Cabezas cortadas III

 

Las cabezas de Fausto

Alberto Ávila Salazar 

El Doctor Fausto nació aproximadamente un siglo antes de que la literatura le hiciera inmortal. El primer paso para el mito se dio en 1587 con el Volksbuch (libro popular) editado por Johan Spies. Un librito anónimo, cuya autoría Spies atribuye a un anónimo escritor de Espira, que tenía como título Historia del doctor Johannn Fausto, celebérrimo mago y nigromante, de cómo se entregó al Diablo por un determinado tiempo, y de las extrañas aventuras y encantamientos que vio y practicó entre tanto, hasta recibir al fin su merecido castigo.

En el improbable caso de que alguien no conozca el argumento de este libro, su encabezamiento se encarga de disipar todas las dudas. Al poco de ser publicado, el mismo editor probó suerte con una versión verso que tuvo un destino mucho más desgraciado. Del mismo modo, su fama saltó inmediatamente los mares, y cuatro años después de su publicación en Alemania, Christopher Marlowe despachó una versión inglesa de la obra.

La llama ya había prendido, surgieron en la historia numerosas obras en torno al doctor. Y no solamente literarias, sino también musicales, ocupándose el mismísimo Richard Wagner en 1831. Sin embargo, la obra fundamental apareció entre 1808 y 1832 firmada por Goethe, un Fausto definitivo y emblemático, la representación más poderosa de un personaje mítico.

Pero no es mi intención hacer de este texto una aburrida semblanza histórica sobre la suerte del personaje. Mi deseo es detenerme en ese primer Volksbuch de Spies, una obra que podemos considerar bastante mediocre, pero por el que siento una especial debilidad. Se trata de un libro tan bienintencionado como moralizante; y en muchas ocasiones lo he recomendado con distinta suerte.

Una de las virtudes que adornan este libro es el discreto pero significativo papel que tiene la decapitación. Aparece en pocos pasajes, pero son uno mis favoritos. En el capítulo 48, La noche de Carnaval, el jueves, se cuenta como un grupo de estudiantes le ofrece a Fausto un banquete, en agradecimiento, el doctor invoca a trece monos para que amenicen la velada y, a la hora de servir el plato principal, una cabeza de cordero asada, ésta empieza a gritar con voz humana: “¡Auxilio, socorro! ¿Qué quieres de mí?

En el capítulo 51, que tiene el epígrafe de Sobre cuatro magos que se cortaban la cabeza unos a otros y volvían luego a colocársela, y lo que les hizo el doctor Fausto, vemos de nuevo otro ejemplo del siniestro sentido del humor que tenía el doctor. En ese capítulo cuatro nigromantes llegan en la ciudad, Fausto, celoso de ellos (quería ser el único polluelo en la nidada de el Diablo), frustra el juego que estaban llevando a cabo de decapitarse e intercambiarse las cabezas, dejando al líder de los magos descabezado.

La muerte de Fausto es descrita con especial gusto por el detalle. En el capítulo 68, Oratio Fausti ad Studiosos, se cuenta como su cuerpo aparece despedazado y su cerebro pegado a la pared.

Fausto solía hacer bromas con las cabezas, pero el Diablo hizo la definitiva con la suya. Este libro edificante nos enseña que con las cabezas no se juega. Tomen nota.



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