del tiempo que vivimos en el presente como un proceso de transformación radical, llámese Apocalipsis, 13 Baktún, Kali Yuga, Sociedad del Espectáculo o Nuevo Orden Mundial. Los mitos del nacimiento y resurrección de Jesucristo hacen referencia metafórica a distintos fenómenos astronómicos, como el Solsticio de Invierno, y además se corresponden con idénticas manifestaciones del arquetipo solar en otras muchas culturas: Dionisos, Horus, Attis, Mitra, Krishna... Esto invita a pensar en la fecha de caducidad de la encarnación cristiana, porque se corresponde con la actual Era de Piscis, que sucede a la de Aries y es sustituida por Acuario cada 2.150 años.

 

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Para más INRI, John Major Jenkins ha encontrado distintas representaciones de crucifixiones mayas cuya interpretación sería el enlace entre el Sol padre y la madre Vía Láctea, también llamada eclíptica. Así como la figura mítica de Jesucristo es la actualización del arquetipo solar precedente, este último es la reformulación de elaboraciones prehistóricas donde las estrellas se identificaban con el principio femenino: desde la madre del cosmos a la triple diosa del cielo, la tierra y el inframundo, huevo cósmico, encarnada en serpiente y pájaro, en dragón, finalmente virgen y compañera, madre o esposa del héroe masculino actual. Las cuevas de Lascaux o Altamira son posiblemente los más antiguos mapas celestes conocidos y sus creadores pertenecen a la misma cultura que tallaba la fertilidad femenina en forma de falo y celebraba la comunión embriagante en rituales de muerte y renacimiento, según determinada posición de los astros en distintas estaciones del año.

 

cKonclusión

 

Teniendo en cuenta el actual desbarajuste y la todavía insuficiente intervención del aparato científico para zanjar de una vez la cuestión: ¿Es posible que, sin haberlo percibido, ya nos encontremos en condiciones pos-apocalípticas, de la misma forma que pos-modernas o capitalistas, industriales, históricas, humanas, etc.?¿No será esto el futuro y nosotros los alienígenas?

 

La creación de un calendario científico debe tener en cuenta que las órbitas de los diferentes cuerpos celestes no coinciden exactamente, según la web de Earth matrix, parecen relacionarse de modo fractal. En está línea nos encontraríamos el trabajo pionero de Terence McKenna con su Time Wave Zero, un software que muestra la línea temporal como una curva fractal que repite el mismo intervalo dentro de sí infinitesimalmente y que, por supuesto, singulariza, es atraída o termina en 2012. Hasta la transición del geo al heliocentrismo se antoja insuficiente, no sólo por la sustitución de un centro que es siempre ilusión, puesto que en última instancia, reconociendo la deriva cósmica, aún no hemos abandonado el planeta como hábitat y punto de referencia. Por lo tanto, un calendario verdaderamente universal debería reintegrar el papel de la luna en la división de los meses y abandonar el hemisferio-norte-centrismo para comprender la bipolaridad estacional (verano/invierno), así como sucede en la horaria (día/noche).

 

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La Astrología se diferencia de la Astronomía porque presupone una relación entre los ciclos astronómicos y la actividad humana. En la actualidad, la ciencia describe las constelaciones como convenciones arbitrarias, limitándose a la determinar las coordenadas de los cuerpos celestes en el espacio, sin embargo, nuestra noción y medición del tiempo se establece a partir de su posición. Como bien ilustra Carl Sagan, una cosa es determinar la trayectoria de los astros y otra muy distinta modelar su comportamiento para justificar determinados regímenes políticos; el recurrente antinomio: mapa - territorio.

 

Toda forma de producción simbólica contiene una componente epistemológica comprendida en la interrelación de tres ámbitos autoinclusivos solapados: naturaleza, conciencia y cultura. El desarrollo de la ciencia constituye una accidentada tarea para crear estrategias del lenguaje que posibiliten evitar la contradicción entre categorías. La decisión depende de apostar por la exhaustiva crítica de toda construcción metafísica, para no recaer en el desdoblamiento que suponen las cienciologías, como el misticismo ciencia ficción encarnado en el fenómeno OVNI.

 




 

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