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Ornamento

 

Alberto Ávila Salazar

Hoy en día la ciencia asume pacíficamente que es en el cerebro donde se encuentra la mente y la conciencia. El razonamiento, las emociones y la personalidad se encuentran contenidas en nuestro cráneo. Todo lo que somos tanto a nivel individual como colectivo, así como la concepción que tenemos del universo está construido con una extraña y compleja estructura formada por cien mil millones de neuronas.

Los antiguos conocían la importancia de la cabeza. En su Diccionario de Símbolos, Juan Eduardo Cirlot nos cuenta que en el Zohar simboliza la luz astral y en el Medievo era la contenedora de la mente y del espíritu. Platón veía en ella la imagen del mundo y Leblant afirmó que el interior del cráneo era un símbolo del cielo. Cuando nos aproximamos al simbolismo de la cabeza, no es posible evitar encontrar afinidades con la esfera, y esta última es la representación de todo lo existente. Palladio decía que representa “la unidad, esencia infinita, uniformidad y justicia de Dios”.

Herbert Kühn, nuevamente citado por Cirlot, señala que la demostración definitiva del poder simbólico de la cabeza, se demuestra por los enterramientos prehistóricos de cráneos. Al decapitar los cadáveres, se subrayaba el hecho de que la sede del espíritu se encuentra en la cabeza.

Pero no es mi intención seguir indagando en los nobles significados de las cabezas, sino más bien señalar una muy vieja utilidad que han venido desempeñando desde antiguo: la de ser un inquietante ornamento. Diodoro de Sicilia afirmaba que, en tiempos de Augusto, en la Península Ibérica, “cuando cae un enemigo le cortan la cabeza y la atan alrededor del cuello del caballo”. Si se trataba de un enemigo de jerarquía, la untaban con aceite de cedro y la guardaban en cajas para mostrársela a los huéspedes de honor. Era este un objeto tan preciado que ni siquiera su peso en oro era bastante para que el propietario de una cabeza la vendiera.

Estrabón, también contemporáneo de Augusto, señalaba que esta costumbre la seguían en muchos pueblos de Europa, en concreto los del Norte, que colgaban las cabezas en las puertas de las casas. La intención de aquellos bárbaros no era meramente estética, puesto que ésta era una manera de despojarle del eterno descanso al rival decapitado, puesto que un cuerpo sin ojos no podía encontrar su camino en el Más Allá. Una voluntad similar seguían los jíbaros cuando fabricaban sus temibles tzantzas.

Robert Graves decía que los escitas de Crimea se hacían proteger por cabezas, y los aztecas las disponían empaladas en cercos. Algunos cráneos han acabado sirviendo de vasos, otros, en fecha más reciente, han decorado templos como la de Santa Maria della Conzencioni dei Cappucini en Roma o el Osario de Sedlec en Chequia.

Lo cierto es que eran otros tiempos... Otros tiempos que se niegan a desaparecer, puesto no es extraño que sigan apareciendo en la crónica de sucesos ajustes de cuentas entre narcos con decapitaciones incluidas o que terroristas musulmanes hagan lo mismo con temerarios turistas o funcionarios de embajadas. Por mucho que Steven Pinker se esfuerce en demostrar que la violencia va desapareciendo de nuestra cultura global, ésta sigue existiendo y las cabezas se siguen cercenando al salvaje compás del machete o de la sierra mecánica.

Los cráneos ya no adornan las puertas de las casas ni rodean los templos. Los caudillos ya no hacen pirámides con ellos y las guillotinas solamente están en los museos. A pesar de todo, las cabezas siguen rodando y reclaman alguna utilidad. ¿Quién sabe? Quizás la mía propia acabe en bonito salón, decorando un espacio poco atendido. La próxima vez que me la corten exigiré que la ubiquen en un lugar de honor.

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