Jayne Mansfield


 Alberto Ávila Salazar

 

No parece que Jayne Mansfield tuviera unas convicciones religiosas fuertes. En este sentido se dejaba llevar por sus parejas; parece que la neumática actriz depositaba sobre sus hombres un fervor que iba más allá de los físico y afectivo y entraba en lo espiritual. Mansfield se casó tres veces, su primer marido, John Mansfield, estaba afecto a la iglesia metodista y los dos restantes tenían inclinaciones católicas. En 1963, Jayne acabó por convertirse a esta última religión, aunque, en California, no consiguió encontrar ningún sacerdote católico que la quisiera casar con Matt Cimber, un oscuro cineasta de origen italiano. Aquel tercer matrimonio fue muy fugaz, la convivencia apenas duró un año y la sentencia de divorcio estaba pendiente cuando la actriz falleció.

El siguiente hombre que sedujo la Mansfield fue Sam Brody (O quizás fue éste quien sedujo a la actriz, estas cosas nunca quedan claras). Brody supuso un gran cambio en la vida de Jayne, era un próspero abogado que la empezó a aproximar al judaísmo.

Corría el año 1966 cuando se dio el episodio más singular en la carrera de la actriz. En el Festival de Cine de San Francisco conoció a Anton Szandor LaVey, quien acababa de fundar la Iglesia de Satán y estaba muy necesitado de publicidad. Allí ordenó a Jayne como Suma Sacerdotisa, y se tomaron algunas fotografías de los dos en rituales demoníacos. La prensa de la época, incluso, llegó a fantasear con un romance entre la estrella y el diablo. No parece que este romance llegara a existir, pero sí hay constancia de que Sam Brody tuvo algún roce con LaVey, de manera que éste le maldijo.

Un año después, en Biloxi (Misisipi), Mansfield y Brody iban en compañía de Ronald Harrison en un Buick Electra de 1966. Conducía Harrison y el asiento de atrás estaba ocupado por tres de los hijos de la actriz. A las 2 y 20 de la madrugada del 29 de junio de 1967 el coche se empotró en la parte trasera de un tráiler que había descendido bruscamente de velocidad al toparse con un camión que estaba fumigando. El accidente fue terrible, los tres adultos, que ocupaban los asientos de delante, fallecieron en el acto, mientras que los tres menores salieron casi ilesos.

Jayne Mansfield acababa de abandonar el mundo de los vivos para ingresar en la leyenda. A pesar de sus escasa relevancia como actriz, la cultura popular no ha podido olvidarla. Don DeLillo la hizo personaje en Submundo, Max Allan Collins hizo lo mismo en Chicago Confidential y el dibujante Jack Kirby aseguró que se basó en la actriz para diseñar a Susan Richards, la Chica Invisible de los 4 Fantásticos.

J.G. Ballard cita su mortal accidente con insistencia en Crash, y declaró en una ocasión que los pechos de Mae West, de Marilyn Monroe y de Jayne Mansfield, habían traspasado el horizonte del inconsciente popular. Entre 1955 y 1965, la revista Playboy le dedicó nueve reportajes a la rubia y le han dedicado canciones grupos y solistas de rock y de pop como Siouxsie & the Banshees, Robbie Williams, The Chills o L.A. Guns.

Pero no hay leyenda que flote sobre ella más poderosa que la de su decapitación en el accidente de tráfico. El siniestro poder de fascinación que ejerce una destrucción tan absoluta de la belleza ha marcado su memoria. Pero no es verdad. Mansfield sufrió un severo traumatismo craneal e incluso perdió parte del cuero cabelludo, pero su cuello jamás fue seccionado. Jayne fue enterrada el 3 de julio de 1967 en Pensilvania, y las exequias las celebró un pastor metodista. A pesar de todo, yo estoy convencido de que Anton LaVey, en San Francisco, le dedicó una sobria y siniestra ceremonia privada.



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